Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 13
Valeria odiaba las reuniones a las ocho de la mañana, cuando llovía demasiado y las escaleras inevitablemente estaban mojadas.
Había salido del ascensor con el café en una mano, los informes en la otra y la cabeza llena de pendientes, cuando el destino, o la gravedad, decidió recordarle que el multitasking tiene límites.
Primero fue el resbalón, que originó el grito ahogado.
Y luego, un golpe que resonó en el pasillo.
—¡Valeria! —La voz de Héctor llegó antes que él. Apareció corriendo, con la chaqueta medio puesta y esa cara entre alarma y risa contenida—. ¿Estás bien?
Ella estaba en el suelo, con la dignidad rota, el café derramado y un tobillo que dolía más de lo que quería admitir.
—Estoy bien. Solo evaluando la resistencia del piso.
—Parece sólido —dijo él, agachándose para ayudarla—. Pero tú no tanto.
Valeria ntentó ponerse de pie, y un quejido la delató. Héctor frunció el ceño.
—Eso fue un ay.
—Fue un no necesito ayuda.
—Suena igual, pero con más orgullo.
Sin pedir permiso, la levantó en brazos.
—¡Héctor!
—Tranquila. Soy creativo, no atleta, pero esto puedo cargarlo.
Ella intentó protestar, pero su brazo terminó en su cuello, su cabeza en su hombro.
Él olía a lluvia, a jabón, a algo cálido que traía abajo cualquier intento de sarcasmo.
La llevó a la sala de descanso, con todos los presentes mirando con la discreción de un telenovelista jubilado.
—Tranquilos, no es drama, es prevención —bromeó Héctor, dejándola en un sillón.
Una enfermera del edificio revisó el tobillo, según su análisis nada roto, pero necesitaría reposo.
—Dos días sin moverse mucho —dictó la mujer.
—Lo intentaré —murmuró Valeria, aunque ya planeaba revisar correos en cuanto llegara a casa.
—Yo te llevo —dijo Héctor, firme.
—No hace falta, puedo llamar un taxi.
—Y pagar para que un desconocido te deje en el ascensor con la pierna hinchada. No.
Ella suspiró, pero no discutió.
En su departamento, Héctor la ayudó a acomodarse en el sofá, preparó té y hasta encontró una manta.
—¿Desde cuándo sabes hacer té de manzanilla? —preguntó Valeria, sorprendida.
—Desde que me quemé la lengua intentando preparar café instantáneo —dijo él con una sonrisa ladeada.
Ella rió, relajándose por primera vez en el día.
—Gracias por quedarte —dijo Valeria, bajando la mirada.
—No iba a dejarte sola.
—No era necesario.
—Claro que era necesario, como lo fue cuando tú papá se cayó, y no iba a poder estar tranquilo si no estaba a tu lado.
Valeria levantó la vista. En su tono no había broma ni conquista, solo verdad.
—Tienes buena memoria.
—Solo para lo que importa.
Ella sonrió.
Él, sentado en el suelo frente al sofá, le tomó el pie con cuidado, comprobando el vendaje.
—¿Duele?
—Solo si me tocas así.
—¿Así cómo?
—Así… con ternura.
Héctor levantó la vista.
Él deslizó los dedos, apenas rozando su piel.
—No sé si esto cuenta como parte del tratamiento —susurró.
—No importa —respondió ella, igual de bajo.
Por un momento, parecía que el mundo podía detenerse ahí, una tarde nublada, un pie vendado y dos personas que, por fin, habían dejado de resistirse.
Hasta que sonó el timbre.
Valeria dio un respingo.
—Debe ser la vecina con la comida que me ofreció.
—Perfecto —dijo Héctor, poniéndose de pie—. Así tenemos cena, lesión y drama, todo en el mismo día.
Ella rió.
Él se quedó mirándola, con esa sonrisa que mezclaba alivio y cariño.
—¿Sabes qué? —dijo Valeria, mientras él se dirigía a la puerta—. Si esto fue un accidente, tal vez el destino tenga buen sentido del humor.
—O pésimo timing —replicó Héctor.
—Eso también.
Pero cuando él volvió con la comida, y sus miradas se cruzaron de nuevo, ambos supieron que algo había cambiado.
El golpe había dolido, sí.
Pero lo que vino después, valía cada segundo.