COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 10 – Lo que le mostraron
Andrés no sintió en qué momento se quedó dormido, solo supo que ya no estaba en su habitación cuando abrió los ojos. El aire era distinto, más pesado, como si cada respiración costara un poco más de lo normal.
No había paredes claras, ni objetos definidos, solo una oscuridad que no era completa, como si algo dentro de ella intentara tomar forma sin terminar de hacerlo. Dio un paso, o al menos creyó hacerlo, pero no avanzó realmente, como si el espacio no funcionara de la manera en que debería.
Entonces la vio, una figura frente a él, quieta, esperando, no completamente visible pero imposible de ignorar, y cuando habló, su voz no sonó como una amenaza sino como algo más cansado, más antiguo, más triste. “No tengas miedo”, dijo, y aunque no había razón para creerle, tampoco había forma de apartarse. “Una vez tuve una hija”, continuó, y en ese instante la oscuridad pareció moverse, como si respondiera a sus palabras, mostrando fragmentos que no eran claros pero que se sentían reales, demasiado reales.
“Tenía el cabello negro… ojos negros… no como los de nadie aquí”, dijo, y Andrés sintió un leve frío recorrerle el cuerpo sin entender por qué esas palabras pesaban tanto. “A los ancianos no les gustaba”, añadió, y ahora las sombras tomaban formas más definidas, figuras reunidas, miradas fijas, rechazo silencioso. “Decían que no era normal… que traería desgracia… que el pueblo necesitaba limpiarse”, la voz tembló apenas, pero no se detuvo. “Decidieron que debía ser sacrificada”,
y esa palabra no necesitó explicación, cayó directa, pesada, imposible de suavizar. Andrés quiso apartarse, quiso dejar de escuchar, pero no podía, el sueño no le daba esa opción. “La ahogaron”, continuó, y el aire se volvió más denso, más difícil, “y después… le quitaron las manos… los pies… para asegurarse de que no escapara… ni siquiera después”, Andrés sintió náuseas, una presión en el pecho que no sabía si era miedo o algo más profundo, algo que no podía nombrar. “Yo ya sabía cosas”, siguió la mujer, y su voz cambió apenas, no en tono, sino en intención, “cosas que usaba para ayudar… para proteger”, hizo una pausa, y en ese silencio todo pareció detenerse, como si el mundo mismo esperara lo que venía. “Pero cuando supe lo que hicieron… hice lo impensable”, las sombras se agitaron, y por un instante Andrés sintió que algo más estaba presente, algo que no pertenecía a la mujer, algo que escuchaba. “La traje de vuelta”, dijo, y ahora el silencio no fue vacío, fue pesado, insoportable. “Pero ya no era ella”, añadió, y esa frase lo atravesó sin necesidad de explicación. “Había algo más en su cuerpo… algo que me miraba como si no me reconociera”, la voz se quebró por primera vez, pero no se detuvo. “No podía recuperarla… no así… entonces hice un trato”, Andrés sintió que no quería escuchar esa parte, pero la voz continuó como si no tuviera elección. “El demonio… el que ahora llaman Noche Negra”, el nombre pareció absorber la poca claridad que había, haciendo que todo se sintiera más profundo, más oscuro. “Me dijo: tráeme almas durante treinta años… y podrás volver a tenerla”, el silencio que siguió fue absoluto, y cuando la mujer habló de nuevo, no había defensa en su voz, solo una verdad que no intentaba justificarse. “Y yo acepté”, las sombras cambiaron otra vez, mostrando figuras que desaparecían, espacios vacíos, casas sin vida. “Pensé que podía controlarlo… que podía decidir… pero el pueblo nunca volvió a ser el mismo… ellos tampoco”, y entonces Andrés vio a los ancianos, pero no como los había visto antes, sino como algo distinto, algo vacío, algo que repetía sin entender, sin sentir. “Se quedaron… pero no como antes”, dijo la mujer, y luego lo miró, directamente, como si por primera vez realmente lo viera. “Y ahora tú estás aquí… como los otros”, Andrés logró hablar, apenas, una sola palabra. “¿Por qué…?”, y la respuesta no llegó de inmediato, pero cuando llegó, no fue reconfortante. “Porque alguien tiene que quedarse”, dijo, y en ese instante algo cambió, no en el espacio, sino en la sensación, en la intención. “El tiempo ya casi se cumple”, añadió, y su voz ya no era solo triste, era algo más frío, más distante. “Y cuando termine… todo habrá valido la pena”, Andrés sintió que no podía respirar, que algo lo sostenía en ese lugar sin permitirle escapar, y justo antes de que pudiera reaccionar, despertó de golpe, en su cama, empapado en sudor, respirando con dificultad, mirando la habitación como si esperara ver algo más ahí, algo que confirmara que no había sido solo un sueño, pero todo estaba en su lugar, todo normal, demasiado normal, y aun así supo que algo había cambiado.
A la mañana siguiente, el pueblo parecía igual, pero Andrés ya no lo veía de la misma forma. Caminaba junto a Lili y Santiago, pero su atención estaba en otra parte, en los detalles que antes había ignorado. Santiago fue el primero en hablar, señalando con la mirada a un anciano que levantaba la mano para saludar, bajándola y repitiendo el mismo gesto exactamente igual unos segundos después. Lili también lo notó, y luego otro más, una mujer barriendo sin detenerse nunca, un hombre acomodando una silla una y otra vez como si no pudiera hacer otra cosa. No era normal, ya no podía verse como algo normal, y esta vez Andrés no intentó negarlo, porque las palabras del sueño seguían ahí, encajando con lo que estaba viendo. Más adelante encontraron a los Herrera, y esta vez no hubo rodeos, no hubo intentos de fingir que todo estaba bien, las marcas estaban ahí, visibles, más profundas, imposibles de justificar con explicaciones simples, y cuando Andrés habló de la mujer que vio, del sacrificio, de lo que volvió pero ya no era lo mismo, el silencio que se formó entre ellos fue distinto, no de duda, sino de reconocimiento, como si cada uno estuviera uniendo piezas que ya tenía. Nadie dijo que era real, pero nadie lo negó, y eso era suficiente.
Fue entonces cuando Santiago miró hacia la casa de los Collen, algo que no parecía importante al principio, pero que se volvió imposible de ignorar en cuanto lo notó. La puerta estaba abierta, el interior en silencio, demasiado silencio, y cuando la niña apareció en la entrada, mirándolos sin moverse, con una expresión que no encajaba con su edad, algo en todos ellos se tensó al mismo tiempo. “Ya empezó”, dijo ella en voz baja, sin miedo, sin duda, como si estuviera anunciando algo que ya no podía detenerse, y ninguno supo qué responder, porque no sabían a qué se refería, pero lo sentían, lo entendían de alguna forma que no necesitaba palabras. Detrás de ella, la casa permanecía inmóvil, vacía de sonido, y aun así no parecía abandonada, parecía… ocupada de otra manera, y cuando los ancianos siguieron repitiendo sus movimientos alrededor, sin mirar, sin reaccionar, como si nada hubiera cambiado, fue imposible no sentir que lo que estaba pasando no era algo aislado, no era un accidente, no era algo que pudiera explicarse o detenerse fácilmente. Andrés recordó la última frase de la mujer en su sueño, el tiempo, las almas, el final, y por primera vez no intentó buscar una explicación lógica, porque ya no la necesitaba, ya no la quería, porque entender lo que estaba pasando no traía alivio, traía algo peor, la certeza de que todo estaba conectado, de que todo llevaba tiempo ocurriendo, y de que ellos no habían llegado por casualidad, sino porque alguien, o algo, los había traído exactamente cuando debía hacerlo.