Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 12 — La llama que fue espejo
Cada historia era una pequeña llama en el frío, pero juntas, esas llamas comenzaron a transformarse. La pequeña hoguera de recuerdos que habían creado sobre el altar del Vórtice no se consumía; al contrario, parecía alimentarse de la sinceridad de sus confesiones. El resplandor creció, extendiendo largos dedos de luz tricolor que acariciaban las paredes de cristal de la Ciudad de Espejos, que aún se divisaba en la distancia.
—La llama está cambiando —observó Ravenna, acercándose con cautela. Sus ojos reflejaban el fuego, y por un momento, el gris de su mirada pareció llenarse de vida—. No solo emite calor. Está proyectando algo.
La llama se alargó, volviéndose delgada y alta. Su brillo se intensificó hasta que fue imposible mirarla directamente.
—Parece un faro —dijo Xylia, protegiéndose los ojos con la mano—. Un faro que no busca barcos en el mar, sino algo mucho más profundo en la estructura de este reino.
En efecto, la llama se volvió faro. Una columna de luz pura salió disparada hacia el cielo, atravesando el velo de la medianoche eterna. El rayo de luz iluminó rincones del mundo que habían permanecido ocultos desde la Gran Ruina. Vieron, en visiones rápidas, las raíces de los árboles antiguos recuperando su fuerza, los ríos de plata volviendo a fluir y las sombras de los desterrados encontrando descanso. El faro era la señal de que el equilibrio no solo se había alcanzado, sino que estaba empezando a sanar las heridas del pasado.
Pero la visión no se detuvo ahí. La luz del faro comenzó a condensarse, bajando nuevamente hacia el altar hasta tomar una forma sólida y afilada.
—Ahora es una espada —murmuró Lyraka, su instinto guerrero poniéndose en alerta—. Una espada de luz y sombra. ¿Acaso el equilibrio nos pide otra batalla? ¿No ha sido suficiente con lo que hemos entregado?
La espada flotaba sobre el altar, con la empuñadura hecha de obsidiana y la hoja de una energía traslúcida que parecía vibrar con la frecuencia de sus cuatro corazones. Era el arma definitiva, una herramienta capaz de cortar no solo la carne, sino la esencia misma de la realidad. Ravenna comprendió que esa espada no era para atacar a un enemigo externo, sino para defender la integridad de la ley que acababan de establecer.
—Es nuestra responsabilidad hecha acero —dijo Ravenna—. Si el equilibrio se ve amenazado por el egoísmo de la luz o la ambición de la sombra, esta es la herramienta para restaurarlo. Pero su uso conlleva un precio: cada vez que la espada se desenvaine, una parte de nuestra memoria desaparecerá. Es el equilibrio final. Poder a cambio de olvido.
Shapira se acercó y, con un movimiento delicado, pasó sus dedos cerca de la hoja de energía. La espada emitió un sonido cristalino, una nota perfecta que resonó en el pecho de todas. Shapira miró a sus compañeras y negó con la cabeza, sus ojos transmitiendo un mensaje claro: "No debemos usarla a menos que sea el fin de todo".
Entonces, la espada comenzó a ensancharse. El metal y la energía se aplanaron, perdiendo su filo y ganando superficie. Los bordes se curvaron y el centro se volvió tan claro y puro que no parecía existir.
—La llama se volvió faro, luego espada, luego espejo —susurró Xylia, fascinada.
El espejo que ahora descansaba sobre el altar no reflejaba el entorno físico. No mostraba las ruinas, ni el cielo, ni sus propios rostros cansados. Lo que mostraba era la Verdad Desnuda del Mundo. Xylia se asomó primero. Vio las intrigas que se tejían en las cortes de luz de las que procedía; vio a sus primos planeando cómo reclamar el poder que ella había dejado vacante, sin importarles el equilibrio.
Lyraka se asomó después. El espejo le mostró las Tierras Sombrías, donde el vacío estaba empezando a filtrarse en los corazones de los jóvenes, tentándolos con promesas de una libertad destructiva. Vio la semilla de una rebelión que no buscaba justicia, sino venganza.
Shapira vio las cadenas que aún ataban a su pueblo, no de metal, sino de miedo. Vio cómo la oscuridad que ella había contenido estaba buscando nuevos recipientes, nuevas voces que silenciar.
Finalmente, Ravenna miró el espejo. Su visión fue la más amplia y la más aterradora. Vio que el equilibrio que habían creado era perfecto, pero que la naturaleza de los seres vivos era la imperfección. Vio que, tarde o temprano, alguien intentaría romper el espejo para quedarse con un fragmento de su poder.
—El espejo nos muestra el peligro de nuestra propia creación —dijo Ravenna, su voz temblando ligeramente—. Nos muestra que nuestra tarea no ha terminado con el pacto. El espejo es la vigilancia. Debemos mirar en él cada medianoche para saber dónde se está agrietando la realidad.
—Es una carga horrible —dijo Xylia, apartando la vista—. Ver la traición antes de que ocurra... ver la debilidad de aquellos a quienes juramos proteger.
—Es la única forma —sentenció Lyraka, aunque sus manos temblaban—. Preferiría luchar contra mil Segadores que mirar este espejo todos los días, pero si es lo que mantiene el mundo a salvo, lo haré.
Se quedaron rodeando el espejo, sintiendo cómo el artefacto absorbía la energía de sus historias encendidas para mantenerse activo. La llama que había comenzado como un consuelo se había convertido en una herramienta de vigilancia absoluta. Entendieron que el espejo no solo mostraba el mundo exterior, sino que también reflejaba las grietas que podrían surgir entre ellas cuatro. Mientras estuvieran unidas, el espejo sería claro. Si alguna vez la desconfianza las separaba, el espejo se rompería, y con él, el mundo.
La luz del espejo comenzó a pulsar con una urgencia nueva, mostrando una imagen que ninguna de ellas esperaba ver tan pronto. Una sombra dorada se movía en los límites de su visión, una figura que conocían bien pero que ahora parecía distorsionada.
La llama se volvió faro, luego espada, luego espejo.