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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: La Geometría del Caos y el Silencio de Neón

El aire en León, Nicaragua, no se respira; se mastica. Es un aire denso, cargado con el polvo milenario de los volcanes cercanos y el aroma dulzón de las frutas que se rinden ante el sol en los canastos de las marchantas. Xiomara se detuvo en la esquina de la Real Xalteva, justo donde la sombra de un alero colonial ofrecía un respiro mezquino. Se pasó el dorso de la mano por la frente, sintiendo la humedad pegajosa de quien lleva despierta desde las cinco de la mañana, peleando con una ciudad que se niega a ser domesticada por planos o reglas de urbanismo.

Ella era arquitecta, pero en León, ser arquitecta era más un ejercicio de arqueología emocional que de ingeniería. Sostenía un fajo de planos bajo el brazo, el papel ozalid ya estaba ondulado por el "bochorno" —esa palabra tan nica que describe el calor que te sale de los poros como un grito—. Miró su reloj de pulsera, uno viejo de cuerda que perteneció a su abuelo. Las diez y quince. El consultor extranjero debería haber llegado hace veinte minutos.

—Si este hombre cree que el tiempo aquí se mide con cronómetro suizo, está bien jodido —murmuró Xiomara para sus adentros, mientras observaba a un perro flaco cruzar la calle con la parsimonia de quien sabe que el asfalto quema pero la prisa es peor.

De repente, el rugido asmático de un taxi interrumpió su monólogo interno. Era un Toyota de los años noventa, con el parachoques sujeto por alambre de amarre y una calcomanía de la Virgen de Guadalupe en el parabrisas. Del vehículo bajó algo que parecía una alucinación visual.

Ji-Hoon Kang puso un pie en el pavimento y, por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Vestía una camisa de popelina blanca, tan blanca que hería la vista bajo el sol cenital, y unos pantalones de vestir oscuros con un quiebre tan perfecto que parecía que podía cortar el aire. Su piel era de una palidez de luna, un contraste casi violento con el entorno de colores tierra y rostros curtidos por el sol del trópico. Se ajustó las gafas de montura fina y miró a su alrededor con una expresión que Xiomara no pudo descifrar: ¿era asco, era asombro o era simplemente un cortocircuito sensorial?

Ji-Hoon sentía que sus tímpanos iban a estallar. Para un ingeniero de sonido formado en la rigidez acústica de Seúl, León era un asalto constante. El grito de "¡Hay leche de burra!", el claxon de las mototaxis, el reguetón lejano de una tienda de electrodomésticos y el viento que silbaba entre las tejas rotas. Todo era ruido. Todo era... desorden.

—¿Mister Kang? —preguntó Xiomara, dando un paso adelante. No extendió la mano de inmediato; había algo en la postura del hombre, una especie de barrera invisible de cristal, que la hizo detenerse a un metro de distancia.

Ji-Hoon la miró. Ella era más baja de lo que imaginaba por sus correos electrónicos, pero su presencia llenaba la calle. Tenía los ojos grandes, de un café encendido, y el cabello rizado recogido en un moño que parecía una batalla ganada a medias contra la gravedad.

—Ji-Hoon. Solo Ji-Hoon, por favor —respondió él, con un español que sonaba como música ensayada, correcto pero carente de las eses arrastradas y la calidez del acento local. Hizo una inclinación de cabeza, breve, precisa—. Lamento la tardanza. El conductor... se detuvo a comprar algo llamado "quesillo".

Xiomara soltó una carcajada espontánea, un sonido ronco y vibrante que hizo que Ji-Hoon parpadeara, desconcertado. En Corea, las risas de las mujeres en el ámbito profesional solían ser contenidas, filtradas por la palma de la mano. Esta mujer reía con todo el cuerpo.

—Bienvenido a Nicaragua, Ji-Hoon. Aquí el hambre es la única ley que se respeta. Si el taxista tiene hambre, el mundo se detiene. Venga, camine por aquí, que si se queda ahí parado en medio de la calle, el sol me lo va a dejar como chicharrón antes de que lleguemos al teatro.

El Teatro de las Sombras

Caminaron hacia las ruinas del antiguo Teatro Municipal. Xiomara caminaba con un paso rítmico, sorteando los baches y las piedras sueltas sin mirar el suelo, como si conociera la memoria táctil de cada centímetro de León. Ji-Hoon, en cambio, avanzaba con cautela, sus zapatos de cuero italiano sufriendo con cada irregularidad del terreno.

—Este proyecto es mi vida, Ji-Hoon —dijo ella, señalando la fachada de estilo neoclásico que luchaba por no ser devorada por la maleza—. No quiero que sea solo un edificio bonito. Quiero que cuando alguien susurre en el escenario, se escuche hasta en la última fila del gallinero, pero sin perder el calor del adobe. Me dijeron que usted es el mejor con la acústica de materiales orgánicos.

Ji-Hoon se detuvo frente al umbral. El edificio exhalaba un olor a humedad vieja, a madera de cedro podrida y a historia. Entraron, y la penumbra los recibió como un bálsamo.

—La acústica no es solo sobre el sonido, Xiomara-ssi —dijo él, usando inconscientemente el honorífico de su lengua materna—. Es sobre el vacío. En Seúl, construimos salas de conciertos que son como cajas de vacío. Aislamos todo. Pero aquí... —señaló un agujero en el techo por donde entraba un rayo de luz sólida cargado de polvillo— aquí el exterior siempre quiere entrar.

—Es que aquí no sabemos estar solos, Ji-Hoon —respondió ella, acercándose a una de las columnas talladas y pasando la mano por la madera—. En este país, el silencio absoluto nos da miedo. Si hay silencio, pensamos que viene un temblor o que alguien está tramando una guerra. Necesitamos que el teatro respire con la ciudad, no que se esconda de ella.

Ji-Hoon se quedó callado. Sacó un dispositivo digital de su maletín, un medidor de decibelios, y lo encendió. La pantalla brilló con un azul gélido.

—Usted habla de "respirar" y de "miedo". Yo hablo de frecuencias y de coeficientes de absorción —dijo él, mirándola fijamente a través de sus gafas—. Mi trabajo es eliminar las imperfecciones.

—Pues va a tener un problema —replicó Xiomara con una sonrisa desafiante—, porque en Nicaragua, la imperfección es lo único que nos sale perfecto. Si le quita el alma a este lugar para que suene como un laboratorio, la gente no va a venir. Queremos arte, no cirugía.

El Almuerzo: Un Tratado de Paz y Achiote

Dos horas después, los niveles de glucosa de Xiomara estaban por los suelos y el rostro de Ji-Hoon mostraba signos de fatiga térmica. Ella lo llevó a una "fritanga" cercana, un comedor popular bajo una enramada de palmas donde el humo de la leña formaba nubes caprichosas.

—No creo que este lugar cumpla con las normas de... —empezó Ji-Hoon, mirando las mesas de madera rústica y los platos de plástico de colores chillones.

—Usted confíe en mí —lo interrumpió ella, empujándolo suavemente hacia una silla—. Aquí no hay normas, Ji-Hoon, hay sazón. Doña Tere, traiganos dos servicios de cerdo asado con gallopinto, y dos vasos grandes de cacao. Pero con bastante hielo, doña Tere, que este muchacho se me está derritiendo.

Cuando el plato llegó, Ji-Hoon contempló la montaña de comida con una mezcla de respeto y pavor. El cerdo tenía un color rojo intenso por el achiote, y el gallopinto —esa mezcla de arroz y frijoles que es el ADN del nicaragüense— brillaba con un poco de aceite.

—En Corea —comenzó Ji-Hoon, tomando el tenedor con una elegancia que parecía fuera de lugar entre el ruido de las ollas—, comemos con equilibrio. Cinco colores. Cinco sabores. Todo tiene una función medicinal.

—Aquí también —rio Xiomara, atacando su comida con una naturalidad envidiable—. La función de esto es que te sintás vivo. Probá ese cacao. Es chocolate con leche, canela y arroz molido. Es como un abrazo líquido.

Ji-Hoon tomó el vaso. El frío del hielo contra sus dedos fue el primer alivio real del día. Bebió un sorbo largo. Sus ojos se cerraron. Por un instante, el caos de León desapareció. El sabor era terroso, dulce, complejo.

—Es... bueno —admitió, y por primera vez en el día, sus hombros se relajaron un poco—. Muy dulce, pero bueno.

—¿Ve? Ya le está saliendo lo nica —dijo ella, pinchando un trozo de tajada frita—. Dígame la verdad, Ji-Hoon. ¿Por qué aceptó venir hasta este rincón del mundo? Un hombre con su currículum podría estar diseñando la ópera de Sídney o un estudio en Tokio. ¿Qué hace metido en un teatro en ruinas en León?

Ji-Hoon dejó el vaso sobre la mesa. El ruido de la calle parecía haberse atenuado en su mente. Miró a Xiomara, y ella notó por primera vez una sombra de cansancio profundo en su mirada, una melancolía que no tenía nada que ver con el jet lag.

—En Seúl... todo es predecible —dijo él, bajando la voz. El ruido de la fritanga seguía a su alrededor, pero entre ellos se creó una burbuja de intimidad inesperada—. Si trabajas duro, tienes éxito. Si tienes éxito, trabajas más duro. Es un círculo de luces de neón que nunca se apagan. Quería... —hizo una pausa, buscando la palabra en español— quería un lugar donde el silencio no fuera algo que se fabrica, sino algo que se encuentra.

Xiomara dejó de comer. El cinismo que solía usar como armadura contra los extranjeros se evaporó.

—Pues vino al lugar equivocado si busca silencio, Ji-Hoon. Aquí hacemos ruido hasta para llorar. Pero si lo que busca es algo real... algo que no esté programado por una computadora... entonces quizá sí llegó a donde debía.

—Mi padre dice que el ruido es una debilidad del carácter —continuó él, como si necesitara confesarse—. Él es dueño de una de las constructoras más grandes de Gyeonggi. Para él, yo soy un fracaso porque prefiero escuchar las ondas de sonido que contar los pisos de un rascacielos. Me envió aquí para "limpiar mi cabeza". Cree que Nicaragua es un castigo.

Xiomara sintió una punzada de indignación, pero la contuvo. En lugar de eso, sonrió con una ternura que la sorprendió a ella misma.

—Dígale a su papá que Nicaragua no es un castigo, es un bautizo. Aquí va a aprender que la dignidad no está en el traje que usa, sino en cuántas veces se puede levantar después de que un volcán o una guerra le boten la casa.

Ji-Hoon la miró intensamente. Había algo en la forma en que ella hablaba, una fuerza telúrica, que lo asustaba y lo atraía al mismo tiempo.

La Conversación sobre el Umbral

El sol comenzó a bajar, tiñendo las paredes de León de un rosa violáceo, el color de las pitahayas. Caminaron de regreso hacia el hotel de Ji-Hoon, una vieja casona reconvertida con un patio central lleno de helechos y una fuente que goteaba con un ritmo irregular.

—Mañana —dijo Ji-Hoon al llegar a la puerta— empezaré las mediciones técnicas. Necesitaré que el edificio esté vacío.

—Mañana es domingo, Ji-Hoon —respondió Xiomara, apoyándose en el marco de la puerta—. Y los domingos en León son para la familia y para el vaho. No va a encontrar a nadie que le ayude a mover una silla.

—Puedo hacerlo solo. No me molesta la soledad.

—No se trata de eso. Mañana usted viene a mi casa. Mi mamá ya sabe que hay un "chinito" —lo dijo sin malicia, con ese uso genérico nicaragüense— trabajando conmigo y ya puso a remojar la masa para las tortillas. Si no llega, me hace quedar mal, y usted no quiere tener de enemiga a Doña Esperanza.

Ji-Hoon se tensó. La idea de entrar en una casa ajena, con gente desconocida, habladores y ruidosos, era su peor pesadilla.

—Xiomara-ssi, yo... no creo que sea apropiado. Mi contrato no incluye relaciones sociales.

—Su contrato no, pero su supervivencia sí —insistió ella, acercándose un paso más. El aroma de ella —una mezcla de vainilla, sudor limpio y café— invadió el espacio personal de Ji-Hoon—. Escúcheme bien, "Ingeniero de Sonido". Usted puede tener todas las máquinas del mundo, pero si no entiende cómo late el corazón de la gente que va a sentarse en ese teatro, su acústica va a ser perfecta y va a estar muerta. Venga mañana. Coma, escuche los cuentos de mi abuela aunque no los entienda, y deje que el ruido de mi familia lo despeine un poco.

Ji-Hoon guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. El sonido del agua cayendo en la fuente era el único puente entre los dos. Por un momento, se permitió observar los detalles de Xiomara: la pequeña cicatriz en su ceja izquierda, el brillo rebelde de sus ojos, la firmeza de sus manos.

—A las doce —dijo él finalmente, con una rendición que sonaba casi como una victoria—. Estaré listo a las doce.

—A la una, entonces —rio ella, dándose la vuelta—. Porque aquí las doce significan la una. Descanse, Ji-Hoon. Y trate de no soñar con números. Sueñe con el color del cacao.

Xiomara se alejó caminando por la calle empedrada, su figura recortada contra la luz dorada del atardecer. Ji-Hoon se quedó en el umbral del hotel, sintiendo por primera vez que el aire de León ya no era tan pesado. Entró en su habitación, se quitó los zapatos perfectamente pulidos y se sentó en la cama. El silencio del hotel era artificial, roto por el zumbido de un aire acondicionado viejo.

Abrió su cuaderno de notas. En la primera página, donde debería haber cálculos de reverberación, solo escribió una frase en coreano:

"Nicaragua huele a fuego y sabe a tierra dulce. Y ella... ella tiene el sonido de una tormenta que no quiero evitar."

Esa noche, Ji-Hoon Kang, el hombre que controlaba el sonido, no pudo evitar que el latido de su propio corazón sonara más fuerte que cualquier frecuencia que hubiera medido en su vida. Afuera, León seguía gritando, cantando y viviendo, ajeno a que un hombre del otro lado del mundo acababa de empezar la remodelación más importante de su existencia: la de sus propios muros internos.

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