Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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Capitulo 12
La luz del amanecer se filtraba a través de los grandes ventanales del estudio, tiñendo todo de tonos dorados y suaves. Guillermo despertó primero, y al mirar a su lado, encontró a Sandra durmiendo plácidamente, con una expresión tranquila que hacía tiempo no veía. Por un instante, todo pareció perfecto. Pero la realidad regresó como un golpe frío, llenando su pecho de una culpa que le costaba respirar.
Recordó cada momento de la noche anterior: los besos, las caricias, las palabras que se habían dicho en la intimidad. No se arrepentía de haberla tenido entre sus brazos, porque era lo que su corazón había deseado durante siete años. Pero sí se arrepentía de la situación en la que la había puesto, y en la que él mismo estaba metido.
Su mente comenzó a dar vueltas, repasando todo lo que tenía por delante. El compromiso con Zaira, la boda planeada para el próximo año, los acuerdos comerciales que unían a sus familias, la promesa que le había hecho a su padre de cumplir con sus obligaciones. Todo eso pesaba sobre él como una losa, haciendo que se sintiera como un prisionero en su propia vida.
¿Qué he hecho?, se preguntó a sí mismo, pasándose una mano por el cabello, nervioso. He vuelto a entrar en su vida solo para volver a hacerle daño.
Sandra comenzó a moverse, despertando poco a poco. Al abrir los ojos y verlo mirándola, le dedicó una sonrisa tímida pero llena de ternura, una sonrisa que le partió el alma a Guillermo.
—Buenos días —le dijo ella, estirándose con suavidad—. Anoche fue... increíble.
Guillermo intentó sonreír, pero le salió una mueca llena de dolor.
—Sandra... yo... —empezó a decir, sin saber cómo explicar lo que sentía.
Ella notó inmediatamente el cambio en su expresión. La alegría de despertar a su lado se transformó en preocupación.
—¿Qué pasa, Guillermo? ¿Te arrepientes?
—¡No! —respondió él rápidamente, tomando sus manos entre las suyas—. Nunca me arrepentiría de lo que pasó. Te amo, Sandra. Eso nunca ha cambiado. Pero...
Se detuvo, mirando hacia otro lado, incapaz de sostener su mirada. El conflicto en su interior era insoportable. Por un lado, estaba el amor de su vida, la mujer con la que soñaba despertar cada mañana, construir un hogar y envejecer juntos. Por otro, estaba todo lo que había construido, o más bien, todo lo que le habían obligado a construir: una vida de éxito y estabilidad, sí, pero vacía de sentimientos, ligada a una mujer a la que no amaba y que solo representaba para él una obligación.
—Pero ¿qué? —insistió ella, retirando sus manos con suavidad—. Dime la verdad.
—Estoy comprometido, Sandra —confesó finalmente, y sus palabras sonaron como un martillazo en el silencio de la habitación—. Me voy a casar con Zaira. Tengo obligaciones, acuerdos que no puedo romper fácilmente. Mi empresa, el nombre de mi familia... todo depende de ello.
Sandra se quedó en silencio, sintiendo cómo el calor de la noche anterior se convertía en un frío que le recorría todo el cuerpo.
—¿Entonces anoche qué fue? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¿Un desahogo? ¿Un recuerdo?
—¡No, por favor, no lo veas así! —exclamó Guillermo, desesperado—. Fue amor, fue todo lo que llevo sintiendo todos estos años. Pero estoy atrapado, Sandra. Atrapado entre lo que quiero y lo que me han obligado a ser. No sé cómo salir de esto sin que todo se derrumbe. Y lo que más me duele es saber que, mientras yo intento resolver esto, tú estás en medio, sufriendo por mi culpa.
Se levantó del sofá y caminó de un lado a otro, visiblemente confundido y angustiado. La culpa le consumía. Sabía que no podía seguir viviendo una doble vida, pero tampoco encontraba la forma de liberarse de las cadenas que lo ataban. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía impotente, incapaz de tomar la decisión correcta sin causar daño a alguien.
—Lo único que sé —dijo, deteniéndose frente a ella con los ojos llenos de lágrimas contenidas— es que no quiero volver a perderte. Pero no sé cómo protegerte y cumplir con mis obligaciones al mismo tiempo. Estoy perdido, Sandra. Completamente perdido.
Sandra lo miraba, sintiendo cómo la felicidad de la noche anterior se desvanecía poco a poco. Sabía que él decía la verdad, que estaba atrapado, pero eso no hacía menos dolorosa la realidad. Guillermo se acercó de nuevo, tomando su rostro entre sus manos con una ternura que le partía el corazón.
—Prometo que encontraré la forma —susurró él—. Cueste lo que cueste, voy a resolver esto. Solo dame tiempo.
Pero mientras lo decía, en el fondo de su alma, Guillermo no estaba seguro de poder cumplir esa promesa. Las cadenas que lo ataban eran más fuertes de lo que parecían, y el remordimiento le pesaba cada vez más, sabiendo que había arrastrado a Sandra de nuevo a su caos.