La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12: LA MÁSCARA DEL MICELIO
El aire en la estación de bombeo se había vuelto rancio, cargado con el olor a ozono de los filtros de aire que empezaban a fallar y el aroma metálico del armamento que Jake aceitaba compulsivamente.
Elías Vane estaba sentado en el borde de su catre, apretando los dientes mientras realizaba ejercicios de movilidad controlada. Cada rotación del hombro era un recordatorio eléctrico de sus costillas fracturadas, pero el dolor era una vieja amistad que lo mantenía anclado a la realidad. No confiaba en la calma.
En San Francisco, la calma era solo el preludio de una mutación más agresiva.
—Jake, descansa
—ordenó Elías sin mirarlo
— Has desmontado ese fusil tres veces en una hora. Si sigues así, desgastarás el fiador antes de que lleguemos al Punto Cero.
Jake no respondió de inmediato. Sus manos, ahora más ásperas y marcadas por el trabajo en la superficie con Elena, se detuvieron.
—El silencio me pone nervioso, Comandante. Allá fuera, Elena dice que cuando la ciudad deja de "respirar", es porque la Red está concentrando su energía en un solo punto.
—Elena dice muchas cosas
—respondió Elías, logrando ponerse en pie con un quejido seco
—Pero tiene razón en algo. Estamos en el radar. El impostor del puente sabe que no morimos. Solo está esperando a que bajemos la guardia.
La puerta de la esclusa interna se abrió con un chirrido neumático. Elena entró con una bolsa de suministros, su rostro cubierto de hollín y una expresión de agotamiento que Jake no le había visto antes.
—He tenido que rodear por el muelle
—dijo ella, dejando la bolsa sobre la mesa metálica
—Los Silenciosos están patrullando en círculos. Es como si estuvieran buscando un rastro que ya no existe.
Jake se acercó a ella, ofreciéndole una cantimplora con agua filtrada. Elena le dedicó una sonrisa cansada, un gesto que Elías observó desde la penumbra con una mezcla de sospecha y resignación. Había algo en la química de esos dos que le recordaba a la forma en que él miraba a Alexia cuando eran más jóvenes: una mezcla de necesidad táctica y una esperanza peligrosa.
—Descansa, Elena
—dijo Jake suavemente
—Yo me encargaré de la guardia del primer túnel.
La noche transcurrió en una tensa penumbra. Hacia las tres de la mañana, un sonido sutil, un roce de tela contra el hormigón, despertó a Elías. No era el paso firme de Jake ni el andar felino de Elena. Era algo rítmico, casi una imitación del movimiento humano, pero con una cadencia ligeramente equivocada.
Elías deslizó su mano hacia la pistola de 9mm bajo su almohada. Se incorporó sin hacer ruido, ignorando el fuego en su costado. A través de la luz LED mortecina, vio una figura moviéndose hacia la zona de descanso de Jake. Era Elena. O al menos, llevaba su ropa y tenía su silueta.
—¿Elena?
—susurró Elías, manteniendo el arma oculta.
La figura se detuvo en seco. Giró la cabeza con un movimiento lento, casi coreografiado. Bajo la luz tenue, su rostro era idéntico al de la muchacha: la misma cicatriz en la nariz, los mismos ojos oscuros. Pero cuando habló, la voz no tenía el filo de Elena; era una frecuencia plana, una réplica perfecta pero vacía.
—Jake necesita descansar, Comandante
—dijo la figura
—Yo vigilaré.
Elías sintió que el vello de su nuca se erizaba.
—Jake está en el túnel norte, "Elena". Tú deberías estar durmiendo en el catre de la izquierda.
La criatura cometió el error. En lugar de reaccionar con sorpresa, su rostro sufrió una micro-convulsión. La piel se onduló como si algo se moviera debajo de ella, y por un microsegundo, el ojo izquierdo se hundió en la cuenca antes de recuperar su posición. Era un Ladrón de Rostros, una mutación de Fase 5 capaz de procesar el ADN superficial para imitar formas, pero incapaz de replicar la lógica de la memoria humana.
—Tú no eres ella
—sentenció Elías, sacando el arma.
En ese momento, la verdadera Elena entró por la escotilla contraria, con el arco en la mano. Se detuvo en seco al verse a sí misma parada frente a Elías.
—¡Vane! ¡Apártate de ella!
—gritó la auténtica Elena.
El Ladrón de Rostros, al verse descubierto, emitió un chillido sónico que hizo vibrar los metales del búnker. Su cuerpo empezó a deformarse con una violencia gráfica: de sus costados brotaron extremidades adicionales hechas de hueso y cartílago, y su mandíbula se partió en cuatro direcciones, revelando hileras de dientes de hongo endurecido.
—¡Jake! ¡A las armas!
—rugió Elías, abriendo fuego.
Los disparos iluminaron la estancia con fogonazos rítmicos. Las balas impactaban en la biomasa del impostor, pero el Ladrón de Rostros era una masa de regeneración constante. Se lanzó sobre Elías con una velocidad aterradora. A pesar de sus costillas rotas, Elías rodó por el suelo, usando su entrenamiento de élite para esquivar el zarpazo que habría decapitado a un hombre común.
Jake apareció desde el túnel, con el fusil en posición de asalto. Se quedó paralizado un segundo ante la carnicería: Elena disparando flechas y Elías luchando en el suelo con una aberración que aún conservaba jirones del rostro de la chica que empezaba a amar.
—¡Dispara, Jake! ¡No es ella!
—gritó Elías mientras pateaba a la criatura para alejarla.
Jake reaccionó. Su entrenamiento con Elías y su experiencia reciente en las calles se fusionaron. No dudó. El tableteo del fusil de percusión mecánica llenó el búnker. Las balas destrozaron las extremidades adicionales del Ladrón, esparciendo una lluvia de savia negra y tejido mutante por las paredes. Elena aprovechó la apertura para clavar una flecha en el centro del nexo neuronal del monstruo, provocando que la criatura estallara en una nube de esporas ácidas.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del ácido corroyendo el hormigón. Elías permanecía en el suelo, jadeando, con la mano apretando su costado. Jake se acercó a Elena, mirándola con una desconfianza que le dolía en el pecho.
—¿Cómo sabemos que eres tú?
—preguntó Jake, con el fusil aún levantado.
Elena se bajó la máscara, revelando un rostro manchado de sangre negra y ojos llenos de una rabia genuina.
—Porque si fuera esa cosa, Jake, ya te habría contado lo que sentí cuando me besaste en el túnel. El hongo no puede imitar la vergüenza, solo la biología.
Jake bajó el arma, sintiendo un nudo en la garganta. Elías se incorporó con ayuda de una mesa, mirando los restos del infiltrado.
—Han encontrado una forma de entrar. Ya no estamos seguros aquí abajo.
El impostor está usando nuestra propia identidad como arma.
Elías miró a Jake y luego a Elena. Sabía que la paranoia era el primer paso hacia la derrota, pero también era la única forma de sobrevivir en San Francisco.
—Mañana nos movemos. No importa si mis costillas aguantan o no. Prefiero morir caminando hacia el laboratorio que ser devorado en este agujero por algo que lleva la cara de mis amigos.
Jake asintió, pero su mirada se desvió hacia Elena. La semilla de la duda estaba plantada. Si la Red podía imitar sus rostros, ¿qué más podía imitar? ¿Sus sentimientos? ¿Su lealtad? Mientras Elías recargaba su pistola, Jake sintió que la oscuridad de San Francisco no estaba solo fuera de los muros, sino que ya se había filtrado en el aire que respiraban.