Valeria, una exitosa empresaria, se aleja de todo para descansar y encuentra a un hombre herido sin memoria. Al cuidarlo, surge un amor profundo entre ellos. Pero cuando él recupera su identidad, regresa con su esposa e hijo y descubre una traición peligrosa: su esposa solo lo quiere por dinero y planeó matarlo. Ahora debe elegir entre su pasado o el amor verdadero.
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El silencio que eligió
Valeria Ríos apagó su teléfono por primera vez en años.
No fue un gesto impulsivo, sino una decisión cuidadosamente pensada. Durante meses había sentido cómo el ruido de su propia vida la consumía: reuniones interminables, cifras millonarias, contratos que definían destinos… pero ninguno de esos logros lograba llenar el vacío que crecía en su interior.
Era exitosa. Admirada. Intocable.
Y profundamente agotada.
Por eso, sin avisar a casi nadie, tomó un avión privado y desapareció. Su destino: una cabaña minimalista en medio de las montañas, un lugar rodeado de naturaleza, donde el internet apenas existía y el silencio no era incómodo, sino necesario.
El aire frío la recibió como un abrazo honesto.
Valeria caminó por la madera crujiente del lugar, observando cada rincón: grandes ventanales, una chimenea moderna, muebles sencillos pero elegantes. Todo estaba diseñado para lo esencial. Justo lo que ella necesitaba.
Esa primera noche no durmió.
No por estrés… sino porque no sabía cómo hacerlo sin el peso de sus pensamientos. Se sentó frente al ventanal, viendo la oscuridad del bosque, escuchando el viento. Por primera vez, no tenía que resolver nada.
Y eso la descolocaba.
Al amanecer, decidió salir a caminar.
El sendero era húmedo, cubierto de hojas y rodeado de árboles altos que apenas dejaban pasar la luz. Cada paso parecía desconectarla más de su antigua vida. Respiró profundo. Una, dos, tres veces.
Se sentía… ligera.
Pero entonces lo vio.
Al principio pensó que era una sombra, un tronco caído o algún animal. Pero algo en la forma la hizo acercarse con cautela.
Era un hombre.
Estaba tirado en el suelo, parcialmente cubierto por barro y hojas. Su ropa estaba rota, tenía sangre seca en la frente y un golpe visible en el costado. Su respiración era débil, pero constante.
Valeria se congeló.
No era una situación que pudiera delegar. No había asistentes, ni seguridad, ni médicos a su alcance. Solo ella.
Y él.
—¿Me escucha? —preguntó, arrodillándose a su lado.
No hubo respuesta.
Miró a su alrededor, como si alguien más pudiera aparecer, pero el bosque seguía tan silencioso como antes. Tomó aire, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba.
Podía irse.
Podía fingir que no lo vio.
Pero no lo hizo.
Con esfuerzo, logró levantarlo. Era más pesado de lo que esperaba, pero la adrenalina la empujó. Lo cargó como pudo, apoyándolo en su hombro, y comenzó el regreso a la cabaña.
Cada paso fue una decisión.
Cuando finalmente llegó, lo recostó en el sofá y comenzó a actuar. Limpió sus heridas, improvisó vendajes, revisó su respiración. No era médica, pero sabía lo suficiente para mantenerlo estable.
Pasaron horas.
El hombre no despertaba.
Valeria lo observó en silencio, sentada frente a él. Había algo en su rostro, incluso herido, que transmitía calma. Algo inexplicable.
Algo peligroso.
Porque en ese instante, sin saber quién era, ni de dónde venía… Valeria sintió que su vida estaba a punto de cambiar.
Y no había vuelta atrás.Y no había vuelta atrás.
Nada volvería a ser igual.Destino