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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:932
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El beso del verdugo

​El convoy de camionetas blindadas de Julián "El Ruso" Varga avanzaba por la autopista hacia la capital con una eficiencia militar. Dentro de la cabina trasera, envueltos en una penumbra azulada rota solo por el resplandor de las pantallas tácticas, Mateo y Adrián permanecían sentados uno frente al otro.

​El aire en el vehículo estaba cargado. No era solo el miedo a Varga, que vigilaba desde el asiento del copiloto con la mirada de un lobo hambriento; era el residuo de lo que había ocurrido en la cabaña. El sexo, la urgencia y la pólvora habían dejado una marca invisible en sus pieles. Adrián observaba a Mateo, notando cómo sus dedos temblaban levemente mientras reiniciaba los sistemas del "Archivo Cero".

​—¿Estás bien? —susurró Adrián, inclinándose hacia adelante, ignorando la presencia de los guardias armados.

​Mateo levantó la vista. Sus ojos, antes calculadores y fríos, ahora mostraban una vulnerabilidad cruda.

—Estamos entregándole el fin del mundo a un psicópata, Adrián. Si Varga consigue esos códigos, Beatriz será el menor de nuestros problemas. Él no quiere justicia, quiere el monopolio del caos.

​—Lo sé —respondió Adrián, tomando la mano de Mateo bajo la mesa de operaciones—. Pero es nuestra única forma de llegar a ella. Mañana Beatriz dará su discurso de "limpieza de imagen" en la Fundación De la Vega. Estará rodeada de seguridad. Solo el ejército privado de Varga puede romper ese cordón.

​El pacto de sangre en movimiento

​Julián Varga giró el asiento, su rostro cicatrizado iluminado por el paso de las luces de la carretera.

—Basta de sentimentalismos, chicos. Matt, necesito que abras el primer cortafuegos de las cuentas suizas ahora. Quiero ver que el dinero sigue ahí antes de que entremos en la ciudad.

​Mateo tragó saliva. Abrió su laptop y conectó el token de encriptación que Beatriz le había obligado a crear meses atrás.

—Si entro ahora, ella recibirá una alerta. Sabrá que estamos cerca.

​—Ese es el plan —dijo Varga con una sonrisa cruel—. Quiero que sepa que voy por ella. Quiero que su última noche sea de puro terror.

​La entrada en la ciudad de cristal

​La capital apareció en el horizonte como un cúmulo de joyas eléctricas. Para Mateo y Adrián, regresar a esta ciudad era volver al escenario de su primera muerte. Cruzaron el puente principal a gran velocidad, escoltados por el silencio de una policía que, o bien estaba comprada por Varga, o bien había recibido órdenes de no intervenir en una "limpieza de cuentas" interna.

​Se instalaron en un ático industrial que Varga usaba como centro de comando, un espacio de techos altos, hormigón visto y ventanales que daban directamente a la torre de la Fundación De la Vega.

​—Tienen tres horas para descansar —dijo Varga, señalando una habitación al fondo—. Mañana a las 8:00 a.m., el mundo cambiará de dueño.

​El clímax de la intimidad herida

​Cuando la puerta de la habitación se cerró, el silencio cayó sobre Mateo y Adrián como una losa. No había cámaras aquí, solo el zumbido del aire acondicionado y el rumor lejano del tráfico.

​Adrián acorraló a Mateo contra el gran ventanal. La ciudad brillaba detrás de ellos, pero Mateo solo podía ver el fuego en los ojos de Adrián.

—Dime que tienes un plan, Mateo. Dime que no vamos a dejar que Varga gane.

​Mateo rodeó el cuello de Adrián con sus brazos, hundiendo los dedos en su nuca.

—Tengo el virus que instalé en Saint-Michel. Si logro conectarme a la red central de la Fundación mañana, puedo desviar los fondos no a las cuentas de Varga, sino a un fideicomiso internacional para las víctimas de tu familia. Pero necesito que tú mantengas a Varga distraído el tiempo suficiente.

​Adrián asintió, su frente apoyada contra la de Mateo.

—Haré lo que sea necesario. Pero antes de que el sol salga y tengamos que enfrentarnos a ellos... solo quiero recordarte por qué estamos haciendo esto.

​El encuentro que siguió fue diferente al de la cabaña. No hubo violencia, ni prisa. Fue una comunión lenta y dolorosa, una forma de decirse adiós y hola al mismo tiempo. En la penumbra del ático, sus cuerpos se entrelazaron con una necesidad que trascendía el sexo; era una fusión de dos sobrevivientes que sabían que, para el mediodía siguiente, uno de los dos podría no estar allí. El suspenso de sus vidas se detuvo por un instante, dejando que solo el roce de la piel y el calor de las respiraciones llenaran el vacío.

​El Despertar de la Viuda Negra

​Mientras tanto, en el piso 50 de la Torre De la Vega, Beatriz terminaba de vestirse para su gran día. Llevaba un vestido de encaje negro, el luto convertido en moda de alta gama. Su jefe de seguridad entró con una tablet.

​—Señora, el Nodo Zero ha detectado un acceso desde el sector industrial. Es Mateo. Y no está solo. Julián Varga ha cruzado la frontera.

​Beatriz no se inmutó. Terminó de colocarse un collar de perlas negras, mirándose fijamente en el espejo.

—Julián siempre fue un hombre impulsivo. Cree que el poder es cuestión de balas. No sabe que Mateo es un artista, y los artistas siempre dejan un rastro de ego. —Se giró hacia su jefe de seguridad—. Preparen el "Protocolo de Exterminio". Si Mateo pisa la Fundación, quiero que los sistemas de gas del servidor se activen. No me importa si mi hijo está con él. Si no puedo controlarlos, nadie lo hará.

​La mañana del juicio final

​El sol salió sobre la capital con una claridad irónica. Varga entró en la habitación de los chicos, golpeando la puerta con fuerza.

—Es hora. Los camiones están listos. Matt, el disco duro. Adrián, tu máscara de heredero. Vamos a recuperar mi dinero.

​Salieron del ático como un pelotón de ejecución. Javier, que había estado monitoreando las comunicaciones de la policía desde una habitación contigua, le dio a Mateo un pequeño pinganillo.

—Si algo sale mal, Matt, el Servicio de Inteligencia no vendrá a rescatarlos. He sido relevado de mi cargo esta madrugada. Estoy operando por mi cuenta. Si ven una apertura, corran. No miren atrás.

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