Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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“El mundo sin corona”
El castillo no había cambiado.
Pero Ciel sí.
Tres días fuera no significaban nada para la corte.
Pero para ella… habían sido suficientes.
Entró sin anunciarse.
Sin ruido.
Sin buscar atención.
Aun así, algunos la miraron.
No por lo que hacía.
Sino por lo que ya no hacía.
No reaccionaba.
No se alteraba.
No buscaba aprobación
Caminó directo hasta su sala de trabajo.
Cerró la puerta.
El silencio cayó como algo natural.
Se quitó la capa con calma y dejó la joya sobre la mesa.
La observó un momento.
—“…útil.”
No había emoción en su voz.
Solo evaluación.
Se acercó al mapa.
No el del imperio.
El del pueblo.
Marcó tres zonas.
Sin dudar.
Producción.
Distribución.
Control.
—“…si empiezo por aquí…”
Sus dedos se deslizaron por la zona más transitada.
—“…necesito volumen.”
No lujo.
No aún.
Presencia.
Repetición.
Normalidad.
Se apartó de la mesa y comenzó a caminar lentamente.
—“…las mujeres no compran por estética…”
Pausa.
—“…compran por resultado.”
El primer día observó. El segundo entendió. El tercero empezó a ordenar.
No todo lo que vio le gustó, pero todo le sirvió.
La gente no necesitaba grandes discursos ni promesas de poder. Necesitaba soluciones simples que funcionaran. Productos accesibles, mejoras reales, estabilidad sin depender completamente de la nobleza. Y ahí fue donde su idea empezó a tomar forma con más claridad.
No sería un negocio cualquiera.
Sería una entrada.
Una forma de influir sin imponer.
La joya que había conseguido seguía activa cuando la necesitaba. Le permitía moverse sin atraer atención directa, aunque no era perfecta. Personas como Varek no dependían solo de la vista.
Él la había notado.
No la siguió de forma evidente, pero tampoco la dejó de registrar.
En más de una ocasión sus rutas coincidieron, y aunque no volvieron a hablar, la sensación de estar siendo medida no desapareció.
Ciel no lo evitó
Tampoco lo enfrento.
Solo lo dejó existir como parte del tablero
En otra ala, Varek Drayven ya no revisaba informes.
Ahora reconstruía rutas.
Un mapa más simple.
Pero más preciso.
Marcó puntos.
Uno.
Dos.
Tres.
Coincidían.
—“…patrón confirmado.”
No era casualidad.
—“…pero no es descuidado.”
Eso le interesó.
—“…elige cuándo ser vista.”
Se inclinó sobre el mapa.
—“…eso es control.”
No tenía nombre aún.
Pero ya tenía forma.
—“…si vuelves a moverte…”
Pausa.
—“…te voy a encontrar.”
No fue amenaza.
Fue decisión.
Mientras tanto, en el castillo, el movimiento no se había detenido.
Erina recibió la información sin mostrar reacción inmediata. Ciel fuera del control directo, moviéndose por el pueblo, sin anunciar sus acciones. No era algo que pudiera ignorar.
Pero tampoco actuó de forma impulsiva.
Primero observó.
Siempre observaba primero.
Kael, en cambio, no necesitó informes.
Solo necesitó su ausencia.
Cuando Ciel regresó al castillo, el cambio fue evidente para él desde el primer momento. No en su apariencia, sino en la forma en que ocupaba el espacio. Ya no reaccionaba. Decidía.
La esperó sin hacerlo obvio.
Cuando la vio, no la llamó.
Se acercó.
—Estuviste fuera.
—Tres días.
No hubo excusas.
—El pueblo no es seguro.
—Ningún lugar lo es.
Kael guardó silencio un segundo.
Antes, esa respuesta le habría parecido evasiva.
Ahora no.
—Estás cambiando.
Ciel lo miró apenas.
—Estoy dejando de fingir.
Eso fue suficiente para que algo en él se moviera.
No era lealtad completa.
No todavía.
Pero ya no la veía como antes.
Y eso era el inicio de algo.
Lejos del castillo, en la frontera, el sonido era distinto.
No había conversaciones.
Solo choque.
Metal contra carne.
Tierra levantándose con cada impacto.
Las bestias no atacaban en patrones limpios. Eran caóticas, agresivas, impulsadas por algo que no era completamente natural.
Kaian avanzó entre ellas con precisión.
No desperdiciaba movimientos.
Cada golpe era directo, necesario.
No más.
No menos.
Uno de los soldados a su lado cayó.
Otro dudó.
Kaian no.
Se movió, protegió, atacó, retrocedió lo justo.
Control.
Siempre control.
Cuando el enfrentamiento terminó, no hubo celebración.
Solo silencio pesado.
Respiración contenida.
Y cuerpos en el suelo.
Kaian limpió su arma sin prisa.
Su mente no estaba en la batalla.
No completamente.
—…está cambiando.
El pensamiento apareció sin que lo llamara.
Frunció ligeramente el ceño.
—…eso es bueno.
Pausa.
Miró hacia el horizonte, donde la niebla de la frontera no terminaba nunca de despejarse.
—…¿entonces por qué…?
No terminó la frase de inmediato.
No era una duda táctica.
Era otra cosa.
—…¿por qué pienso en ella?
Apretó ligeramente la empuñadura.
No con fuerza.
Con incomodidad.
—…antes no importaba.
—…solo era otra princesa.
Sin valor estratégico directo.
Sin relevancia real.
Así había sido.
Así debía seguir siendo.
Pero ya no lo era.
Y eso no encajaba.
Exhaló lento.
—…no debería.
Pero no lo descartó.
No pudo.
Y eso fue lo que más le incomodó.
En otro punto del imperio, lejos del ruido visible, Varek Drayven observaba informes.
No los del castillo.
No los oficiales.
Los otros.
Movimientos irregulares.
Actividad en zonas no registradas.
Presencias que no coincidían con identidades claras.
Entre ellas, una constante.
Una figura que no terminaba de encajar en ningún patrón.
No tenía nombre en los registros.
Pero sí comportamiento.
Y eso era suficiente para empezar.
Ciel, mientras tanto, ya no pensaba en el pueblo como algo externo.
Lo había integrado.
Y ahora sabía exactamente por dónde empezar.
No desde arriba.
Desde abajo.