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Una Duquesa Para El Márquez

Una Duquesa Para El Márquez

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Reencuentro
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Galli

La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.

NovelToon tiene autorización de Luisa Galli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Invierno Viste de Plata

El Baile de Invierno no era simplemente un evento social; era una declaración de poder. Desde el alba, el estruendo de los preparativos había resonado por los pasillos: tapices azul medianoche, bordados con intrincadas constelaciones de plata, cubrían las paredes de piedra, mientras las columnas de mármol de Carrara devolvían cada destello de las mil estrellas con una reverberación casi mística.

A lo largo del Gran Salón, las mesas circulares exhibían manteles de lino blanco adornados con plumas de cisne. Los centros de mesa eran bodegones invernales: rosas azules de invernadero, ramas bañadas en plata, lirios níveos y bayas de nieve que parecían perlas naturales. En el extremo norte, la orquesta real afinaba sus instrumentos; el eco de los violines y el rugido sordo de los trombones preludiaban el vals inaugural, una melodía destinada a ser inmortalizada en las crónicas del reino.

Sin embargo, ni la opulencia de las telas ni el brillo de la aristocracia podían competir con la figura que aguardaba en las sombras de la planta superior.

Eleonora.

Cuando el reloj de bronce marcó las siete, la duquesa emergió en la cima de la escalinata principal. Su presencia cortó el aliento de los asistentes. Vestía una pieza de seda azul profundo con reflejos tornasolados que, al caminar, simulaba el movimiento del agua bajo la luna. El corsé, ceñido con precisión, realzaba una siluetas que combinaba la fragilidad de la juventud con la firmeza del mando. Sobre su pecho descansaba una gargantilla de diamantes, un legado de su madre que brillaba como fuego frío. Su cabello, recogido en un moño entrelazado con perlas, dejaba al descubierto la serenidad de su rostro, aunque bajo la seda, su corazón latía con un temblor.

A medida que descendía, la marea de invitados se abría en reverencias sincronizadas. Eleonora respondía con la sutileza de una reina en ciernes, pero su mirada, astuta y periférica, buscaba un punto fijo. Lo encontró junto a una columna de mármol: Frederick.

Vestido con un traje negro de corte impecable y solapas ribeteadas en plata, él parecía una sombra elegante en medio del estallido de color. Sus ojos, oscuros y penetrantes, la recorrieron con una intensidad que Eleonora sintió como una caricia física, que la hizo desviar la vista para no perder la compostura.

El murmullo de la estancia murió cuando la Reina avanzó hacia el estrado. Con un gesto de autoridad, exigió el silencio absoluto.

—Damas y caballeros —proclamó la soberana—. Celebramos el solsticio, pero sobre todo, celebramos la justicia. Hoy designamos formalmente a la duquesa Eleonora de Wynthorne como heredera legítima del ducado de Langford.

Un aplauso atronador sacudió las vidrieras. Eleonora avanzó con paso firme. La Reina sostuvo un pergamino sellado con cera roja, donde el león alado y las espadas cruzadas daban fe de la legalidad del acto.

—Eleonora —dijo la Reina con una calidez inusual—, el reino reconoce tu sacrificio y tu inquebrantable lealtad. Desde este instante, las tierras, la gente y el honor de Langford te pertenecen.

La soberana colocó sobre los hombros de Eleonora una capa de terciopelo azul y plata. El peso de la tela era el peso de una responsabilidad milenaria.

—Arrodíllate.

Eleonora descendió a la alfombra. El acero de la espada ceremonial rozó sus hombros en el rito de pasaje.

—Levántate, Eleonora de Wynthorne, Duquesa Heredera de Langford. El reino te reconoce.

Al ponerse en pie, la emoción amenazó con romper su máscara de mármol. Buscó refugio visual en su padre y en su tío, cuyos rostros reflejaban un orgullo antiguo. Pero, inevitablemente, sus ojos regresaron a Frederick. Él la miraba como quien contempla el nacimiento de una constelación.

El vals inaugural comenzó, y con él, el desfile de pretendientes y diplomáticos. Eleonora cumplió con su ahora nuevo deber. Sin embargo, su atención seguía anclada en el hombre del traje negro que no se movía de su posición, sosteniendo un vaso de whisky con una fuerza que amenazaba con estallar el cristal.

William se deslizó al lado de Frederick, con una sonrisa burlona.

—Deberías soltar ese vaso antes de que se convierta en arena —murmuró su amigo.

—Ese conde extranjero tiene las manos demasiado inquietas —gruñó Frederick, sin apartar la vista de la pista.

—Es protocolo, Frederick. Se llama bailar.

—Está demasiado cerca. Y ella está sonriendo demasiado.

—Los humanos suelen sonreír en las fiestas. No es un síntoma de traición —sentenció William, divertido por el evidente tormento del marqués.

Incluso la Reina, al pasar, no pudo evitar lanzar un dardo al orgullo de Frederick: "No seas tan evidente, lord Ashford".

Eleonora, cansada de la pantomima, tomó la iniciativa. Cruzó el salón con la determinación de una cazadora y se plantó frente a Frederick.

—Lord Ashford, ¿se ha convertido en una estatua decorativa o planea bailar esta noche?

—No era mi intención participar —respondió él, su voz era un murmullo profundo.

—Qué lástima. Creí que un hombre de su reputación no temería a una pista de baile. ¿O es que prefiere observar a "nadie en particular"?

Sin esperar respuesta, Eleonora lo tomó del brazo. El contacto eléctrico hizo que Frederick se tensara, pero la siguió. En el centro del salón, la música se volvió más lenta, más íntima. Él colocó su mano en la cintura de ella; ella descansó la suya en su hombro, sintiendo el calor del hombre bajo la tela fina.

—¿Estás celoso, Frederick? —susurró ella mientras giraban.

—No.

—Mientes. Te vi mirar al conde como si quisieras ejecutarlo.

Frederick apretó levemente el agarre, acercándola más de lo que el protocolo permitía. Sus ojos se encontraron, y por un instante, la opulencia del palacio desapareció. Solo quedaron ellos dos, moviéndose en una órbita privada.

—No me gustan los hombres que me mienten —continuó Eleonora, su voz apenas un soplo contra su oído—. Y deberías saber que el único hombre que realmente me interesa... está bailando conmigo en este momento.

El efecto fue instantáneo. La rigidez de Frederick se desmoronó, reemplazada por una sonrisa lenta y peligrosa que iluminó su rostro. No hubo necesidad de palabras.

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inuyasha/ Tomoe🦊
me jode tanto lo q ella hace, elije eso y no lucha no va entra de nada, simplemente deja q todos decidan pro ella es molesto. ni siquiera lucha por su felicidad
Ada Rodriguez
me gusta
Laura Aguado
Está muy interesante ❤️❤️❤️
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