Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 12
Capítulo 12: El fuego que cambió el clan
Paloma miró la mano de Renato sobre su muñeca.
Durante un segundo, Aitana pensó que iba a apartarlo. No lo hizo. Solo respiró hondo, como si preparara una verdad que llevaba demasiado tiempo escondida.
—Mi padre no hizo la alianza con el Clan Zorro solo por política —dijo Paloma—. Lo hizo porque alguien estaba comprando hembras sin marca en los clanes pequeños.
El aire de la choza se enfrió.
Aitana dejó la taza sobre la mesa.
—¿Cazadores de hembras?
Renato asintió.
—Tratantes. No atacan siempre con violencia. A veces compran deudas. A veces ofrecen grano antes de la temporada de lluvia. A veces convencen a un tutor de que una omega sin valor estará mejor "sirviendo" en otro territorio.
La palabra grano se clavó en Aitana.
Roque.
Leandro lo notó. Su mano cubrió la de ella sobre la manta.
—Mi padre sospechó que algunos zorros tenían información —continuó Paloma—. Renato aceptó el vínculo conmigo para poder moverse entre ambos clanes sin levantar sospechas. Yo acepté porque quería ayudar, pero también porque creí que era la única forma de elegir algo dentro de lo que ya habían elegido por mí.
Aitana sintió que la historia de Paloma cambiaba de forma frente a ella. No era solo una alianza triste. Era una decisión tomada con miedo, rabia y estrategia.
—¿Bruna sabe?
Renato apretó la mandíbula.
—Bruna escucha más de lo que admite.
—No tenemos pruebas contra ella —dijo Paloma—. Pero ayer hizo algo claro: intentó que todos vieran a Aitana como vulnerable, como un problema que debía resolverse rápido.
—Como alguien que podía ser reclamada —murmuró Aitana.
Leandro no dijo nada. Su silencio confirmó lo suficiente.
Abuela Remedios llegó antes de que pudieran seguir. Traía otra bandeja, esta vez con vendas limpias y un frasco oscuro.
—Coman —ordenó—. Las conspiraciones con el estómago vacío salen mal.
Paloma parpadeó.
—¿Usted escucha detrás de las puertas?
—Soy vieja, no sorda.
Renato se puso de pie con respeto.
—Abuela Remedios.
—Siéntate, zorro. También pareces no haber desayunado.
La mañana se convirtió en algo extraño: una reunión improvisada alrededor de tortillas, atole, secretos y advertencias. Abuela Remedios revisó la marca de Aitana, le gruñó a Leandro por dejar que la culpa le tensara los hombros y luego anunció que la nueva Luna Sagrada no podía quedarse escondida todo el día.
—¿Perdón? —dijo Aitana.
—La manada necesita verte caminando.
—La manada me vio bastante anoche.
—Anoche vio un milagro. Hoy necesita ver a una mujer.
No le dieron mucho margen.
Una hora después, Aitana salió de la choza con Leandro a su lado, Paloma y Renato detrás, y Abuela Remedios caminando como si escoltara a un animal difícil. La gente bajaba la cabeza al verla, pero Aitana notó algo incómodo en esos gestos. No todos eran respeto. Algunos eran miedo. Otros cálculo.
Pasaron junto a las cocinas comunales.
Allí, varias hembras intentaban prender brasas con palos húmedos. La carne de la cacería anterior estaba sobre piedras, medio seca, medio cruda. Dos niños discutían por una tortilla dura. Aitana se detuvo sin pensarlo.
—Ese humo está mal —dijo.
Una mujer del Clan Jabalí la miró, sobresaltada.
—¿Luna Sagrada?
Aitana casi dio un paso atrás ante el título.
—Perdón. Quise decir que si ponen la leña húmeda debajo, solo van a llenar todo de humo. La leña seca debe ir primero, con hojas finas. Luego las ramas.
La mujer parpadeó.
Paloma sonrió.
—Déjenla. Cuando Aitana empieza a hablar de cosas útiles, conviene escuchar.
Abuela Remedios entrecerró los ojos.
—¿Y tú de dónde aprendiste eso?
Aitana se quedó quieta.
No lo sabía.
O sí lo sabía, pero no como un recuerdo normal. Desde niña había entendido pequeñas cosas sin que nadie se las enseñara: qué hoja bajaba la fiebre, qué raíz no debía mezclarse con leche, qué tipo de humo mantenía lejos a los insectos. Roque decía que era suerte. Abuela Remedios decía que era observación. Pero desde la marca, esas certezas tenían otro peso.
—No lo sé —admitió—. Solo... tiene sentido.
Leandro la observó.
Aitana se arrodilló junto al fogón antes de pensar si una Luna Sagrada debía arrodillarse frente a una cocina comunal. Separó la leña, pidió hojas secas, acomodó piedras alrededor para cortar el viento y sopló hasta que una llama pequeña nació entre las ramas.
Los niños dejaron de discutir.
La llama creció.
—Ahora pongan la carne más alta —dijo Aitana—. No directamente sobre la llama. Así no se quema afuera mientras queda cruda dentro.
La mujer obedeció. Otros se acercaron. En pocos minutos, el humo dejó de ahogar el patio y el olor de la carne comenzó a cambiar. Ya no era grasa quemada. Era comida.
Un murmullo recorrió a los presentes.
—Eso cocina más parejo —dijo un hombre.
—Y gasta menos leña —añadió Renato, mirando la estructura.
Paloma tomó una tortilla caliente y se la pasó a Aitana.
—Primera orden de la Luna Sagrada: coman sin intoxicarse.
Aitana soltó una risa, pero se apagó al ver a Bruna en el borde de la cocina.
La joven del Clan Zorro observaba la llama con una expresión indescifrable. No parecía furiosa. Eso era lo peor. Parecía estar midiendo algo nuevo.
Mateo también estaba allí.
Aitana lo notó porque el joven del Clan Lince sostenía una canasta de vendas limpias y se había quedado a mitad del camino, mirando el fogón como si no supiera si acercarse. Cuando sus ojos se cruzaron, bajó la cabeza de inmediato.
—Luna Sagrada —saludó.
El título aún le quedaba grande a Aitana.
—Mateo, ¿verdad?
Él levantó la vista, sorprendido de que recordara su nombre.
—Sí.
—Gracias por la infusión de anoche.
El rubor le subió hasta las orejas.
—Abuela Remedios la mandó.
—Pero tú la llevaste.
Leandro, a su lado, se quedó demasiado quieto. Aitana lo sintió antes de mirarlo. No era enojo abierto. Era esa vigilancia suya, aguda, casi animal, como si no supiera todavía dónde colocar a Mateo dentro del mapa de amenazas.
Mateo también lo sintió. Dio un paso atrás.
—Solo venía a traer vendas.
—Déjalas aquí —dijo Abuela Remedios, seca—. Y deja de parecer conejo frente a serpiente. Eres lince.
Paloma se cubrió la boca para no reír.
Mateo obedeció, dejó la canasta y se fue con la cabeza baja. Aitana lo siguió con la mirada un segundo. Había algo triste en sus hombros, algo familiar. No desprecio recibido a golpes, como ella. Más bien abandono silencioso.
—Es buen muchacho —dijo Abuela Remedios, como si leyera sus pensamientos—. Demasiado bueno para esta manada.
Leandro no comentó nada.
—Qué práctico —dijo Bruna—. No sabía que las marcas sagradas también enseñaban a acomodar leña.
El patio esperó.
Aitana sostuvo la tortilla entre las manos.
—No todo lo útil cae del cielo. Algunas cosas se aprenden mirando lo que otros ignoran.
Paloma casi se atragantó de orgullo.
Bruna sonrió.
—Entonces tendrás mucho que enseñarnos.
—Si quieren aprender.
—Claro. Aunque espero que la Luna Sagrada no olvide que una manada no se gobierna como una cocina.
La frase era suave. La amenaza no.
Abuela Remedios se acercó a la fogata. Miró la carne cocinándose con atención, luego la estructura de piedras, luego a Aitana.
La carne terminó antes de que la conversación pudiera pudrirse. Don Romualdo, llamado por uno de los cocineros, probó un trozo con cautela. Sus cejas subieron apenas.
—Está tierna.
—Y no está cruda por dentro —dijo Paloma—. Eso también ayuda a no morir.
Un par de mujeres rieron. No mucho. Solo lo suficiente para que el patio respirara.
Aitana señaló las piedras alrededor de la lumbre.
—Si hacen varios fogones pequeños en vez de uno enorme, pueden cocinar más rápido y con menos humo. Y si separan la carne por grosor, no tendrán que quemar unas piezas esperando que otras terminen.
Renato, que ya tenía una tablilla encerada en la mano, anotó con rapidez.
—Eso también permite alimentar primero a niños y ancianos.
Don Romualdo miró a Aitana de otra forma. No como a una aparición. Como a alguien útil en el sentido más concreto.
Ese reconocimiento le dio más miedo que los títulos.
Por primera vez, no parecía solo desconfiada.
Parecía recordar.
La llama saltó, iluminándole las arrugas.
—Hace muchos años —murmuró—, escuché una profecía sobre una hembra que no solo recibiría luz de la Luna, sino que traería fuego a los que vivían como animales.
Aitana sintió que todos la miraban otra vez.
—¿Una profecía? —preguntó.
Abuela Remedios no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la llama.
—Una que esperaba no vivir para ver.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos