Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 12: Una mañana demasiado larga
Después de salir del taller, Alexander acompañó a Marcos a resolver varios asuntos pendientes.
Nada emocionante.
Solo esa clase de obligaciones capaces de convertir una mañana en algo interminable.
Mientras caminaban hacia el coche por una de las avenidas principales de Madrid, un niño lo reconoció.
Luego apareció otro.
Y después varios más.
En menos de un minuto estaba rodeado por una pequeña multitud.
—¡Es Alexander!
—¡Mamá, es él!
—¿Podemos tomarnos una foto?
Alexander los observó en silencio.
Seguía cansado. La resaca aún golpeaba detrás de sus ojos y todavía no entendía por qué había decidido abandonar una cama perfectamente cómoda.
Pero tampoco era un monstruo.
Terminó firmando cuadernos, camisetas, una gorra e incluso una servilleta que algún niño había sacado de quién sabe dónde.
Después llegaron las fotografías.
Primero con los pequeños.
Luego con los padres.
Y después con otros curiosos que habían decidido aprovechar la oportunidad.
Cuando finalmente logró subir al vehículo, Marcos parecía haber envejecido varios años.
—Tu fama es agotadora.
—Mi fama paga tu salario.
—Y cada día me arrepiento más de aceptarlo.
Alexander sonrió.
No mucho después recibió una llamada del diseñador encargado de los nuevos uniformes.
Veinte minutos completos hablando de colores, telas y costuras.
Detalles que a Alexander le parecían absurdamente irrelevantes.
—¿La línea dorada debería ser más gruesa o más delgada?
—No tengo idea.
—Pero es importante para la identidad visual.
—Entonces decide tú.
—Necesito tu aprobación.
Alexander cerró los ojos.
—Aprobado.
—¿Sin verlo?
—Aprobado.
Marcos se cubrió el rostro con una mano.
La siguiente llamada fue aún peor.
Un patrocinador que tenía el extraño talento de hablar durante diez minutos para expresar una idea que podía resumirse en una sola frase.
Alexander sostuvo el teléfono lejos de la oreja.
—¿Sigue hablando? —preguntó Marcos.
—Sí.
—Impresionante.
—Lleva ocho minutos.
—Pensé que se había quedado sin aire.
A las diez veinte llegaron finalmente a la editorial.
Alexander observó el edificio de cristal mientras descendía del coche.
Las nubes grises cubrían el cielo de Madrid y el pavimento todavía brillaba por la lluvia de la madrugada. Los ventanales reflejaban los edificios cercanos como enormes espejos.
Todo el lugar parecía demasiado pulcro.
Demasiado artificial.
—Sigo pensando que esto pudo resolverse con una llamada.
Marcos acomodó la tableta bajo el brazo.
—Y yo sigo pensando que si dejaras de aparecer en revistas acompañado de mujeres distintas cada semana, mi trabajo sería mucho más sencillo.
Alexander soltó una breve carcajada.
—Eso suena a problema tuyo.
—Lo es.
Comenzaron a caminar hacia la entrada.
La editorial ni siquiera tenía una relación laboral directa con él. Sin embargo, alguien había decidido publicar una entrevista completamente inventada, acompañada de fotografías cuidadosamente seleccionadas para alimentar rumores.
El resultado había sido un desastre.
Patrocinadores haciendo preguntas y Socios exigiendo explicaciones.
Rumores multiplicándose por internet como una epidemia.
Y ahora estaba allí para escuchar excusas.
O para matar al responsable.
Todavía no sabía qué opción prefería.
Las puertas automáticas se abrieron frente a ellos. Al cruzarlas, el ruido de la ciudad quedó atrás.
Empleados iban y venían cargando carpetas. Visitantes aguardaban en sillones modernos.
El aroma a café recién hecho flotaba por todo el vestíbulo.
Una joven recepcionista levantó la vista.
Y se quedó completamente inmóvil.
Sus dedos dejaron de moverse sobre el teclado. Sus ojos se abrieron más de la cuenta y sus labios quedaron entreabiertos.
Alexander ni siquiera pareció notarlo.
—Buenos días.
Volvió inmediatamente la atención a su teléfono.
Como si aquella reacción fuera algo habitual.
Marcos le dio un discreto pisotón.
Alexander apenas reaccionó.
—Buenos días —intervino Marcos con una sonrisa profesional—. Tenemos una junta a las diez treinta. A nombre del señor Amati.
La joven parpadeó varias veces.
Abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Ninguna palabra salió de ella.
Entonces una voz firme resonó desde otro escritorio.
—¡Olga!
Una mujer mayor levantó la cabeza con expresión severa.
—¡Deja de quedarte mirando y haz tu trabajo!
La muchacha dio un pequeño salto.
—¡Y-yo...!
—¡Ve a avisarle al encargado que el señor Amati ya llegó!
El rostro de Olga se puso rojo hasta las orejas.
—¡Sí, señora!
Tomó unos documentos y prácticamente salió corriendo hacia los elevadores.
Marcos observó cómo desaparecía por el pasillo.
Mientras que Alexander se apartó unos metros del mostrador, ajeno al revuelo que había provocado su llegada.
Marcos encontró a unos metros a Alexander de pie, con una mano hundida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo el teléfono, quien recorría la pantalla con el pulgar como si estuviera completamente solo. Su expresión era la misma de siempre: tranquila, distante, con esa calma irritante que parecía inmune al caos que provocaba a su alrededor.
Marcos, en cambio, estaba a un paso de perder la paciencia.
El rubio se acercó con el ceño fruncido y señaló a Alexander con un dedo acusador, sin molestarse en bajar la voz.
—¿Podrías dejar el maldito teléfono durante cinco minutos?
Alexander ni siquiera levantó la vista.
—Estoy ocupado.
—¿Ocupado? Acabas de paralizar a media recepción.
Alexander deslizó el dedo una vez más sobre la pantalla antes de responder.
—No fue intencional.
Marcos soltó una risa seca, incrédula.
—Claro. Igual que no fue intencional que esa pobre recepcionista olvidara hasta cómo respirar.
Alexander guardó silencio, como si la conversación no mereciera mayor esfuerzo. El brillo del móvil iluminó fugazmente sus ojos avellana mientras terminaba de leer un mensaje.
Marcos exhaló con resignación y se llevó una mano a la cintura.
—A veces me pregunto si eres consciente del efecto que causas.
Esta vez Alexander levantó apenas la mirada.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en la comisura de sus labios.
—No.
Aquella respuesta, pronunciada con absoluta naturalidad, hizo que Marcos cerrara los ojos durante un segundo, conteniendo las ganas de replicar.
Apenas llevaban unos minutos dentro del edificio...
Y la reunión todavía ni siquiera había comenzado.