Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12 – “No pertenece a nadie”
El amanecer los encontró en movimiento.
Ariel caminaba despacio, apoyándose de vez en cuando en Kael. No por debilidad… sino porque su cuerpo comenzaba a cambiar.
A reclamar.
A exigir cuidado.
No era visible para el mundo.
Pero dentro de él, algo crecía con una insistencia silenciosa.
Como si ya supiera.
Como si ya entendiera que el peligro no había terminado.
Kael lo notaba todo.
Cada respiración más lenta.
Cada pausa que Ariel intentaba disimular.
Cada vez que su mano se deslizaba hacia su vientre, casi sin darse cuenta.
—Descansaremos pronto —dijo el delta, ajustando el paso sin mirarlo.
Ariel asintió.
Ya no intentaba aparentar fortaleza constante.
Estaba aprendiendo algo nuevo.
Que confiar… también era resistir.
Llegaron al asentamiento al caer la tarde.
No era una ciudad.
Era un lugar de tránsito.
De los que no aparecen en los mapas.
Comerciantes sin nombre.
Refugiados sin historia.
Personas que aprendieron a sobrevivir en los márgenes.
Verdades incómodas respiraban allí.
Kael se tensó de inmediato.
—Aquí hay ojos.
—Lo sé —respondió Ariel—. Pero también hay voces.
Entraron.
Las miradas se clavaron en ellos.
Kael, por lo que era.
Ariel… por lo que representaba.
Los rumores llegaron primero.
Siempre lo hacían.
—Es él…
—El omega del Consejo…
—El que mató a su esposo…
—El maldito…
Ariel los escuchó.
Todos.
Cada palabra.
Cada juicio.
Antes…
eso lo habría destruido.
Lo habría hecho desaparecer por dentro.
Pero ahora…
solo dolía.
Y aun así…
seguía en pie.
Kael dio un paso al frente.
Protector.
Instintivo.
—No —susurró Ariel—. Déjame.
El delta lo miró.
Dudó.
—Si no empiezo ahora… nunca lo haré.
Avanzaron.
Hasta el centro.
Las voces se apagaron.
El aire se tensó.
Ariel respiró hondo.
Y habló.
—Sé quién creen que soy.
Su voz no tembló.
—Sé lo que han oído.
Algunas personas retrocedieron.
Otras no pudieron moverse.
—Dicen que soy un villano.
Que traigo desgracia.
Que merezco morir en silencio.
Una pausa.
Su mano se apoyó en su vientre.
No como defensa.
Como verdad.
—Pero estoy vivo.
Su voz bajó apenas.
—Y llevo vida dentro de mí.
El murmullo fue inmediato.
Más fuerte.
Más humano.
—Ese hijo pertenece al imperio —dijo alguien.
Kael avanzó.
Pero Ariel lo detuvo.
—No.
Esta vez, su voz se alzó.
—No pertenece a nadie.
Silencio.
—Como yo nunca pertenecí.
Alzó el rostro.
Dejó que lo vieran.
Sin miedo.
Sin máscara.
—Me casaron sin preguntarme.
Me acusaron sin escucharme.
Me convirtieron en un símbolo… para justificar su control.
El peso de esas palabras cayó sobre todos.
—Huir me mantuvo vivo —continuó—.
Respiró.
—Pero vivir… es otra cosa.
Miró alrededor.
A cada uno.
—Y ya no voy a seguir escondiéndome para que otros se sientan cómodos con mi existencia.
Un anciano dio un paso adelante.
—¿Y por qué deberíamos creerte?
Ariel lo sostuvo.
Sin odio.
Sin súplica.
—Porque no estoy pidiendo perdón.
Su voz se quebró apenas.
Pero no retrocedió.
—Estoy pidiendo que dejen de decidir quién merece existir.
El silencio fue distinto.
Más pesado.
Más humano.
—Si el Consejo viene —añadió—, no será por justicia.
Su mano tembló levemente sobre su vientre.
—Será por esto.
Tragó saliva.
—Para usarlo.
Para repetirlo.
Para asegurarse de que nadie vuelva a cuestionarlos.
Kael dio un paso al frente.
Esta vez, Ariel no lo detuvo.
—Y no lo permitiré —dijo el delta—. No aquí.
Su mirada se endureció.
—No nunca más.
Los guardias llegaron.
Como siempre.
Tarde para escuchar.
A tiempo para destruir.
El caos estalló.
Gritos.
Órdenes.
Metal contra metal.
Kael se movió primero.
Rápido.
Preciso.
Implacable.
No mataba.
Abría camino.
Siempre regresando a Ariel.
Siempre.
Pero entonces—
El cuerpo de Ariel decidió.
El dolor lo atravesó.
Agudo.
Profundo.
Inesperado.
—Kael… —jadeó.
Sus piernas cedieron.
El mundo se inclinó.
Kael lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
—No… —susurró—. No ahora… aún es muy pronto…
Ariel temblaba.
No era parto.
Era miedo.
Era el cuerpo cerrándose.
Protegiendo.
Defendiendo lo único que ahora importaba.
Kael rugió.
Un sonido que no era humano.
—¡ALÉJENSE!
El aire cambió.
Algunos retrocedieron.
Otros dudaron.
Y entonces…
algo se rompió.
Pero no en Ariel.
En ellos.
—¡Déjenlos!
—¡No es un criminal!
—¡Está protegiendo a su hijo!
Las personas del asentamiento se interpusieron.
Uno.
Luego otro.
Luego muchos.
El Consejo nunca había visto eso.
Nunca había esperado que alguien eligiera.
Kael no dudó.
Tomó a Ariel en brazos.
Con cuidado.
Con urgencia.
Con todo.
Se movió entre el caos.
Desaparecieron.
La construcción abandonada los recibió en silencio.
Ariel respiraba con dificultad.
Temblaba.
—Lo siento… —susurró—. Los puse en riesgo…
Kael lo sostuvo más fuerte.
Como si pudiera mantenerlo entero solo con eso.
—No.
Su voz fue firme.
—Les diste una razón para dejar de tener miedo.
Apoyó su frente contra la suya.
—Eso es más peligroso para el Consejo… que cualquier espada.
Ariel cerró los ojos.
Una lágrima cayó.
Pero no era de culpa.
Era de algo más.
Algo nuevo.
—Nuestro hijo… —murmuró.
Kael apoyó su mano sobre su vientre.
—Va a nacer en un mundo distinto.
Una pausa.
—No perfecto.
Pero distinto.
Ariel dejó escapar un suspiro.
Su cuerpo aún temblaba.
Pero ya no por miedo.
Por agotamiento.
Por liberación.
Por haber sobrevivido…
siendo él mismo.
Por primera vez.
Afuera, el caos continuaba.
Pero dentro de ese pequeño espacio…
algo había cambiado para siempre.
No solo una vida estaba creciendo.
Una verdad había sido dicha.
Y esta vez…
nadie a enterrala
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”