Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Í 12 ,
Salir de Villa Raíz con una espada legendaria en la espalda y un brazalete de oro negro en la muñeca me hacía sentir como si finalmente hubiera pasado de ser un extra en un video de música urbana a ser el protagonista de una epopeya de Marvel con presupuesto ilimitado. Pero la realidad me dio un golpe de humildad apenas cruzamos el primer kilómetro de bosque denso. Resulta que llevar una espada de un metro de largo, llamada Amaterasu, es muy diferente a cargar la mochila en el Metro Tacubaya. La condenada se me trababa en las ramas y el brazalete me pesaba como si trajera un grillete de plomo fundido.
—¡Muévete, flan! ¡Pareces un Grompo de ciénaga herido intentando caminar sobre lodo podrido! —chilló Ringo, saltando de una raíz a otra con una agilidad que me daba envidia y coraje a partes iguales.
Yo solo lo miraba de reojo, apretando los dientes mientras sentía que el sudor me bajaba por la espalda. “Hijo de su changada madre”, pensé internamente, imaginando por un segundo lo satisfactorio que sería usar a Ringo como proyectil contra un árbol. Pero me aguanté las ganas de mentarle la madre en voz alta por dos razones: primero, porque honestamente no tenía aire ni para insultar a un primate de medio metro; y segundo, porque no tenía ni la más remota idea de qué chingados era un Grompo.
—¿Qué es un Grompo? —pregunté entre jadeos, más por curiosidad masoquista que por otra cosa.
Briana, que caminaba a mi lado con una frescura insultante, me miró con lástima.
—Es un sapo gigante de las tierras bajas —explicó con su voz suave—. Son criaturas muy... robustas, llenas de gases, que arrastran la panza por el suelo porque sus patas son demasiado cortas para levantar su propio peso. Si corren mucho, suelen explotar.
—¡Gracias por la comparación! —grité sarcásticamente—. ¡Me siento muy halagado!
—Cállate y camina, Grompo —se burló Ringo—. Antes de que explotes y nos manches de vísceras.
Para darnos un poco de ritmo y que mis piernas no se sintieran como si estuvieran hechas de cemento fresco, saqué mi celular. El cristal brillaba impecable gracias a la magia del Sabio. Busqué en mi lista de reproducción algo que me hiciera sentir que estaba en un festival y no a punto de morir en un bosque desconocido. Puse "Summer" de Calvin Harris a todo volumen. Los sintetizadores y el beat electrónico estallaron entre los árboles, rompiendo el silencio místico del lugar de una forma gloriosa.
—¡Eso es! ¡A darle átomos! —grité, sintiendo un subidón de adrenalina que casi me hace olvidar el peso de la espada.
Briana se detuvo en seco, con las orejas puntiagudas vibrando por la sorpresa.
—Alejandro... ¿qué es esa magia sonora? —preguntó, con los ojos violetas muy abiertos—. Suena como si miles de grillos metálicos estuvieran cantando en perfecta armonía. Es... energizante, puedo sentir cómo mi sangre se acelera.
—Es música de mi mundo, Briana. Se llama electrónica. Ayuda a que el camino no se sienta tan pesado y te da ganas de moverte —le expliqué, viendo con una sonrisa cómo ella empezaba a mover ligeramente la cabeza al ritmo del bajo, con su cabello plateado ondulando con cada paso.
La elfa era una visión que me distraía más que los posibles monstruos. Su piel blanca, casi de porcelana, contrastaba con el verde profundo del bosque, y su blusa, aunque sencilla, se tensaba sobre sus pechos de una manera que me obligaba a mirar hacia el frente con mucha fuerza para no chocar con un tronco o terminar con la cara en el suelo. Caminamos varias horas más, rodeados de escenarios que parecían sacados de un sueño febril: flores que cambiaban de color según tu estado de ánimo y cascadas que caían hacia arriba desafiando toda lógica física que conocía.
—Hay que acampar —sentenció Ringo cuando el cielo se puso de un color índigo profundo y las sombras empezaron a moverse de forma sospechosa—. Si seguimos caminando de noche en este sector, nos van a cenar los Acechadores de la Niebla antes de que lleguemos siquiera a ver las faldas de las Colinas de Cristal.
Nos detuvimos en un pequeño claro protegido por tres rocas inmensas cubiertas de liquen fluorescente.
—Cámara, yo me encargo del refugio y del fuego —dije, tratando de sonar como un experto en supervivencia.
Me alejé un poco y abrí el "espejo de conocimiento". Busqué un video sobre refugios naturales de emergencia. Puse el volumen bajo y pegué el oído a la bocina del celular para escuchar las instrucciones mientras miraba las imágenes del tutorial, tratando de que las ramas no se me enterraran en las manos.
—"Paso uno: Buscar una rama central fuerte..." —murmuraba yo, mientras cargaba un tronco que me raspaba los tatuajes del antebrazo izquierdo—. "Paso dos: asegurar la estructura...".
Después de media hora de pelearme con la naturaleza y maldecir a los insectos que parecían atraídos por mi luz, logré armar algo que se mantenía en pie y que no parecía que fuera a colapsar con un estornudo. Luego, intenté hacer fuego usando la técnica que aprendí con el Sabio. Me concentré en el calor de mi estómago y proyecté esa energía hacia un montón de yesca seca.
¡FSHHH!
Una llamarada azul brotó de mi pulgar e incendió las ramas al instante. Cenamos unas raciones que Briana traía, y el ambiente se volvió tranquilo. El fuego azul iluminaba el rostro de la elfa, resaltando su cabello plateado y sus ojos violetas. El perfume de su piel, ese olor a jazmín y lluvia fresca, se intensificó con el calor de la fogata, llenando la choza improvisada.
—Es impresionante ese artefacto tuyo, Alejandro —dijo ella, señalando mi celular con curiosidad infantil.
—Mira, te voy a enseñar algo —me senté a su lado. Su hombro rozó el mío y sentí una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con el Maná. Abrí la galería y le enseñé videos de la naturaleza de mi mundo: ballenas saltando en el océano y bosques nevados.
Briana se inclinó para ver mejor, y en ese movimiento, su pecho rozó ligeramente mi brazo. Ella no parecía darse cuenta en absoluto; su inocencia era tan pura que solo estaba enfocada en las imágenes del espejo.
—Es hermoso... —susurró ella, con su aliento cálido rozándome la mejilla—. ¿Esas criaturas gigantes viven en el agua? Son como guardianes de los mares.
Pasamos una hora así. Ella hacía preguntas curiosas sobre el mar y yo trataba de explicarle cómo funcionaba la lluvia allá, mientras mi mente no dejaba de registrar lo cerca que estábamos. Estábamos en ese punto donde el silencio dice demasiado, cuando Ringo interrumpió con un grito.
—¡Ya dejen de olerse las flores! —gritó el mono—. Tenemos visitas de las feas.
De entre los Árboles de Cristal emergieron seis Rastreros de la Podredumbre. Eran del tamaño de un lobo, hechos de lodo negro y raíces podridas que se retorcían.
—¡A huevo, ya me hacía falta desquitarme! —dije, sintiendo que el brazalete vibraba en mi muñeca izquierda.
—¡No dejes que te toquen con esa baba, piel suave! —gritó Ringo desde su rama—. ¡Esa porquería quema la carne más rápido que una fruta de brea bajo el fuego! ¡Usa el fierro de luz!
Me puse en guardia. El primer Rastrero se lanzó contra mí con un chillido sordo. Saqué a Amaterasu y solté un tajo horizontal. La hoja negra, iluminada por un filo de luz solar pura, cortó la criatura como si fuera mantequilla derretida. Briana disparó flechas con una precisión letal, cada una brillando con un aura violeta, y Ringo les lanzaba piedras pesadas con una puntería que les destrozaba las cabezas de raíz.
Me quedé frente a los últimos tres. Concentré mi Maná en el brazalete y lo pasé a la hoja de Amaterasu.
—¡Reciban su dosis de vitamina D, cabrones! —grité, lanzando un tajo al aire.
De la hoja salió una ráfaga de luz dorada que barrió el claro. Los Rastreros se evaporaron al instante. Pero yo sentí que el mundo me daba vueltas. Mis piernas se sintieron como si estuvieran hechas de algodón y todo se oscureció de repente.
Desperté un tiempo después. No estaba en el suelo duro, sino sobre algo increíblemente suave y cálido. Tardé unos segundos en darme cuenta de que mi cabeza estaba apoyada en el regazo de Briana, dentro de la choza.
La luz de las lunas entraba por la abertura de la choza, iluminando la escena. Briana estaba inclinada sobre mí, acariciándome el cabello con sus dedos finos y delicados. Su blusa se había desabrochado un poco en el fragor de la batalla, y desde mi posición, podía ver perfectamente la blancura impecable de su piel y la curva peligrosa y tentadora de sus pechos que subían y bajaban con su respiración. El aroma a jazmín me envolvía por completo, nublándome el juicio.
—Ya despertaste —susurró ella, con una sonrisa que me detuvo el corazón. Sus dedos bajaron por mi mejilla, recorriendo mi piel con una suavidad eléctrica. En su inocencia, su mano se deslizó hacia mi brazo izquierdo, acariciando suavemente la piel justo sobre el tatuaje del reloj de arena y la rosa, sin notar que sus muslos presionaban mis hombros de una forma que me estaba volviendo loco. El roce era sutil, pero el calor que emanaba de ella era devastador para mi autocontrol.
—Me siento... extraño —dije con la voz ronca, tratando de no moverme para no romper el momento, aunque sentía que mi sangre hervía.
—Es normal —respondió ella, inclinándose más hasta que sus labios quedaron a centímetros de los míos, dejando ver la curva de su cuello blanco—. Tu cuerpo está tratando de recuperar su fuerza vital. Debes descansar aquí, conmigo. No tengas miedo.
Sentir su respiración cálida y ver la suavidad de su piel tan cerca fue demasiado para un simple mortal. "No mames, Alejandro, contrólate", me dije a mí mismo. Necesitaba quemar esa energía antes de cometer una locura o algo de lo que Kaia pudiera enterarse y usar para cortarme la cabeza.
—Tengo que... tengo que moverme —dije, sentándome de golpe, rompiendo la atmósfera cargada de erotismo.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, un poco desconcertada, con un mechón de su cabello plateado cayéndole sobre su pecho blanco.
—Necesito... entrenar. El ejercicio ayuda a que la fuerza vital circule mejor después de un bajón —mentí descaradamente, saliendo de la choza casi corriendo.
Saqué a Amaterasu y empecé a realizar los movimientos que Kaia me había enseñado bajo la luz de las lunas. Tajo arriba, bloqueo abajo. Briana salió de la choza poco después y, al verme tan decidido, decidió ayudarme.
—Si quieres mejorar tu agilidad, debes aprender a reaccionar a lo inesperado —dijo ella, recogiendo unas frutas de cristal del suelo que eran duras y pesadas.
Briana empezó a lanzarme las frutas con una velocidad sorprendente.
—¡Muévete, flan! —chilló Ringo desde su rama—. ¡Imagina que son los escupitazos de un sapo de fuego que quiere verte convertido en ceniza! ¡Esquiva o te quedas sin dientes!
Pasé la siguiente hora esquivando y bloqueando. Las frutas de Briana venían desde la izquierda con una puntería endiablada, las nueces de Ringo caían desde arriba. Sudaba a chorros, mis músculos ardían, pero poco a poco empecé a sentirme más ligero, canalizando toda la tensión del momento anterior en mis movimientos.
—¡Eso es! —gritó Briana, lanzando tres frutas seguidas—. ¡Sigue el flujo, Alejandro!
Terminé agotado, pero con la mente más clara. Nos sentamos en el suelo, jadeando mientras el sudor me bajaba por los tatuajes.
—Todavía falta mucho camino para llegar a las Colinas —dije, mirando el horizonte—. Pero al menos ya no me siento como un costal de papas perdido.
—Eres más que eso, Alejandro —dijo Briana, limpiándome el sudor de la frente con una toalla húmeda de forma cariñosa—. Eres nuestro líder.
Nos retiramos a descansar. El viaje apenas comenzaba, y aunque las sombras acechaban en cada rincón, sentía que con Amaterasu y mi equipo de "flanecitos", este chilango iba a llegar hasta el final del libro.