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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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21. El día siguiente
La luz del sol entró temprano en la recámara ducal. Renato despertó con la cabeza pesada, la boca amarga, y un recuerdo fragmentado de perfume, de manos pequeñas acomodándolo, de un beso torpe y posesivo que había iniciado él mismo, de caricias brindadas, de un cuerpo cansado y convencido de cumplir con un deber que la noche le reclamaba; aunque no pudiera recordar la mirada, las expresiones o las reacciones de su esposa.
Samantha ya estaba sentada frente al tocador cuando él abrió los ojos. Vestía una bata clara, el cabello suelto cayéndole por la espalda, el gesto bajo, casi tímido o resignado. No lo miró de inmediato.
- “No debiste levantarte tan pronto”, murmuró él, con voz aún áspera, más posesivo que tierno.
Ella inclinó apenas la cabeza, dócil en apariencia.
- “La costumbre, mi señor”, dijo Susanne, como quien perdió algo más por obligación, que por deseo.
El silencio se volvió incómodo. Renato se incorporó despacio. En el cuerpo tenía una certeza difusa, algo que no podía ordenar pero que daba por hecho. No preguntó. Cuestionar implicaba admitir lo que más detestaba, no recordar con claridad cómo había hecho suya a la mujer que tanto deseaba, pero admitirlo en público sería casi decir que era un idiota. Se puso la bata y se acercó a ella; esta vez quería hacerlo conscientemente.
El golpe suave en la puerta los obligó a mirarse por primera vez.
- “Es hora, los testigos esperan para confirmar la consumación”, anunció la voz de la camarera principal, solemne, sin emoción.
Susanne se levantó. Caminó hasta la cama con pasos medidos, tomó las sábanas sin titubear y las dobló con cuidado, como si cada pliegue fuera un gesto aprendido desde siempre. El rojo, inconfundible, quedaba a la vista sin ser exhibido.
Renato observó la escena con una satisfacción silenciosa, casi primitiva, cualquier duda e incoherencia se disipó para él, en su mente había sido el primero y estaba muy orgulloso de ello. Enderezó los hombros.
Cuando la puerta se abrió, las mujeres de la corte bajaron la mirada con el respeto debido, pero no con menos atención. La prueba fue recibida sin palabras, como se hacía desde generaciones, con un asentimiento breve, definitivo.
- “Que Dios bendiga esta unión”, dijo alguien, casi en susurro.
La puerta volvió a cerrarse. Renato la rodeó con los brazos, decidido a ser consciente esta vez de tenerla contra su pecho. Susanne se apartó.
- “Mi señor, estás cosas no se hacen a la luz del día, no es correcto. Debo hacerme, y usted también, por favor vaya a su habitación”, expresó Susanne serena y firme.
- “Ahora está es mi habitación”, dijo Renato, tomándola de la cintura y acercándola a él.
- “Es mi habitación está en contrato”, expresó Susanne con fuerza y forzando para separarse y dirigiéndose a la puerta. “Y recuerde que soy de salud delicada. El contrato establecía medidas para preservarla. Si desea un heredero, deberá respetarlas. Si enfermo y muero por falta de su cuidado, muchas de sus propiedades pasarán a manos de mi padre”, añadió.
Renato frunció el ceño, la obligó a darle un beso, que a ella le resultó desagradable, pero tuvo que soportar. Cuando el duque salió, ella ordenó a la camarera que vaya a mandar a sus damas para que le ayuden a arreglarse; y luego cerró la puerta.
Samantha permaneció inmóvil unos segundos más, con las manos aún vacías. Luego regresó al tocador. Solo entonces, cuando supo que estaba sola consigo misma, permitió que su reflejo le devolviera una sonrisa mínima, imperceptible para cualquiera que no supiera mirar.
La corte tenía lo que exigía. El duque, lo que creía haber tomado. Y ella, lo que necesitaba para seguir adelante; había pasado la prueba de la virtud aún con trampa, pero nadie se iba atrever nunca a cuestionarla, y ahora venía el siguiente plan, ganar la confianza del duque, que haga lo que ella quiera si la quiere tener como mujer, alejarlo de su familia, descubrir todos sus secretos y luego usar todo eso para destruirlo.
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