Kael, el rey de los lobos, huye de un destino impuesto… pero no puede escapar de su propia oscuridad.
En el mundo humano conoce a Lía, la única capaz de activar un vínculo prohibido por la diosa de la luna.
Cuando la sombra del pasado, el consejo y una guerra ancestral los persiguen, el amor se vuelve una amenaza.
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CAPÍTULO 4: LA MARCA INVISIBLE
El estallido del vidrio fue ensordecedor.
No sonó como un simple golpe.
Sonó como algo rompiéndose más allá del cristal. Como si la realidad misma acabara de fracturarse dentro de la camioneta.
Lía gritó.
Los fragmentos salieron disparados hacia adelante como una lluvia de cuchillas diminutas. Sintió uno rozar su mejilla, abriendo una línea ardiente sobre su piel.
El dolor fue inmediato.
Corto.
Pero suficiente para devolverla por completo al horror.
—¡Agáchate! —ordenó Kael.
Su voz no admitía discusión.
Lía obedeció por puro instinto, cubriéndose la cabeza mientras otro zarpazo atravesaba el aire por encima de ella.
El sonido de las garras desgarrando el asiento fue seco.
Violento.
Real.
Demasiado real.
Kael ya se estaba moviendo.
Abrió la puerta del conductor de un golpe brutal y salió bajo la lluvia sin mirar atrás.
El agua caía con fuerza ahora.
Golpeando el metal.
El vidrio roto.
El asfalto.
Todo brillaba bajo la luz amarilla del poste cercano, creando reflejos distorsionados que hacían que la escena pareciera aún más irreal.
Pero no lo era.
Nada de eso lo era.
El lobo saltó desde la parte trasera del vehículo.
Pesado.
Poderoso.
El impacto contra el suelo vibró en todo el cuerpo de Lía.
Era enorme.
Más grande que los otros.
Más sólido.
Más… consciente.
Su pelaje negro absorbía la luz.
Sus músculos se movían bajo la piel como si fueran independientes.
Sus ojos dorados no solo brillaban.
Calculaban.
Kael no retrocedió.
Se quedó quieto.
Esperando.
La lluvia empapaba su cabello, corría por su rostro, marcaba cada línea de su cuerpo.
Sus ojos dorados se alzaron lentamente hacia la criatura.
—El consejo quiere verte encadenado —gruñó el lobo.
Su voz no era completamente animal.
Había inteligencia en ella.
Crueldad.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—Que vengan ellos mismos.
El ataque fue inmediato.
El lobo saltó directo a su garganta.
Sin advertencia.
Sin duda.
Kael se movió en el último segundo.
Su mano se cerró alrededor del cuello del animal en pleno aire.
El impacto contra el capó fue brutal.
El metal se hundió con un crujido seco.
Lía sintió el golpe en el pecho.
No podía apartar la mirada.
No podía moverse.
Su mente gritaba que huyera.
Pero su cuerpo no respondía.
Porque lo que estaba viendo…no debía existir.
El lobo se levantó con un gruñido furioso.
Sus garras rasgaron el metal.
Kael avanzó.
Sin dudar.
Sin esperar.
Su puño impactó directamente contra la mandíbula de la criatura.
El sonido fue escalofriante.
Algo se quebró.
El lobo cayó.
Pero no se quedó abajo.
Nunca lo haría.
—La humana ya está marcada —escupió, clavando la mirada en Lía a través del parabrisas destrozado—. El consejo no la dejará vivir.
El mundo de Lía se detuvo.
Marcada.
La palabra se quedó flotando en su cabeza.
Fría.
Pesada.
Irreal.
Pero Kael…
Kael reaccionó.
Y por primera vez…
Lía vio algo distinto en él.
No era furia.
No era control.
Era alarma.
Real.
Profunda.
Peligrosa.
El lobo sonrió.
—Tu destino ya la alcanzó, rey.
Eso fue suficiente.
Kael lo atacó con una violencia completamente distinta.
Más cruda.
Más personal.
Lo sujetó por el cuello y lo estampó contra la pared.
El ladrillo se agrietó.
El sonido retumbó en toda la calle.
—¿Quién te envió? —gruñó.
Su voz vibró con algo más oscuro.
Algo más antiguo.
La criatura rió.
Una risa rota.
Sucia.
—Ella.
El mundo se detuvo un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
El lobo se zafó.
Y corrió.
Desapareció entre la lluvia y la oscuridad como si nunca hubiera estado ahí.
Silencio.
Solo lluvia.
Pesada.
Constante.
Kael respiraba con fuerza.
Su pecho subía y bajaba.
Pero su mirada seguía fija en el punto donde la criatura había desaparecido.
Luego…giró.
La puerta del copiloto se abrió.
—Sal.
Lía no se movió.
—No.
Kael apretó la mandíbula.
—Lía. Ahora.
Había algo en su voz.
Algo que no había estado antes.
Urgencia.
Ella bajó.
Lenta.
La lluvia la empapó en segundos.
El cabello pegado al rostro.
La ropa adherida a su piel.
El frío no le importaba.
Nada le importaba.
Solo una cosa.
—¿Qué quiso decir con que estoy marcada?
Kael no respondió de inmediato.
Sus ojos se fijaron en la herida de su mejilla.
Pequeña.
Pero suficiente.
Se acercó.
—No te muevas.
—No me toques.
Demasiado tarde.
Sus dedos rozaron su piel.
Y Lía sintió algo.
No dolor.
No miedo.
Algo… eléctrico.
Caliente.
Una corriente que recorrió su cuerpo desde el punto de contacto hasta el pecho.
Su respiración se cortó.
Kael apartó el cabello mojado de su cuello.
Y la vio.
La marca.
No estaba ahí antes.
Ahora sí.
Una media luna plateada.
Brillando bajo la piel.
Como si fuera parte de ella.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Su respiración cambió.
—No puede ser…
—¿Qué pasa? —preguntó Lía, sintiendo el pánico crecer.
Kael la sujetó por los hombros.
Firme.
—Escúchame.
Su voz bajó.
Se volvió más grave.
Más intensa.
—No puedes estar sola.
—¿Qué?
—Ya no.
Lía lo empujó.
—¡Deja de decir cosas sin sentido!
Pero su cuerpo…no estaba reaccionando como debería.
Su corazón latía demasiado rápido.
Su piel seguía ardiendo donde él la había tocado.
Kael la miró fijo.
—Cuando un Alfa encuentra a su destinada…
Se acercó un poco más.
—La diosa de la luna la marca.
Lía negó.
Una vez.
Otra.
—No. No. Eso no es real.
Kael no retrocedió.
—Lo sé.
Su voz fue más suave.
Pero más peligrosa.
—Pero lo es.
El espacio entre ellos desapareció.
Lía podía sentir su respiración.
El calor de su cuerpo.
La tensión.
Algo tiraba de ella.
Algo que no entendía.
Algo que no quería aceptar.
Y aun así…no se apartaba.
Entonces—
Un motor.
Frenos.
Un auto negro se detuvo frente a ellos.
Las puertas se abrieron.
Tres figuras descendieron.
Lentos.
Seguros.
Controlados.
Como si ya supieran que habían ganado.
Kael se giró.
Y todo en él cambió.
Otra vez el depredador.
Otra vez el rey.
—Entramos ahora —dijo.
—¿Quiénes son? —preguntó Lía, sin apartar la vista.
Entonces la vio.
La mujer.
Salió del asiento trasero.
Alta.
Elegante.
Demasiado perfecta.
El cabello oscuro caía sobre sus hombros como una sombra.
Sus labios rojos contrastaban con su piel pálida.
Pero eran sus ojos lo que atrapaban.
Fríos.
Calculadores.
Peligrosos.
Sonrió.
Como si esto fuera un juego.
—Hola, Kael.
Su voz fue suave.
Pero cortante.
Como una cuchilla envuelta en seda.
Lía sintió algo en el estómago.
Instinto.
Rechazo.
Peligro.
La mujer la miró.
Directamente.
Sin disimulo.
Y sonrió más.
—Así que esta es la humana…
Pausa.
Evaluación. Desprecio disfrazado de curiosidad.
—…por la que huiste.
Kael dio un paso adelante.
Bloqueando parcialmente a Lía.
Protegiéndola.
—No te acerques.
La mujer inclinó la cabeza.
Divertida.
—Sigues desobedeciendo.
Sus ojos brillaron.
—Eso siempre me gustó de ti.
El aire se tensó.
La lluvia seguía cayendo.
Pero ahora parecía más fría.
Más pesada.
Más peligrosa.
Lía lo entendió sin que nadie lo dijera.
Esa mujer…era peor que los lobos.
Y Kael lo sabía.
Porque no había atacado.
Porque no se había movido.
Porque estaba…midiendo.
Esperando.
Preparándose.
La mujer dio un paso.
—Entrégala.
Silencio.
Kael no respondió.
Pero su postura lo dijo todo.
No iba a hacerlo.
Nunca.
La sonrisa de la mujer desapareció.
Y en su lugar…quedó algo mucho más oscuro.
—Entonces —dijo suavemente— vamos a hacer esto difícil.
Sus ojos brillaron.
Y Lía sintió…que el verdadero peligro…
apenas acababa de llegar.