Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 12: Una promesa bajo la lluvia
El domingo amaneció más tranquilo que de costumbre.
Después de la Fiesta de la Tradición, la estancia parecía haberse tomado un respiro. Los caballos descansaban en los corrales, los peones acomodaban las últimas cosas y Marta preparaba unas tortas fritas para acompañar el mate.
Pero Tomás seguía pensativo.
Desde el encuentro con Julián, casi no había hablado.
Valentín lo notó enseguida.
Mientras ayudaba a Don Ramón a acomodar unas bolsas de maíz, no dejaba de mirar de reojo al alfa.
—¿Qué le pasa? —preguntó en voz baja.
Don Ramón suspiró.
—Hay historias que cuesta olvidar, m'hijo.
—¿Tiene que ver con Julián?
El hombre dudó unos segundos.
—Eso tendrá que contártelo Tomás.
Después del almuerzo, Valentín encontró al alfa reparando una montura en el galpón.
Se acercó despacio.
—¿Tenés un minuto?
Tomás levantó la vista.
—Claro.
El omega se sentó sobre un fardo de pasto.
—Desde ayer estás raro.
Tomás dejó las herramientas a un lado.
—Perdón.
—No tenés que pedirme perdón.
Solo... me preocupa verte así.
El alfa sonrió con tristeza.
—No estoy acostumbrado a que alguien se preocupe por mí.
Valentín respondió casi sin pensar.
—Bueno... andá acostumbrándote.
Tomás sintió que el corazón le daba un vuelco.
Permanecieron unos segundos en silencio.
Finalmente, Tomás respiró hondo.
—Julián y yo crecimos juntos.
Valentín escuchaba con atención.
—Nuestros padres eran amigos.
Aprendimos a montar casi al mismo tiempo.
Competíamos en todo.
Carreras, jineteadas... hasta quién hacía el mejor asado.
Valentín sonrió.
—¿Y quién ganaba?
—Depende a quién le preguntes.
Los dos rieron.
Pero la sonrisa de Tomás desapareció enseguida.
—Con los años... él cambió.
—¿Cómo?
—Empezó a pensar que ganar era lo único importante.
Si tenía que pasar por encima de alguien para conseguir algo... lo hacía.
Valentín frunció el ceño.
—¿Y se pelearon?
Tomás asintió lentamente.
—Hace tres años.
Nunca volvimos a ser amigos.
Valentín permaneció callado unos instantes.
—¿Creés que vino por vos?
Tomás negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
El alfa miró hacia la puerta del galpón.
—Creo que vino por la estancia.
Aquellas palabras dejaron helado al omega.
—¿Qué querés decir?
—La estancia de tu abuelo es una de las mejores de la zona.
Muchos quisieron comprarla durante años.
Valentín recordó la conversación con el abogado.
Nunca le había dado demasiada importancia.
Ahora empezaba a entender por qué.
Antes de que pudieran seguir hablando, un fuerte ladrido llamó su atención.
—¡Guau! ¡Guau!
Pampa corría desesperado hacia los corrales.
—¿Qué le pasa? —preguntó Valentín.
Don Ramón apareció corriendo.
—¡Tomás!
—¿Qué pasó?
—Uno de los terneros rompió el alambrado y salió para el monte.
Tomás reaccionó enseguida.
—¡Vamos!
En cuestión de segundos, los tres estaban sobre sus caballos.
Valentín ya montaba con bastante más seguridad.
Aunque todavía le costaban algunos movimientos.
—¿Lo ves? —preguntó Tomás.
El omega señaló hacia unos arbustos.
—¡Ahí!
El pequeño ternero corría asustado.
Pampa ladraba detrás, pero sin acercarse demasiado.
—Buen perro... —murmuró Valentín.
Tomás maniobró con habilidad para rodear al animal.
—¡Cerrale el paso!
—¡Voy!
Valentín tragó saliva.
Respiró hondo.
Y, por primera vez desde que había llegado a la estancia, actuó sin miedo.
Con cuidado, llevó a Moro hacia un costado.
El ternero cambió de dirección.
Justo hacia donde esperaba Tomás.
En pocos minutos lograron llevarlo nuevamente al corral.
Don Ramón sonrió orgulloso.
—¡Eso, porteño!
Nico levantó los brazos.
—¡Cada día sos más gaucho!
Valentín se echó a reír.
—No exageren.
Tomás se acercó montando despacio.
—Lo hiciste muy bien.
Aquellas cuatro palabras hicieron que Valentín sonriera como un chico.
—¿En serio?
—Sí.
No dudaste ni un segundo.
El omega bajó la vista, algo avergonzado.
—Supongo que estoy aprendiendo.
—Muchísimo.
Al caer la tarde, unas nubes oscuras comenzaron a cubrir nuevamente la pampa.
Una lluvia fina empezó a caer.
Valentín y Tomás quedaron bajo el alero de la galería observando el paisaje.
Pampa dormía a sus pies.
—Antes odiaba los días de lluvia —dijo Valentín.
—¿Y ahora?
—Ahora me gustan.
Tomás sonrió.
—¿Por qué?
Valentín miró el campo mojado.
El olor a tierra húmeda.
Los caballos descansando.
La casa iluminada.
Y después giró lentamente hacia Tomás.
—Porque acá siempre encuentro un lugar donde sentirme en casa.
El alfa quedó inmóvil.
Aquellas palabras lo emocionaron más de lo que esperaba.
Sin decir nada, levantó una mano y acomodó con delicadeza un mechón de cabello que el viento había llevado al rostro de Valentín.
Fue un gesto breve.
Suave.
Casi involuntario.
El omega levantó la vista.
Sus ojos volvieron a encontrarse.
Esta vez ninguno apartó la mirada.
La distancia entre ellos era cada vez menor.
Parecía que, por fin, ambos se animarían a dar el primer paso.
Pero, en ese preciso instante, el celular de Valentín comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre que hacía semanas no veía.
"Mamá".
Valentín frunció el ceño y contestó.
—¿Hola?
Del otro lado solo se escuchó una frase:
—Valentín... tenés que volver a Buenos Aires. Es urgente.
El corazón del omega se aceleró.
Algo había ocurrido.
Y, sin saberlo, aquella llamada estaba a punto de cambiar el rumbo de sus vidas.