Tras ser traicionada y asesinada por su esposo, Valeria renace tres años en el pasado armada con el conocimiento del futuro para destruir a sus enemigos y construir un imperio financiero imparable.
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El Laberinto de los Thorne
El Acantilado de los Olvidados hacía honor a su nombre. Era una lengua de tierra rocosa que se adentraba en el mar embravecido, azotada por vientos que aullaban como almas en pena. En la cima, la mansión Thorne se alzaba como un esqueleto de piedra y hierro, sus ventanas rotas pareciendo cuencas vacías que observaban el abismo. Alguna vez fue el símbolo del poderío industrial de una de las familias más ricas del continente; ahora era solo una ruina devorada por la hiedra y el salitre.
Valeria y Adrián dejaron la motocicleta a unos cientos de metros y avanzaron a pie, ocultándose entre los matorrales secos. El silencio del lugar era antinatural, solo roto por el rugido de las olas cientos de metros más abajo.
—Aquí es donde crecí —susurró Adrián, señalando una torre medio derrumbada—. Antes de que el accidente de aviación borrara todo lo que conocía. O al menos, lo que yo creía conocer.
—Tu padre construyó este lugar como una fortaleza, no solo como una casa —observó Valeria, notando el grosor de los muros y la disposición estratégica de las entradas—. Sabía que el Círculo vendría por él algún día.
Entraron en el gran vestíbulo. El suelo de mármol estaba cubierto de escombros y polvo. Los restos de una lámpara de araña de cristal yacían en el centro como una joya rota. Valeria sentía la pesadez de los secretos que impregnaban las paredes. No era solo una casa; era un monumento a la traición familiar.
Se dirigieron hacia la biblioteca, el corazón de la mansión. Adrián se acercó a la chimenea de piedra, donde el escudo de armas de los Thorne —un león encadenado— estaba tallado en relieve.
—Mi padre siempre decía que el león solo se liberaría con el sacrificio de su propia sangre —dijo Adrián, sacando un pequeño cuchillo de su bolsillo—. Nunca entendí lo que quería decir hasta hoy.
Adrián hizo un corte limpio en la palma de su mano y presionó la herida contra el ojo del león de piedra. Por un momento, no pasó nada. Luego, un mecanismo interno empezó a girar con un sonido de engranajes oxidados. La chimenea se deslizó hacia atrás, revelando una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas del acantilado.
—Bajemos —dijo Valeria, encendiendo una linterna táctica.
Al final de la escalera, encontraron una cámara acorazada que parecía detenida en el tiempo. Había archivadores de metal, mapas de rutas comerciales de los años 90 y una mesa de roble donde reposaba un libro encuadernado en piel de becerro negra: el *Registro Físico de los Doce*.
Valeria se acercó al libro, pero antes de que pudiera tocarlo, una voz fría y metálica resonó desde las sombras de la cámara.
—No lo toques, Valeria. Ese libro es la sentencia de muerte de cualquiera que no lleve el nombre de un iniciado.
De la oscuridad surgió una figura que hizo que el aire de la cámara se volviera gélido. Era un hombre alto, vestido con un traje táctico de color gris ceniza, con el rostro parcialmente cubierto por una máscara de fibra de carbono. Pero no era la máscara lo que daba miedo; eran sus ojos, de un azul eléctrico idéntico al de Adrián, pero desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
—Marcus... —susurró Adrián, su voz una mezcla de dolor y terror.
—Hermano —respondió Marcus Thorne, dando un paso hacia la luz—. Has tardado mucho en volver a casa. Veinte años, para ser exactos.
Adrián se puso delante de Valeria, con su bastón táctico extendido. —Marcus, detente. El Círculo te ha usado. Han borrado tus recuerdos, te han convertido en su perro de presa. Ellos mataron a nuestros padres.
Marcus soltó una risa seca, que sonaba más a un crujido de huesos que a una emoción humana. —Crees que lo sabes todo porque la pequeña heredera Soler te cuenta cuentos de hadas sobre el futuro. Pero la verdad es mucho más oscura, hermanito. Thomas Thorne no fue una víctima del Círculo. Él fue el arquitecto de su propio final.
Valeria intervino, manteniendo la linterna enfocada en Marcus. —Tu padre intentó salvar a Adrián, Marcus. Te entregó a ti para que él pudiera ser libre. Lo hizo para proteger el linaje, no para destruirte.
Marcus se quitó la máscara lentamente, revelando un rostro marcado por cicatrices quirúrgicas que parecían dibujos geométricos. —Él no me entregó para salvar a Adrián. Me entregó porque yo era el fuerte y Adrián era el débil. Thomas Thorne sabía que el Círculo necesitaba un ejecutor, un hombre capaz de hacer lo que nadie más se atrevía. Me eligió a mí como sacrificio para que los Thorne siguieran teniendo un asiento en la mesa de los Doce, aunque fuera desde las sombras.
—Eso es mentira —gritó Adrián—. ¡Nuestro padre nos amaba!
—¿El amor es lo que sientes cuando te inyectan supresores de dolor cada mañana para que puedas seguir matando? —Marcus dio otro paso, su presencia llenando la cámara como una marea negra—. El amor es una debilidad que Thomas Thorne purgó de mí en los sótanos de esta misma mansión antes de que el "accidente" ocurriera.
Marcus señaló el libro sobre la mesa. —Ese registro contiene la verdad de por qué los Soler y los Thorne están entrelazados. No se trata solo de dinero o tecnología. Se trata de un contrato de sangre firmado hace cien años. Los Soler son los creadores, los Thorne son los destructores. Y ahora, el creador ha muerto y el destructor ha venido a reclamar su parte.
—Valeria, toma el libro —ordenó Adrián, sin quitarle la vista a su hermano—. Yo me encargaré de él.
—No podrás, Adrián —dijo Marcus, y en un movimiento que la linterna apenas pudo captar, se lanzó hacia adelante—. No puedes derrotar a lo que tú mismo debiste ser.
La batalla que siguió fue una coreografía de violencia y precisión. Marcus no luchaba como un humano; sus movimientos eran demasiado rápidos, sus reflejos parecian anticipar cada golpe de Adrián. El choque del bastón táctico contra las cuchillas de Marcus creaba chispas que iluminaban la cámara en ráfagas frenéticas.
Valeria corrió hacia la mesa y tomó el libro. Al abrirlo, sus ojos recorrieron las primeras páginas. Nombres que conocía de las noticias, directores de organizaciones mundiales, herederos de fortunas incalculables... todos con el símbolo del reloj de arena junto a sus firmas. Pero lo que la detuvo fue la página final.
*"El Heredero Final: El vínculo entre el Fénix y el León se consumará en la decimocuarta generación. Solo la unión de la sangre pura podrá activar el Gran Reinicio."*
—¡Adrián, es una trampa! —gritó Valeria—. El Círculo no quiere que estemos separados. ¡Quieren que estemos juntos! Nuestra unión es lo que necesitan para activar su plan. ¡Todo ha sido una manipulación desde el principio!
Adrián se detuvo un segundo, distraído por el grito de Valeria. Marcus aprovechó la oportunidad para lanzarle una patada que lo envió contra uno de los archivadores metálicos. El bastón de Adrián salió volando, quedando fuera de su alcance.
Marcus se paró sobre su hermano, con una cuchilla en el cuello de Adrián. Pero no apretó.
—¿Lo oyes, hermano? —susurró Marcus—. Hasta tu novia se ha dado cuenta. El Círculo os ha empujado el uno hacia el otro. Vuestra "venganza", vuestro "amor"... todo ha sido escrito por los Doce. Sois los actores de una obra que ya ha sido ensayada mil veces.
Valeria se acercó, con el libro en una mano y el relicario en la otra. —Si eso es cierto, Marcus, ¿por qué estás aquí para matarnos? Si nos necesitas vivos para el Gran Reinicio, tu presencia aquí es una contradicción.
Marcus se giró hacia ella, y por primera vez, Valeria vio una grieta en su armadura de frialdad. —Porque yo soy la decimotercera variable, Valeria. La que el Círculo no puede controlar. Mi padre me convirtió en un monstruo para servirles, pero se olvidó de que los monstruos también tienen hambre. Yo no quiero el Gran Reinicio de los Doce. Yo quiero mi propio reinicio. Un mundo donde no haya más Doce, ni más Soler, ni más Thorne. Solo cenizas.
Marcus levantó su cuchilla, no para matar a Adrián, sino para destruir el libro en manos de Valeria. Pero en ese momento, una alarma empezó a sonar desde la parte superior de la mansión.
—*¡Intrusos detectados en el perímetro exterior!* —dijo una voz mecánica desde los altavoces de la cámara acorazada—. *Fuerzas de Luciano Soler iniciando asalto táctico.*
Marcus retrocedió, su máscara de hierro volviendo a su lugar. —Parece que nuestro primo no tiene tanta paciencia como los Doce. Él no quiere el reinicio; solo quiere el poder de su apellido.
—Marcus, ayúdanos —dijo Adrián, levantándose con dificultad—. Si Luciano toma ese libro, el Círculo lo usará para destruirnos a todos.
Marcus miró a su hermano, luego a Valeria, y finalmente a la escalera por donde ya se oían los pasos de los Sabuesos. —No os ayudo a vosotros. Me ayudo a mí mismo.
Marcus sacó una pequeña granada de humo y la lanzó al suelo, llenando la cámara de una niebla impenetrable. —¡Corred hacia la salida del acantilado! ¡Hay un túnel submarino detrás de la estantería de mapas! ¡Iré detrás de vosotros para cubrir la retirada!
Valeria y Adrián no lo pensaron dos veces. Tomaron el libro y se lanzaron por el túnel secreto mientras los disparos de Luciano empezaban a resonar en la cámara acorazada. El túnel era estrecho y húmedo, con el sonido del mar volviéndose cada vez más fuerte.
Al final del túnel, una pequeña embarcación semirrígida los esperaba, amarrada a una boya oculta entre las rocas. Saltaron a bordo y Adrián arrancó el motor justo cuando la mansión Thorne, en lo alto del acantilado, estallaba en una bola de fuego naranja. Luciano no se había arriesgado a entrar; había decidido enterrar los secretos de los Thorne bajo toneladas de escombros.
Mientras se alejaban por el mar oscuro, Valeria miró hacia las ruinas en llamas. No vio a Marcus salir.
—¿Crees que ha sobrevivido? —preguntó Valeria, abrazando el libro contra su pecho.
—Marcus es un superviviente, Valeria —respondió Adrián, sus ojos fijos en el horizonte—. Pero ahora sé que él no es el enemigo que debemos temer. El verdadero enemigo es el que escribió este libro. El que decidió que nuestras vidas eran solo párrafos en su historia.
Valeria abrió el libro en la última página y vio una firma que no había notado antes. Una firma que no era un nombre, sino un símbolo: un reloj de arena roto por un rayo.
—La danza de las serpientes ha comenzado —murmuró Valeria—. Y ahora, por fin, sabemos quién es el que toca la flauta.
El fénix y el león habían escapado del laberinto, pero ahora sabían que su unión era la llave de un apocalipsis que el Círculo de los Doce llevaba cien años preparando. Y la guerra por el control de ese destino apenas estaba entrando en su fase más peligrosa.
Continuará...