es de terror, una creepypasta
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El Último Recuerdo
El estruendo de los vidrios rompiéndose retumbó por todo el apartamento.
Miles de fragmentos cayeron sobre el piso.
El viento entró con una fuerza imposible, haciendo que los muebles se desplazaran varios centímetros.
La risa de Azael desapareció tan rápido como había llegado.
El silencio que dejó fue aún más aterrador.
Samuel permanecía inmóvil, sujetando la nota entre sus manos.
Gabriel fue el primero en reaccionar.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Pero antes de que pudieran dar un solo paso, la puerta del apartamento se cerró de golpe.
¡BAM!
Las cerraduras giraron solas.
Una por una.
El aire comenzó a enfriarse.
Tanto que el aliento de ambos se hizo visible.
Entonces ocurrió algo extraño.
La cinta azul que habían encontrado dentro de la caja empezó a moverse.
Nadie la tocaba.
Se deslizó lentamente sobre la mesa hasta caer al suelo.
Después avanzó como si una mano invisible la arrastrara.
Cruzó la sala.
Entró al dormitorio.
Samuel y Gabriel intercambiaron una mirada.
—¿La seguimos? —preguntó Samuel.
Gabriel dudó unos segundos.
Finalmente asintió.
—Creo que quiere mostrarnos algo.
La cinta se detuvo frente al viejo armario donde Samuel había intentado encerrar a la muñeca días atrás.
El armario estaba cerrado.
Samuel abrió las puertas lentamente.
Estaba vacío.
Pero el fondo de madera tenía un detalle que nunca había visto.
Un pequeño símbolo.
Un círculo rodeado por siete líneas.
El mismo símbolo del diario.
El mismo de la tumba.
Samuel pasó la mano sobre el dibujo.
Se escuchó un clic.
El fondo del armario se abrió hacia adentro.
Detrás había un compartimiento oculto.
No era muy profundo.
Solo contenía un objeto.
Un pequeño medallón de plata ennegrecida.
Al abrirlo, Samuel encontró dos retratos diminutos.
En uno aparecía Isabela.
En el otro...
Un joven de cabello oscuro, apenas mayor que ella.
Sonreía con el brazo apoyado sobre sus hombros.
En la parte trasera del medallón había una inscripción.
"Isabela y Tomás. Unidos por siempre."
Samuel sintió un nudo en el pecho.
El hermano.
Elías había dicho la verdad.
En cuanto cerró el medallón, una nueva visión comenzó.
Pero esta vez Samuel no fue arrastrado al pasado.
Todo ocurrió dentro del apartamento.
Las paredes desaparecieron.
Los muebles se desvanecieron.
Y, poco a poco, el lugar se transformó en una antigua casa colonial.
Era de noche.
Las velas iluminaban débilmente una habitación.
Isabela lloraba sentada junto a una ventana.
Tenía el listón azul en el cabello.
Frente a ella estaba Tomás.
Su hermano.
Tenía el rostro golpeado.
Las manos atadas.
Y los ojos llenos de lágrimas.
—Perdóname... —susurró él.
Isabela negó inmediatamente.
—No hiciste nada.
Tomás comenzó a llorar.
—Sí lo hice.
Ella caminó hasta abrazarlo.
—Pase lo que pase...
Siempre serás mi hermano.
Samuel sintió la desesperación de ambos.
Sabían que algo terrible estaba por ocurrir.
Tomás temblaba sin poder mirarla a los ojos.
—Ellos dijeron que si no te llevaba...
Mamá...
Papá...
Todos...
Isabela apoyó una mano sobre su rostro.
—Lo sé.
Hubo un largo silencio.
Finalmente, ella sonrió.
No era una sonrisa de felicidad.
Era una sonrisa de resignación.
—No quiero que vivas odiándote.
Prométeme algo.
Tomás asintió entre lágrimas.
—Nunca olvides quién eres.
Y...
Nunca olvides quién soy yo.
Samuel sintió que aquellas palabras tenían un significado mucho más profundo del que parecían.
La visión cambió.
Ahora estaban en el bosque.
Era el mismo claro que Samuel había visto a través del espejo.
Las antorchas iluminaban el círculo de piedras.
Los miembros del culto rodeaban a Isabela.
Esta vez Samuel pudo ver mejor sus rostros.
Llevaban máscaras de madera talladas con figuras de animales.
Un jaguar.
Un búho.
Una serpiente.
Y un venado.
En el centro del círculo estaba el líder.
No llevaba máscara.
Su rostro permanecía oculto bajo una capucha negra.
Solo se veía su boca.
Sonreía.
Tomás estaba arrodillado a un lado, sujetado por dos hombres.
Gritaba desesperadamente.
—¡Déjenla ir!
El líder levantó una mano.
Todos guardaron silencio.
Entonces habló.
—Isabela de Montoya...
¿Aceptas entregar tu alma para salvar a tu sangre?
Samuel abrió los ojos con sorpresa.
Aquello no era lo que esperaba.
No la estaban obligando.
Le estaban preguntando.
Isabela observó a su hermano.
Después pensó en sus padres.
En su hogar.
En su pueblo.
Y respondió con una voz firme.
—Sí.
Tomás gritó con todas sus fuerzas.
—¡NO!
Pero ya era demasiado tarde.
El líder sonrió.
—Entonces el pacto queda sellado.
Samuel sintió un escalofrío.
¡Eso era imposible!
Los diarios hablaban de un sacrificio.
No de un acuerdo.
¿Habían mentido?
¿O la verdad era mucho más complicada?
De repente, el cielo comenzó a oscurecerse.
Las antorchas se apagaron.
Una sombra gigantesca descendió entre los árboles.
Azael.
Mucho más enorme de lo que Samuel lo había imaginado.
Su voz hizo temblar la tierra.
—Acepto tu alma...
La porcelana comenzó a cubrir el cuerpo de Isabela.
Ella apretó los dientes.
No gritó.
Solo miró por última vez a Tomás.
—Vive.
La porcelana cubrió su rostro.
Su pecho.
Sus piernas.
Hasta que dejó de verse un solo fragmento de piel.
En el lugar donde antes estaba Isabela...
Solo quedó una muñeca de porcelana.
Pequeña.
Inmóvil.
Con los ojos cerrados.
Tomás lanzó un grito desgarrador.
Y entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.
La muñeca abrió los ojos.
No eran dorados.
Eran cafés.
Los mismos ojos que Isabela había tenido toda su vida.
Ella seguía allí.
Seguía consciente.
Seguía viva.
Pero atrapada.
La visión comenzó a romperse.
Antes de desaparecer por completo, Samuel escuchó una última frase.
No provenía de Azael.
Ni del culto.
La dijo el líder encapuchado.
En voz baja.
Como un secreto.
—Ahora solo falta... el segundo sacrificio.
Samuel volvió al presente de golpe.
Cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad.
Gabriel lo ayudó a levantarse.
—¿Qué viste?
Samuel tardó unos segundos en responder.
—Nos mintieron...
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Todos.
Los diarios.
Los guardianes.
Incluso la Iglesia.
Isabela no fue convertida en la muñeca por la fuerza...
Ella aceptó el ritual para salvar a su familia.
Gabriel quedó completamente inmóvil.
—Eso cambia todo...
Samuel asintió lentamente.
Pero había algo que lo inquietaba aún más.
—No.
Hay algo peor.
Gabriel lo miró.
Samuel recordó las últimas palabras del líder.
Su voz tembló.
—El ritual... nunca terminó.
El anciano sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Qué quieres decir?
Samuel levantó lentamente la mirada.
—Que aún falta...
El segundo sacrificio.
En ese instante, el teléfono de Samuel vibró sobre la mesa.
Un mensaje acababa de llegar desde un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Era una imagen reciente.
Tomada esa misma noche.
Mostraba a Samuel y Gabriel dentro del apartamento... vistos desde afuera de la ventana.
Pero eso era imposible.
Las ventanas acababan de romperse y ellos estaban solos.
Debajo de la fotografía había una única frase:
"Ya elegí al segundo."