Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 14: Esto es mío...
Luego de la batalla con el Oni, me la he pasado reflexionando. A veces me detengo a mirar mis manos y espero ver chispas o rastro de esa luz azulada de la espada, pero solo encuentro la piel de siempre.
Mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados desde que puse un pie en Japón, conocí a Evan y a Jean, recuperé a Yune y, de una forma extraña y caótica, me he vuelto mucho más cercana al abuelo.
He descubierto que por mis venas corre sangre real, que tengo a un Kitsune milenario como Dios protector y que mi adorable mascota es, en realidad, un Bakeneko capaz de devorar demonios. He sobrevivido a Jandikal, a un Oni gigante y a un ejército de espectros. Fui aceptada por una espada legendaria y todo... todo gira en torno a este objeto que ahora cuelga de mi cuello.
Aún desconozco el verdadero alcance del Medallón de Izanagi o por qué los espíritus malignos están dispuestos a desatar el infierno con tal de obtenerlo, pero una cosa es segura, hasta que entienda quién soy, lo mantendré a salvo.
Después de todo, mamá tenía razón cuando me despidió en el aeropuerto... esto sería un gran libro, aunque no estoy segura de si sería uno de fantasía o una tragedia épica.
El abuelo, haciendo gala de su autoridad, le pidió a Evan que usara sus poderes para reconstruir el templo. Al principio, el muy engreído se negó, refunfuñando sobre cómo un guerrero de su clase no debería hacer "trabajos de carpintería". Pero nada que un buen golpe de mi parte —y una mirada amenazante del abuelo— no pudiera solucionar.
A regañadientes, Evan desplegó su magia. Fue un espectáculo increíble, hilos de energía plateada envolvieron las maderas rotas y las tejas pulverizadas, rearmándolas como un rompecabezas invisible.
Demoró alrededor de media hora en dejar el templo como nuevo. Cuando terminó, se recostó en la raíz de uno de los grandes cerezos a descansar, luciendo extrañamente humano a pesar del aura que aún lo rodeaba. Después de recuperar fuerzas, decidimos ir al bosque a visitar a Jean.
—¡Hola, chicos! Un poco más y llego a pensar que me iban a olvidar —soltó Jean en cuanto nos vio aparecer entre los árboles, riendo con esa ligereza que tanto la caracteriza.
—Lo lamento, Jean. Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo —suspiré, dejándome caer en el musgo, sintiendo el cansancio acumulado de los últimos días pesando en mis hombros.
—En ese caso, ponme al día ahora mismo —dijo ella con los ojos brillando de curiosidad. Me tomó de la mano y me arrastró unos metros lejos de Evan, buscando privacidad para el "chisme" sobrenatural.
—Gracias por dejarme solo, de verdad —murmuró Evan para sí mismo, con sarcasmo—. Bien, creo que iré a dormir dentro de la cueva. Si el mundo decide acabarse otra vez en los próximos cinco minutos, asegúrense de no gritar demasiado fuerte.
Lo vi caminar hacia la oscuridad de la gruta con paso perezoso. Sabía que, aunque fingiera desinterés, estaba agotado por el uso de su energía. Me giré hacia Jean, lista para contarle todo, desde el beso del contrato hasta el momento en que el Oni me llamó Diosa.
Jean y yo estuvimos dos horas hablando, le conté todo lo que había pasado con lujo de detalle y ella me escuchó con una concentración absoluta, asintiendo en los momentos clave.
Pero a pesar de estar con ella, no pude evitar que mis pensamientos se desviaran constantemente hacia la cueva. Había algo en la actitud de Evan que me inquietaba. Aproveché que Jean se fue a buscar algo de comida para internarme en la penumbra.
—¡Evan! ¿Estás aquí? —grité, y mi voz se transformó en un eco que rebotó por las paredes de piedra.
La cueva estaba sumida en una oscuridad casi total, esta vez, los cristales no estaban encendidos para guiar mis pasos. Caminé a tientas, confiando en mi memoria, pero pisé una roca húmeda y resbalé. Justo cuando sentí que el frío del lago me reclamaba, unas manos firmes me sujetaron de la cintura, deteniendo mi caída con una fuerza asombrosa.
—¿Estás bien? —su voz resonó cerca de mi oído.
Me ayudó a estabilizarme, pero no me soltó. Al contrario, me atrajo hacia su pecho y nos quedamos allí, envueltos en la sombra. Me obligué a mirarlo y, a pesar de la falta de luz, me di cuenta de que el dorado de sus ojos se había oscurecido, transformándose en un ámbar profundo y magnético.
Nuestras respiraciones empezaron a mezclarse, su nariz rozaba la mía, provocándome un cosquilleo que me recorrió toda la columna.
Evan no se movió. Sus manos seguían ancladas en mi cintura, apretando apenas lo suficiente para hacerme consciente de su cercanía, de su calor abrasador y de la potencia que vibraba bajo esa piel aparentemente perfecta.
Estábamos tan cerca que podía sentir el latido de su corazón... o quizás era el mío, martilleando desbocado contra mis costillas.
Y entonces, se inclinó hacia mí. Lo hizo despacio, como si estuviera respondiendo a un impulso primario que ya no podía —o no quería— controlar. Su nariz bajó de mi rostro y rozó la curva de mi cuello.
Cerré los ojos por instinto y el aliento se me cortó de golpe. Sentí cómo me olía. Fue una inhalación profunda, deliberada. Literalmente me estaba rastreando.
—Tienes un olor… —susurró contra mi piel, enviando una descarga eléctrica a cada una de mis células—. Muy peculiar.
Su voz ya no sonaba humana. Había algo más en ella, un matiz más grave, más denso, más animal. Era la voz del depredador que habitaba en él, el espíritu que había vivido nueve mil años.
—Hueles a hogar —murmuró.
Y sin darme tiempo a decir nada, ni a procesar la palabra "hogar", sus labios se posaron en mi cuello.
Fue un roce suave al principio, una caricia caliente que me hizo estremecer de pies a cabeza. Pero luego se convirtió en un beso. Húmedo, lento, cargado de una urgencia que me quemaba la piel.
No pude evitar soltar un jadeo, primero por la sorpresa absoluta de su atrevimiento y, segundo, porque se sentía peligrosamente bien. En ese instante, la cueva, el abuelo, el medallón y los demonios desaparecieron. Mi cuerpo se sentía uno mismo con el suyo, como si nuestras almas estuvieran tratando de fundirse a través de ese contacto.
Entonces, sentí la presión. Un mordisco.
Fue suave, pero lo suficientemente firme como para hacerme consciente de la punta de sus colmillos hundiéndose apenas en mi piel. No fue doloroso, fue una punzada eléctrica que me nubló el juicio.
—Esto es mío —susurró contra mi cuello, y su voz vibró directamente en mis huesos.
Solté un jadeo que no pude contener, un sonido que delataba lo mucho que me había afectado su reclamo.
Mis dedos se aferraron con fuerza a su túnica, arrugando la tela, como si temiera que, si lo soltaba, él se desvanecería en el aire como una ilusión.
Sentí cómo su respiración se aceleraba, volviéndose errática, y cómo su cuerpo temblaba levemente contra el mío, luchando contra un autocontrol que parecía estar a punto de romperse.
Pero entonces, se apartó.
Lo hizo de golpe, rompiendo el contacto con una brusquedad que me dejó tambaleante y con el frío de la cueva golpeándome el rostro. Dio dos pasos hacia atrás, perdiéndose en las sombras de la gruta.
Sus ojos dorados, que hace un segundo brillaban con una intensidad animal, ahora parpadeaban con una mezcla de confusión y... ¿arrepentimiento?
Me quedé allí, de pie, con la mano llevada instintivamente al lugar de mi cuello donde aún sentía el calor de sus labios y el rastro de sus colmillos. El silencio en la cueva se volvió ensordecedor.
Se llevó una mano a la boca y la otra al pecho, justo sobre el corazón, donde su túnica subía y bajaba con rapidez.
—Yo… lo siento —dijo, con la voz entrecortada—. No debí hacer eso.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭