Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 12: Lo que la noche devuelve
La noche nunca fue un lugar seguro.
Para Elian Vaelor, dormir no significaba descanso, sino bajar la guardia. Y cuando el cuerpo bajaba la guardia, la memoria regresaba sin pedir permiso.
El sueño lo atrapó sin aviso.
Primero fue el frío.
Luego la humedad.
Después, el olor del lago.
No estaba en el castillo del Sur.
Estaba de nuevo en el ducado Vaelor.
Los pasillos eran largos, silenciosos, llenos de sombras donde los sirvientes evitaban mirarlo a los ojos, pero no evitaban acercarse demasiado. Manos que rozaban más de lo necesario. Miradas que se quedaban donde no debían. Risas bajas cuando creían que él no escuchaba.
No digas nada.
Si hablas, será peor.
En el sueño, caminaba por el ala vieja. La que no se usaba. La que nadie vigilaba.
El soldado estaba allí.
No llevaba insignias visibles. Sonreía con confianza.
—Nadie te va a creer —decía—. Un omega como tú siempre provoca.
Elian intentaba retroceder, pero el cuerpo no respondía. Sentía la pared fría en la espalda, el peso ajeno acercándose, la mano que empezaba a tocar donde no debía.
—No… —susurró—. Por favor… no quiero…
En el sueño, gritaba.
En la realidad, solo gemía.
—No me toque… —murmuró, con la voz rota.
El recuerdo se volvió fragmentado, violento.
La mano tapándole la boca.
El aliento caliente en el cuello.
Las palabras envenenadas:
—Si no quisieras, no me mirarías así.
—No te hagas el inocente.
—Esto es culpa tuya.
El pánico cerrándole el pecho.
Y entonces… la desesperación.
El empujón.
La caída.
La piedra fría en su mano.
No pensó.
No calculó.
Golpeó.
Una vez.
Dos.
El cuerpo cayó al agua.
El lago estaba oscuro. Tranquilo. Silencioso.
El soldado no volvió a salir.
Elian miraba sus manos manchadas de algo peor que sangre.
Culpa.
—Lo maté… —susurraba—. Yo lo maté…
El sueño se rompió de golpe.
Elian despertó sobresaltado, empapado en sudor, con el corazón desbocado y la respiración hecha trizas. Se incorporó buscando aire, pero no lo encontró. El pecho le dolía como si algo lo aplastara desde dentro.
—No… no fue mi culpa… —murmuró—. No quería…
El pánico lo dobló hacia adelante. Bajó de la cama y se encogió en el suelo, abrazándose las rodillas, balanceándose levemente.
—Por favor… no me castiguen… —susurró—. No quise…
El sonido llegó al pasillo.
Kael Ardenfell despertó al instante.
No preguntó. No dudó.
Abrió la puerta sin hacer ruido.
—Elian —dijo con voz firme—. Soy yo. Estás a salvo.
El omega levantó la cabeza de golpe. Sus ojos estaban desbordados, perdidos, llenos de terror puro.
—No… —balbuceó—. Yo no quise… no quería…
Kael se arrodilló frente a él, manteniendo una distancia respetuosa.
—Mírame —ordenó—. Estás en el Sur. Nadie va a tocarte.
Eso fue lo que lo rompió por completo.
El llanto estalló.
No fue silencioso.
No fue contenido.
Fue un llanto desgarrador, profundo, violento, como si su cuerpo hubiera esperado toda una vida para permitirse gritar.
—¡No quería! —sollozó—. ¡Se lo juro! ¡Yo no quería!
Se dobló hacia adelante, golpeando el suelo con la frente sin fuerza.
—Él… él empezó a tocarme —dijo entre hipidos—. Yo le dije que no… que parara… que por favor…
Las palabras se rompían entre lágrimas.
—Me decía que era mi culpa —continuó, con la voz hecha pedazos—. Que yo lo provoqué… que un omega como yo debía agradecerlo… que nadie me creería…
El cuerpo le temblaba con violencia.
—¡No quería matarlo! —gritó—. ¡Solo quería que parara! ¡Solo quería vivir!
Levantó la mirada, desesperado.
—¡Se lo juro, mi señor! ¡Yo no soy un monstruo!
Kael ya no se contenía.
Sus manos estaban cerradas en puños contra el suelo. La mandíbula tensa. Los ojos oscuros, ardiendo con una furia que no buscaba destruir… sino proteger.
—Mírame —dijo, con voz baja y peligrosa—. Escúchame bien, Elian.
El omega obedeció, llorando sin aire.
—Lo que hiciste fue defenderte —dijo Kael, cada palabra tallada con precisión—. Él cruzó esa línea. Él eligió tocarte. Él eligió abusar de su poder.
—Pero… murió… —sollozó Elian.
—Porque nadie lo detuvo antes —respondió Kael—. No porque tú seas culpable.
Elian negó con la cabeza, roto.
—Tengo miedo… —confesó—. Siempre pensé que si alguien lo sabía… dirían que lo merecía…
Kael se acercó un poco más.
—Nadie —dijo—. Nadie volverá a decirte eso.
El llanto se volvió incontenible. Elian se inclinó hacia adelante, y esta vez Kael lo sostuvo.
Primero los hombros.
Luego permitió que Elian se aferrara a su ropa como pudiera.
El omega se quebró contra él.
—¡Yo solo quería vivir! —gritó, ahogado.
Kael cerró los ojos un instante.
—Y vivirás —dijo—. Te lo prometo.
El llanto fue perdiendo fuerza, transformándose en sollozos agotados. Kael no se movió. No lo soltó.
—Lo siento… —murmuró Elian—. Lo siento tanto…
—No —corrigió Kael—. Lo siento yo. Por haber llegado tarde.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue protector.
A la mañana siguiente, el golpe político llegó.
Los Vaelor exigían explicaciones. Acceso. Control.
Kael leyó el mensaje una sola vez.
Lo rompió.
—Respondan —ordenó—. El omega Elian Vaelor está bajo mi protección directa. Cualquier intento de acercamiento será considerado una agresión al ducado del Sur.
Registros médicos.
Testimonios sellados.
Órdenes activadas.
El castillo del Sur no devolvería a Elian.
No al infierno del que había escapado.
Esa noche, Elian durmió poco.
Pero cuando despertó, no estaba en el suelo.
Seguía con miedo.
Seguía con culpa.
Pero también con algo nuevo.
La certeza de que, esta vez, alguien había escuchado…
y no había apartado la mirada.