Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capitulo 3: La voz que derritió el invierno
Lioren Aster nunca había pensado que sentirse útil podía doler tanto… ni llenar el corazón al mismo tiempo.
Durante semanas, había caminado por el ducado observando en silencio, aprendiendo cada detalle como si el lugar mismo le hablara. Las murallas, los caminos, los refugios contra las tormentas, las casas del pueblo. Donde otros veían piedra y madera, él veía historias, corrientes de aire, posibilidades. Su mente —la de Elías, el chico solitario de otra vida— encontraba calma al ordenar el mundo.
Comenzó con pequeñas sugerencias. Nada imponente, nada que llamara demasiado la atención. Un refuerzo aquí, un cambio en la orientación de una construcción allá. Pero los resultados fueron inmediatos. Las casas conservaron mejor el calor. Los pasillos dejaron de ser corredores helados. El pueblo empezó a hablar.
—El joven duque tiene talento —decían—. No solo es dulce… es brillante.
Cada palabra de reconocimiento hacía que Lioren se encogiera un poco por dentro, incrédulo. En su vida anterior, nadie había celebrado sus ideas. Después de la muerte de su abuela, incluso sus logros parecían caer en el vacío. Aquí, en cambio, cada mejora era recibida con gratitud.
Una noche, mientras revisaba unos bocetos en la biblioteca, su padre se acercó en silencio.
—Has cambiado el ducado —dijo Alaric con voz baja—. Y no solo en lo físico.
Lioren levantó la mirada, sorprendido.
—Y-yo solo… pensé que podía ayudar.
Alaric apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Eso es exactamente lo que hiciste.
El pecho de Lioren se apretó. Asintió sin poder decir nada más. Cuando su padre se marchó, cerró los ojos unos segundos, respirando hondo.
Por primera vez desde que había despertado en ese mundo…
se sentía digno de estar allí.
A la mañana siguiente, el aire estaba especialmente claro. El cielo era de un azul pálido, casi transparente. Lioren sintió una inquietud suave, un deseo extraño de alejarse un poco del castillo.
Pidió permiso.
—Quiero caminar —dijo con timidez—. Solo un rato. Prometo no ir lejos.
Eiden lo miró con preocupación, pero Alaric asintió.
—Lleva escolta a distancia —ordenó—. Y no te acerques demasiado al lago.
Lioren prometió obedecer.
Caminó entre árboles desnudos, escuchando el crujir de la nieve bajo sus botas. El silencio del norte no era vacío; era profundo, respetuoso. Cuando llegó al lago, se detuvo.
El agua estaba quieta, como un espejo de cristal oscuro. Se sentó en la orilla, envolviéndose en su abrigo, y cerró los ojos.
Entonces, cantó.
No fue una decisión consciente. La canción simplemente nació en su pecho, como siempre había ocurrido cuando la soledad se volvía demasiado pesada. Su voz se elevó suave, clara, cargada de una emoción honesta que hablaba de amor elegido, de la esperanza de formar una familia no por deber, sino por deseo.
Cantó sobre esperar.
Sobre ser visto.
Sobre no ser abandonado.
Cada nota llevaba el anhelo de Elías… y el nuevo corazón de Lioren.
Mientras cantaba, su aroma comenzó a expandirse sin que lo notara.
Feromonas dulces, florales.
Como flores blancas abriéndose en medio de la nieve.
Kael Frostgrave se detuvo en seco.
Había recorrido ese bosque incontables veces, siempre solo. El norte le pertenecía, pero nunca lo había sentido como un hogar. El silencio era su compañero habitual… hasta que aquella voz lo atravesó.
No era fuerte.
No era imponente.
Era hermosa.
Kael avanzó lentamente, como si temiera romper algo frágil. El aroma lo alcanzó antes que la imagen. Dulce, cálido, inesperado. Su propio aroma —frío, limpio, como el invierno— reaccionó de inmediato.
Alfa.
Cuando lo vio, el mundo pareció detenerse.
Un omega de cabello largo y claro, casi blanco, sentado a la orilla del lago. Su figura era delicada, pero no débil. Había algo firme en su postura, algo sereno. La voz salía de él como una promesa.
Kael sintió un nudo en la garganta.
Cuando la canción terminó, el omega abrió los ojos… y lo vio.
El sobresalto fue inmediato.
—Y-yo… lo siento —tartamudeó Lioren, poniéndose de pie con torpeza—. No sabía que había alguien más. P-por favor, no me castigue…
Kael frunció el ceño, sorprendido. No por molestia, sino por el miedo evidente en aquella mirada dulce.
—No —dijo de inmediato, con voz grave pero contenida—. No hiciste nada malo.
Lioren bajó la mirada, las mejillas encendidas.
—Lo siento… suelo estar solo cuando canto.
Kael dio un paso adelante y luego se detuvo, como si algo invisible lo frenara. No quería asustarlo.
—Tu voz… —comenzó, y se interrumpió. No sabía cómo continuar—. Es hermosa.
Lioren alzó la vista, sorprendido.
—¿D-de verdad?
Kael asintió.
—Jamás había escuchado algo así.
El aire entre ambos se volvió denso. Las feromonas de Lioren se intensificaron, dulces, envolventes. Kael respiró hondo, luchando por mantener el control. El invierno dentro de él se agitó.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó al fin.
Lioren dudó un segundo.
—Lioren —respondió en voz baja—. Lioren Aster.
El corazón de Kael dio un vuelco.
Aster.
El ducado vecino.
El omega amado.
—Kael —dijo—. Kael Frostgrave.
Lioren se quedó inmóvil.
Sus ojos se abrieron con sorpresa… y algo más. Reconocimiento. Comprensión. Una tristeza suave que Kael no supo explicar.
—E-el gran duque… —susurró.
Kael esperó rechazo. Miedo. Pero Lioren no retrocedió.
—Gracias por escucharme —dijo, inclinando un poco la cabeza—. Nadie suele hacerlo.
Algo se quebró dentro de Kael.
Durante años, había sido temido, juzgado, evitado. Nadie se le acercaba sin obligación. Nadie lo miraba así… como si viera más allá del título.
—Gracias a ti —respondió con sinceridad—. Por cantar.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue suave. Compartido.
El lago reflejaba el cielo, y el invierno parecía menos cruel.
Kael comprendió algo con claridad absoluta.
Ese omega…
había tocado algo que creía muerto.
Y Lioren, sin saberlo, sintió lo mismo.
Porque en el aroma frío del alfa, no percibió amenaza…
sino soledad.
Y por primera vez desde que despertó en ese mundo, su corazón susurró una certeza:
Lo encontré.