El miedo….. cualquier persona lo tiene Dicen que los niños son más miedosos pero es eso verdad? O solo lo usan de excusa para no aceptar los miedos de los adultos , fantasmas, zombis o cualquier género que se vea un viernes por la noche con comida ¿Dirías tus miedos?…. Tal vez los ruidos de tu casa sean reales…
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Lo que no se puede romper
La puerta se cerró detrás de nosotras con un sonido seco.
Demasiado fuerte.
Como si marcara un punto sin vuelta atrás.
El interior de la casa era oscuro, pero no por falta de luz… sino por abandono. Cortinas gruesas, muebles viejos, olor a humedad y algo más.
Algo que no supe nombrar.
—Pasen —dijo Tomás Glockara, caminando despacio hacia una mesa llena de papeles.
Sus movimientos eran lentos. No por edad… por cansancio.
Como si llevara años sin descansar.
Nos quedamos cerca de la puerta.
Ninguna se sentó.
—Cierren bien —agregó sin mirarnos.
Sofía obedeció.
Yo no podía dejar de mirar el lugar.
Las paredes.
Los dibujos.
Había dibujos pegados.
Muchos.
Infantiles.
Todos distintos.
Pero todos… iguales.
Sombras altas.
Ojos marcados.
Figuras detrás de niños.
Sentí un nudo en la garganta.
Tomás suspiró y se sentó frente a nosotras.
—Entonces escuchen bien —agregó—. Porque lo que les voy a contar… no se dice en este pueblo.
El aire se volvió más pesado.
—Esto no empezó con ustedes —continuó—. Ni conmigo. Ni siquiera con sus padres.
Levantó la vista.
—Esto empezó cuando el pueblo todavía no era un pueblo.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Antes de que hubiera casas, calles, escuela… —dijo—, esto era monte. Cerrado. Espeso. Y había algo ahí.
Sofía se inclinó apenas.
—¿Algo qué?
Tomás negó lentamente.
—No hay una palabra exacta. Los primeros registros… hablan de “presencias indígenas”
Se levantó y caminó hacia una repisa. Sacó un cuaderno viejo, más antiguo que el resto.
Lo abrió con cuidado.
—Los primeros pobladores… no construyeron acá por casualidad —explicó—. Llegaron siguiendo rumores. Historias. Algunos buscaban tierra… otros, respuestas.
—¿Respuestas a qué? —pregunté.
Tomás pasó una página.
—A lo que sus hijos veían.
Silencio.
—Desde el principio —continuó—, los niños fueron los primeros en notar que no estaban solos.
Sentí un escalofrío.
—Siempre fueron los niños —agregó.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
Tomás la miró.
—Porque no dudan.
Se inclinó hacia adelante.
—Un adulto necesita pruebas. Lógica. Explicación. Un niño… solo necesita ver.
Silencio.
—Y cuando ven… aceptan.
Tragué saliva.
—¿Y qué veían?
Tomás cerró el cuaderno.
—Compañía.
La palabra cayó pesada.
—Figuras —continuó—. Sombras. Formas que no eran del todo visibles… pero tampoco invisibles.
—Como ellos… —murmuré.
Asintió.
—Al principio, los adultos pensaron lo mismo que ahora —dijo—. Amigos imaginarios. Etapas. Fantasía.
Hizo una pausa.
—Hasta que empezaron a notar patrones.
El silencio se tensó.
—Los niños no inventaban cosas distintas —explicó—. Describían lo mismo.
—Ojos… —susurré.
—Que miran —completó él.
Sofía apretó las manos.
—¿Y después?
Tomás se levantó otra vez.
Esta vez caminó hacia la ventana.
—Después… los niños empezaron a cambiar.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cómo?
—Menos presentes —dijo—. Más aislados. Pasaban horas “jugando” en el bosque… hablando solos… respondiendo a algo que nadie más veía.
Silencio.
—Y lo peor —agregó—… es que no querían irse.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Decían que sus amigos no los dejaban.
Sofía bajó la mirada.
—Eso… está en los registros…
—Sí —respondió Tomás—. Pero lo que no está escrito… es lo que vino después.
Lo miré.
—¿Qué pasó?
Tomás dudó.
Pero habló.
—Algunos niños… dejaron de volver iguales.
El aire se volvió más frío.
—¿En qué sentido?
—En todos —respondió—. Cambiaban. No hablaban de lo que veían… pero tampoco lo olvidaban.
—¿Y otros? —preguntó Sofía, casi en un susurro.
Tomás no la miró.
—Otros… desaparecieron.
Silencio.
Pesado.
Irrespirable.
—El pueblo empezó a tener miedo —continuó—. Pero no podían irse. Ya estaban establecidos. Tenían familias. Trabajo.
Se giró hacia nosotras.
—Así que hicieron lo único que podían hacer.
—¿Qué?
—Negarlo y culpar a la presencia de indígenas americanos, perseguirlos y acusarlos de brujería
Fruncí el ceño.
—¿ brujería? Los mataron?-
— se querían Convencer de que no era real —dijo—. Que eran cuentos, embrujos que hacía los niños para que tuvieran mucha imaginación y se revelaran contra sus padres
—Pero no funcionó… —murmuré.
Tomás negó.
—No, todo sigui igual luego de la cacería y Matanza- suspiro - ocultaron esa parte de la historia
Se acercó otra vez a la mesa.
— Y entonces cambiaron de estrategia.
El silencio volvió.
—Si no podían evitar que los niños imaginaran … podían evitar que recordaran.
Mi corazón dio un golpe.
—Olvido inducido… —susurré.
Asintió.
—No era algo médico —aclaró—. Era social.
—¿Cómo?
—Repetición —explicó—. Negación constante. Castigos. Distracción. Cambios de ambiente.
Sofía frunció el ceño.
—Como… obligarlos a pensar que no era real.
—Exacto.
—¿Y funcionó?
Tomás se quedó en silencio unos segundos.
—Sí.
—¿En serio?
—Sí… —repitió—. Pero no como creían, porque no era un embrujo de imaginación eran reales, algo que llevaba mucho tiempo viviendo en estos bosques, los indígenas convivían por tenerles respeto, pero los fumadores de los pueblos al desaparécelos hicieron que La Paz se rompa y que las presencias pudieran salir del bosque
Nos miró a las dos.
—No los eliminó el olvido
El aire se tensó.
—Solo los debilitó.
Sentí un escalofrío.
—Ellos no necesitan existir por sí solos —explicó—. Necesitan ser percibidos.
—Recordados… —dije.
—Nombrados —agregó.
Sofía levantó la mirada.
—Entonces… mientras nadie los recuerde…
—Se quedan… —Tomás buscó la palabra— …latentes.
Silencio.
—Esperando.
Tragué saliva.
—¿Esperando a qué?
Tomás nos miró.
—A que alguien vuelva a verlos.
El peso de esas palabras cayó sobre nosotras.
—Como ahora… —murmuré.
Asintió.
—Ustedes no los crearon —dijo—. Solo reactivaron el vínculo.
—¿Por qué nosotros? —preguntó Sofía.
Tomás dudó.
—Porque ya existía una conexión previa.ellos eligen
Silencio.
—Cuando eran chicas… los aceptaron —continuó—. Les dieron forma. Nombre. Lugar, de seguro algún corte de sangre que no recuerdan
—Y ahora volvieron… —dije.
—Porque algo los despertó.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Tomás negó.
—Eso todavía no lo sé.
Silencio.
Pero no duró.
—¿Y por qué ahora son más fuertes? —preguntó Sofía.
Tomás se quedó quieto.
—Porque el pueblo cambió.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Antes… todos sabían —explicó—. Había miedo, sí… pero también conocimiento. Límites.
Se inclinó hacia nosotras.
—Ahora… nadie cree en nada.
El aire se volvió pesado otra vez.
—Y eso les da más espacio.
Sentí un frío en la espalda.
—Porque no hay resistencia —murmuré.
—Exacto.
Silencio.
—Y hay otra cosa —agregó Tomás.
Lo miramos.
—Antes… aparecían solos.
Mi corazón se tensó.
—¿Y ahora?
Nos miró fijo.
—Ahora… aparecen en grupos.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué significa eso? —preguntó Sofía.
Tomás no dudó.
—Que están organizándose.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Más peligroso.
Porque ya no era solo una historia.
Era un presente.
—Y cuando eso pasa… —continuó—, buscan algo.
—¿Qué? —pregunté.
Tomás sostuvo mi mirada.
—Completar el vínculo.
Mi mente volvió al cuaderno.
A la tercera línea.
Vacía.
Esperando.
Y en ese momento…
Entendí.
Esto no era solo sobre recordar.
Era sobre… completar algo.
Algo que empezó hace años.
Y que ahora…
Nos estaba alcanzando.
—¿Qué pasa cuando se completa? —preguntó Sofía.
Tomás no respondió de inmediato.
- sería difícil ignorarlos, son…. Posesivos con su ancla , harían que se aíslen de todo para tenerlas a su lado