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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 12: El Ruido del Olvido

Poco a poco, mi cuerpo empezó a perdonarme. La costilla ya no me quemaba al respirar y los desgarros internos finalmente sanaron, dejando solo un eco de pesadez en mi vientre. Para no hundirme en la locura, convertí mi habitación en una trinchera. Pasaba las horas devorando libros de la biblioteca, viendo series en idiomas que no entendía para forzar a mi mente a trabajar en algo que no fuera mi propia miseria, y ayudando a Bianca con sus tareas. En esos momentos, sentada junto a la niña, casi podía engañar al destino y creer que esta casa no era una prisión.

Pero la paz era una mentira diseñada por Ricardo.

Él desaparecía por días, dejándome en un limbo de incertidumbre. Sin embargo, cuando volvía, la mansión dejaba de ser un refugio para convertirse en un escenario de tortura psicológica. No me buscaba, no me hablaba, pero se encargaba de que yo supiera que estaba ahí.

Cada noche, cuando el silencio del pasillo se volvía denso, empezaba la pesadilla sonora.

Desde mi cama, con el corazón martilleando contra el pecho, escuchaba el primer crujido de la madera en la habitación de al lado. Luego, el chapoteo rítmico y obsceno de los cuerpos chocando sin piedad. Ricardo traía mujeres, sombras sin nombre que llenaban el vacío de su cama, y se aseguraba de que el ruido fuera lo suficientemente alto como para atravesar las paredes.

—Más... más rápido, Ricardo... —los gemidos de una mujer extraña se filtraban por la puerta, agudos y constantes.

El sonido de la cama golpeando la pared me generaba un estrés insoportable. Me tapaba los oídos con la almohada, apretando los dientes, pero el crujir de los muelles y los gritos suaves de placer ajeno se me metían por debajo de la piel. Sentía náuseas. Cada golpe seco me recordaba la noche en que él me embistió como un animal, y el saber que ahora descargaba esa misma furia sobre otra persona me hacía sentir como un objeto desechado, pero aún encadenado.

El ritmo aumentaba, frenético, violento, hasta que el crujido de la cama se volvía un estruendo que parecía que iba a derribar el muro que nos separaba. Luego, el grito final de ella y un silencio gélido, cargado de sudor y desprecio.

Ese ruido me estaba consumiendo. Era una forma de maltrato que no dejaba marcas moradas, pero que me mantenía en un estado de alerta constante, con los nervios a flor de piel. Sabía que Ricardo lo hacía para recordarme que no me necesitaba, o quizás, para castigarme por haberle recordado a la mujer que de verdad lo rompió. Mientras yo aprendía palabras en francés y jugaba con Bianca, él se hundía en el cuerpo de extrañas, dejando que el eco de su lujuria herida fuera la música de mis noches en vela.

A mitad de la noche, el peso de la atmósfera cambió. Un olor denso a whisky y tabaco inundó mis pulmones antes de que mis ojos lograran abrirse. Sentí un calor extraño sobre mi rostro y un roce húmedo en mis labios. Ricardo estaba allí, arrodillado junto a mi cama, besándome con una desesperación silenciosa mientras yo aún estaba perdida en el limbo del sueño.

—Te pareces tanto... —susurró contra mi boca, con la voz arrastrada por el alcohol—. Es como si ella hubiera vuelto solo para atormentarme a través de ti.

Sus manos, grandes y calientes, apartaron la seda de mi camisón con una lentitud que me erizó la piel. No era la violencia de otras veces; era una adoración enfermiza. Lo sentí bajar a mis pechos, besando la piel con una suavidad que me hizo dudar de si seguía soñando. Sus labios rodeaban mi firmeza mientras sus manos recorrían mis costillas, ya sanas, como si estuviera comprobando que no me rompería esta vez.

Me desperté por completo cuando sentí el frío del aire en mi vientre. Al abrir los ojos, lo vi: Ricardo tenía la mirada perdida, inyectada en sangre y deseo, bajando centímetro a centímetro por mi abdomen.

—Ricardo... —logré articular, apoyándome en mis codos, con el corazón saltando en mi garganta.

Él no se detuvo. Ignoró mi voz y se posicionó entre mis piernas con una delicadeza que me resultó aterradora. No hubo brusquedad, no hubo órdenes. Simplemente empezó a lamer mi piel, subiendo desde mis muslos con una parsimonia eléctrica. Su lengua trazaba caminos húmedos sobre mi intimidad, explorando cada rincón con una excitación que lo hacía temblar.

El contraste era brutal. El hombre que hace horas hacía crujir la cama con una desconocida, ahora me trataba como si fuera una reliquia sagrada y prohibida. Sus lamentos eran suaves, casi súplicas, mientras su boca trabajaba sobre mí con una pericia que me hacía arquear la espalda contra mi voluntad.

No era solo sexo; era como si estuviera tratando de lamer sus propias heridas a través de mi cuerpo. La excitación en la habitación era tan espesa que se podía cortar. Él seguía ahí, entregado a esa caricia húmeda y lenta, mientras el alcohol lo hacía balancearse ligeramente, atrapado en un delirio donde yo era el único refugio para su alma atormentada

La habitación estaba sumergida en una penumbra roja, rota solo por el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas. Ricardo subió por mi cuerpo, arrastrándose como un depredador que finalmente ha decidido reclamar su territorio, pero esta vez no había garras, solo una urgencia eléctrica. Se posicionó sobre mí, sosteniendo su peso con los brazos tensos, y me miró con una intensidad que me hizo arder la sangre.

—Dime que eres tú... —susurró con la voz rota por el whisky, antes de estrellar sus labios contra los míos.

Fue un beso profundo, cargado de un hambre antigua, una lucha de lenguas que sabía a alcohol y a deseo desesperado. Sus manos se entrelazaron con las mías, fijándolas contra la almohada mientras se hundía en mí con una lentitud que me hizo soltar un gemido desgarrador. No fue el golpe seco de la última vez; fue una embestida suave, profunda, que buscaba conectar con cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

El sonido rítmico del **chapoteo** de nuestros cuerpos unidos empezó a llenar el silencio del cuarto. Era un ruido húmedo, constante, que marcaba el compás de una danza oscura. Ricardo se movía con una cadencia hipnótica, cerrando los ojos y apretando los dientes, mientras sus caderas golpeaban las mías con una firmeza que me hacía arquear la espalda.

—Anaís... —gruñó mi nombre, y por primera vez no sonó a una orden, sino a un ruego.

Me besaba el cuello, los hombros, descendiendo de nuevo a mis pechos con una devoción que me confundía los sentidos. Cada embestida era más intensa que la anterior, un vaivén que generaba un calor insoportable entre las sábanas de seda. El sudor empezó a brillar en su espalda, goteando sobre mi piel, mezclándose con el rastro de sus caricias húmedas.

El **crujido de la cama** acompañaba el ritmo de su entrega. Ricardo me embestía con una fuerza contenida, como si tuviera miedo de romperme pero no pudiera evitar querer fundirse conmigo. El sonido del roce constante, ese chapoteo íntimo y visceral, me envolvía hasta hacerme olvidar quién era él y qué me había hecho.

Él hundió su rostro en el hueco de mi cuello, respirando con dificultad, mientras sus movimientos se volvían más rápidos, más urgentes. Yo me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su piel, entregándome a esa tormenta de sensaciones que nos consumía a ambos. En ese momento, bajo el peso de su cuerpo y la intensidad de sus besos, el odio y el dolor se disolvieron en un placer violento y oscuro que nos dejó a los dos perdidos en la penumbra de la habitación.

El aire en la habitación se volvió denso, cargado del olor al sexo y al whisky que emanaba de los poros de Ricardo. La suavidad del inicio se transformó en algo mucho más crudo cuando sentí que el control se me escapaba de las manos. La excitación, alimentada por semanas de tensión y miedo acumulado, estalló en mi interior como una descarga eléctrica, nublándome el juicio.

Ya no era la mujer sumisa y asustada. Estaba perdida en el ritmo de sus embestidas, en ese **chapoteo** incesante que resonaba en la oscuridad. Me arqueé hacia él, buscando más, sintiendo cómo cada movimiento suyo me llenaba por completo.

—No te detengas... —le susurré al oído, con la voz ronca y desconocida para mí misma—. Úsame, Ricardo... hazme tuya hasta que no pueda recordar mi propio nombre.

Él soltó un gruñido gutural, sorprendido por mi reacción. Sus embestidas se volvieron más profundas, más erráticas, mientras yo clavaba mis uñas en sus glúteos para atraerlo más hacia mí. La decencia se había evaporado; solo quedaba el instinto más básico.

—Eso es... dame todo lo que tienes, maldito animal —gemí, perdiendo el filtro de mi mente—. Destrúyeme por dentro... quiero sentir cuánto me odias y cuánto me deseas en cada golpe.

Mis palabras actuaron como gasolina en el fuego de su propia excitación. Ricardo me tomó de los muslos, abriéndome más, y comenzó a embestirme con una furia rítmica que hacía que el cabecero de la cama golpeara la pared con violencia. Yo soltaba frases obscenas entre gemidos, pidiéndole que no tuviera piedad, que me marcara, que me hiciera sentir que era su propiedad de la forma más sucia posible.

—Eres una perra... mi perra —masculló él, enterrando su cara en mi cabello mientras el sonido húmedo de nuestra unión se volvía ensordecedor.

—Sí, soy tuya... —respondí, jadeando, con los ojos en blanco—. Hazme lo que quieras, lléname de ti... no dejes ni un espacio vacío.

La escena alcanzó un nivel de intensidad insoportable. El sudor nos empapaba a ambos, pegando nuestros cuerpos en un abrazo carnal y violento. Yo seguía provocándolo, diciendo cosas que nunca imaginé que saldrían de mi boca, alimentando al monstruo que tenía encima hasta que los dos llegamos al límite, colapsando en una explosión de placer que nos dejó vacíos y temblando en medio del desorden de las sábanas.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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