Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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Sospechas en la distancia
Los días siguientes transcurrieron con una calma que Valeria Ansford no había experimentado en mucho tiempo.
Pero ahora esa calma tenía algo diferente.
No era solo el silencio del campo.
Era la presencia inesperada de alguien que había comenzado a formar parte de su rutina.
El rey Alexander IV.
Al principio, Valeria creyó que aquel encuentro cerca del lago había sido una coincidencia irrepetible. Sin embargo, dos días después volvió a verlo.
Esta vez cerca de los establos de la finca.
Alexander llegó acompañado únicamente por un ayudante que permaneció a una distancia prudente. No hubo anuncio formal, ni protocolo excesivo.
—Parece que este lugar se ha vuelto parte de mis inspecciones —comentó el rey con una ligera sonrisa.
Valeria no pudo evitar devolverle la sonrisa.
—Entonces espero que sus tierras estén en buen estado, majestad.
Aquella segunda conversación fue más natural.
Menos tensa.
Hablaron sobre los pueblos cercanos, sobre las cosechas, sobre cómo las decisiones de la corona afectaban la vida cotidiana de las personas lejos de la capital.
Valeria descubrió un lado del rey que nunca había visto desde los salones de la corte.
Un hombre que escuchaba con atención.
Que hacía preguntas sinceras.
Que parecía interesarse realmente por lo que ella pensaba.
Y Alexander descubrió algo más.
Valeria no era solo una joven noble educada.
Tenía ideas.
Opiniones.
Una sensibilidad especial hacia las personas comunes.
Aquello lo sorprendía y lo atraía al mismo tiempo.
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Con el paso de los días, los encuentros comenzaron a repetirse.
A veces caminaban junto al lago.
Otras veces conversaban bajo la sombra de los árboles.
Incluso compartieron una merienda sencilla en el jardín trasero de la casa.
Nada de aquello era inapropiado.
Pero tampoco era completamente inocente.
Porque ambos empezaban a esperar esos momentos.
Sin decirlo.
Sin planearlo.
Simplemente ocurría.
Valeria comenzó a notar que los días parecían más cortos cuando él estaba allí.
Y más largos cuando no aparecía.
Alexander, por su parte, empezó a retrasar deliberadamente su regreso a la capital.
Había informes que revisar.
Asuntos políticos que atender.
Consejeros que esperaban su presencia.
Pero aun así encontraba excusas para permanecer un poco más en aquella región.
Algo que no pasó desapercibido.
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En el palacio real, las ausencias del rey comenzaron a generar murmullos discretos.
Durante una reunión del consejo, uno de los ministros se atrevió a comentar:
—Majestad ha extendido varias inspecciones últimamente.
Lord Whitmore mantuvo una expresión neutral.
—El rey considera importante supervisar directamente ciertas regiones.
—Por supuesto —respondió el ministro—. Solo… es inusual que permanezca tantos días fuera.
Los demás intercambiaron miradas.
Nadie dijo nada más.
Pero la curiosidad estaba sembrada.
La corte vivía de los rumores.
Y cuando el rey cambiaba sus hábitos, inevitablemente comenzaban las especulaciones.
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Mientras tanto, alguien más comenzaba a sentir inquietud.
El príncipe Edward.
Al principio no prestó demasiada atención a las ausencias de su tío.
Pero una conversación casual despertó su interés.
—Dicen que el rey ha visitado varias veces la región norte —comentó un joven noble durante una cena.
Edward levantó la mirada.
—¿La región norte?
—Sí. Donde están algunas propiedades de familias importantes… entre ellas los Ansford.
Hubo un silencio breve.
Edward sintió algo extraño en el pecho.
No era celos exactamente.
Era… incomodidad.
Una sensación difícil de definir.
—Seguramente asuntos del reino —respondió con aparente indiferencia.
Pero esa noche no pudo evitar pensar en ello.
Sabía perfectamente quién estaba en esa región.
Y por primera vez desde el baile, la idea de Valeria volvió a ocupar su mente con fuerza.
¿Y si ella ya no estaba sola en su retiro?
¿Y si su ausencia no había sido un final… sino el comienzo de algo diferente?
Edward negó con la cabeza.
Intentó convencerse de que era una tontería.
Sin embargo, la duda ya estaba plantada.
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En la finca, ajenos a las conversaciones de la capital, Valeria y Alexander caminaban nuevamente junto al lago al caer la tarde.
La luz del atardecer teñía el cielo de tonos dorados y rosados.
—No imaginé que encontraría tranquilidad aquí —confesó Alexander.
Valeria lo miró con curiosidad.
—¿La ha encontrado?
El rey asintió lentamente.
—Más de la que esperaba.
Ella sonrió.
—Entonces tal vez este lugar no solo está ayudándome a mí.
Alexander la observó unos segundos.
—Tal vez no.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era… cómplice.
Ambos sabían que algo estaba cambiando.
No lo nombraban.
No lo apresuraban.
Pero lo sentían.
Y en algún lugar lejano, la corte comenzaba a notar que el rey ya no era el mismo.
Mientras que el príncipe empezaba a sospechar que había perdido algo más importante de lo que imaginó aquella noche.
Porque el destino, cuando decide mover sus piezas, rara vez pide permiso.
Y lo que estaba naciendo en aquella finca tranquila… pronto sacudiría los muros del palacio real. 👑🔥📖