Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 11 - TELAS LOLA
La tienda de Lola no era una tienda. Era una casa.
De día vendía telas. De noche vivíamos allí. Al fondo, detrás de una cortina de flores que ella misma había cosido, había un cuarto chico con una cama grande, una mesa, un brasero y una ventana que daba a un patio interior donde había una pila para lavar y un limonero chico. No era mucho. Pero tenía puerta con llave. Y después de dormir en una bodega entre sacos de patatas, una puerta con llave era un palacio.
Lola nos enseñó a coser a su manera. No como en el convento, que era coser para no pensar. Ella cosía para vivir.
- En esta tienda no se reza, se mide - nos dijo el primer día, con el cigarro en la boca y el metro colgado del cuello -. El que reza mucho en Triana es porque debe mucho. Ustedes a coser y a callar. Y si viene alguien preguntando, ustedes son mis sobrinas de Olvera que han venido a ayudarme porque estoy enferma de la espalda. ¿Entendido? ¿Zoe y Ana Vidal?
- Sí - dijimos las dos.
Yo ya tenía siete meses. La barriga ya no se podía esconder ni con faja. Lola no me hizo ponerme faja. Me dio un vestido ancho de flores que era de ella de cuando era más joven.
- Ponte esto. Que se vea. En Triana hay muchas viudas con barriga. Nadie pregunta si no quieres contar. En Olvera preguntan hasta lo que no les importa. Aquí en Sevilla la gente tiene más hambre que curiosidad.
Zoe aprendió rápido. Tenía manos para coser, aunque se pinchaba. A los tres días ya hacía dobladillos. A la semana ya atendía a las clientas. Les hablaba bien, les decía "este rojo le queda bien con su piel" y las señoras se reían. Zoe era buena vendiendo porque no parecía una vendedora. Parecía una de ellas que se había cansado.
Yo no podía estar mucho de pie. Lola me ponía en la trastienda, sentada, cortando patrones y deshilando. Lucía se movía todo el tiempo. Sobre todo cuando escuchaba la voz de Zoe. Si Zoe se reía en la tienda, Lucía pateaba. Yo se lo dije un día.
- Te reconoce - le dije a Zoe una noche, mientras las dos estábamos en la cama y ella tenía la mano en mi barriga.
- Claro que me reconoce. Soy su madre también - me contestó. Ya lo decía sin vergüenza. Sin pedir permiso.
Lola nos escuchó una noche. No dijo nada al principio. Solo entró al cuarto, nos miró a las dos en la misma cama con mi barriga de siete meses en medio, y nos dejó un plato con tortilla.
Al día siguiente, mientras yo cortaba una tela azul, me dijo bajito:
- Ana, yo tuve una amiga así. Como ustedes dos. En el 39, después de la guerra. Se llamaba Carmen. Se la llevaron porque decían que era roja y marimacho. Nunca supe más de ella. Así que si ustedes son así, aquí dentro son así. Afuera, son primas. ¿Entendido? Afuera son primas Vidal que cosen mucho. Adentro son lo que quieran ser.
No me llamó puta. No me llamó enferma. Me llamó Ana.
En Triana, en 1957, con Franco todavía vivo y con la Guardia Civil pasando dos veces al día por la calle, eso era más que un milagro.
A finales de agosto me empezó a doler mucho la espalda. Lola me llevó a ver a Doña Rosario, una partera de Triana que no preguntaba papeles. Era una mujer vieja, gitana, con las manos enormes.
Me tocó la barriga y me dijo:
- Esta niña viene en diciembre. Para la Purísima. Y viene grande. Tienes que comer más, niña. Que estás en los huesos y la niña te está comiendo a ti.
Me dio un hierro que sabía a óxido y me dijo que volviera en un mes.
Cuando volvimos a la tienda, Zoe estaba cerrando. Había vendido dos cortes de tela roja para un vestido de flamenca.
- ¿Qué dijo? - me preguntó.
- Que viene en diciembre. Para la Purísima.
- Lucía de diciembre - dijo Zoe, y se le llenaron los ojos de lágrimas -. Lucía de la Purísima.
Esa noche las tres cenamos en la trastienda. Lola había comprado pescao frito con el dinero de la tela roja. Comimos con las manos, las tres alrededor de la mesa chica, con el limonero del patio oliendo a noche.
Yo me toqué la barriga y sentí una patada tan fuerte que la tela del vestido se movió. Lola la vio y se rió por primera vez sin cigarro en la boca.
- Esa niña va a salir bailaora - dijo.
Y Zoe, que estaba a mi lado, se agachó y le dijo a mi barriga:
- No bailes mucho todavía, que tu madre se cansa.
Afuera, en Triana, se escuchaban guitarras en un bar y gente cantando. En Olvera a esa hora ya todo estaba cerrado y rezado.
Aquí no. Aquí había ruido. Y por primera vez, el ruido no me daba miedo.
Me daba ganas de que Lucía naciera ya, para que escuchara ese ruido con nosotras.
Faltaban tres meses. Tres meses para que llegara diciembre y para que yo dejara de ser Ana Vidal la escondida y fuera madre.
Y no sabía que en noviembre iba a venir alguien de Olvera buscándonos. Alguien que no era Sor Inés.