Keile es el hijo de un estricto general toda su vida fue criado entre régimen reglas y perfección su ojos verdes siempre alerta siempre fríos y distante no omite errores si piel blanca y su cabello dorado no van encanja dentro de los estándares de soldado para el que fue creado a sus 24 años no conoce el amor lo concidera un distracción de lo que realmente importa sengu el.
Su nemesis Brayan hijo del más temido mafioso fue criado de forma muy distinta sin reglas sin estándares
Lejos de la perfección extrema y rodeado no solo de lujos también de amor de pies impecable ojos grises y complexión musculosa a sus 25 años es listo escurridizo estratégico su mente es analítica cuando debe
ambos comienza una rivalidad desde el jardín de infancia cuando Brayan derramó sin queres sobre la mochila de Keile un juego de uva desde entonces Keile lo a visto como un ejecutivo pero mientras el va enserio en querer hundirlo Brayan se divierte viendolo intentar y fracasar tomado todo como un juego
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El refugio del enigma
Brayan
El habitáculo de la camioneta se sentía pequeño, cargado de una electricidad que no venía de la tormenta de afuera. A mi lado, Keile era una estatua de hielo a punto de quebrarse. Podía olerlo perfectamente; sus feromonas de Alfa estaban desatadas, inundando el espacio con ese aroma que siempre me ha fascinado: cuero nuevo y metal frío, pero con esas notas de eucalipto y menta que le dan una frescura punzante. Es un olor amargo por su disciplina, pero con un fondo dulce que solo yo parezco notar. Es el aroma de un guerrero que necesita desesperadamente un respiro.
—¿Te divirtiste con tu "amiga"? —soltó de repente, con una voz tan rancia que casi me hace soltar una carcajada.
—Mientes fatal, Keile —le dije, disfrutando de cómo se pegaba a la puerta cuando me incliné hacia él en el semáforo—. Estás celoso. Y lo peor es que ni siquiera sabes por qué.
Él no respondió, pero su aroma a menta se volvió más intenso, más errático. Decidí que ya había sufrido suficiente por hoy.
—Esa chica, la del "abrazo escandaloso"... es mi hermana, Soldadito —solté con naturalidad, volviendo la vista al frente y acelerando—. Se llama Mia. Es una Omega encantadora, pero dudo que le guste saber que el gran Alfa del sector la mira como si fuera una amenaza a la seguridad nacional.
Vi por el rabillo del ojo cómo su postura se desinflaba un milímetro. La confusión en su rostro era una obra de arte. El silencio que siguió fue diferente, menos agresivo, pero mucho más denso.
No lo llevé a su cuartel ni a su aburrida residencia oficial. Giré el volante hacia el centro de la ciudad, entrando en el estacionamiento privado de un edificio de cristal.
—Esta no es mi casa —dijo él, escaneando el entorno con esa paranoia militar que nunca descansa.
—Es la mía —respondí simplemente.
Lo guié hasta el ático. Al abrir la puerta, el contraste lo dejó mudo. Mi departamento es un santuario de diseño minimalista: paredes de un blanco purísimo, muebles de cuero negro con líneas rectas y acero pulido. Es elegante, sofisticado y absurdamente ordenado. Sé que esperaba encontrar un caos de grafitis y desorden, pero este lugar es el reflejo de mi mente cuando no estoy jugando a ser el caos: es paz, es control y es absoluto.
—Adelante, Keile. No muerdo... a menos que me lo pidas —le dije, caminando hacia el ventanal que mostraba toda la ciudad bajo la lluvia—. Quería que vieras que el "error en el sistema" también sabe apreciar el orden. Solo que yo elijo mis reglas, no dejo que me las impongan.
Él entró despacio, sus botas resonando en el suelo de mármol negro. Se veía tan fuera de lugar con su uniforme de gala en medio de mi salón minimalista, y a la vez, encajaba de una manera que me revolvió el pulso.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó, y esta vez su voz no tenía autoridad, solo una curiosidad genuina que me hizo sonreír.
Me acerqué a él, dejando que mi aroma a bosque y lluvia se mezclara con su menta y metal. Estábamos solos, en mi terreno, lejos de sus manuales y de mi familia.
—Porque en el muelle eres un objetivo y en la fiesta eras un guardia —susurré, acortando la distancia hasta que su aroma a cuero me mareó—. Aquí, solo somos tú y yo. Y tengo curiosidad por ver qué queda de Keile cuando no tiene un informe que redactar
equipo de adorno
Estoy muy agradecido con esta obra, la disfruté demasiado, muchas gracias.