Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19: En lo que me estaba convirtiendo
Con el paso de los días, Leonardo dejó de intentar convencerse de que lo que sentía era algo pasajero. Al principio había una especie de esperanza silenciosa, casi automática, de que en algún momento iba a despertar y todo iba a doler un poco menos, de que la intensidad iba a bajar, de que su cabeza iba a darle un descanso. Pero eso no ocurrió. Si algo cambiaba, era la forma en que ese peso se acomodaba dentro de él, haciéndose más estable, más constante, como si hubiera encontrado un lugar definitivo del cual ya no pensaba moverse.
Empezó a notarlo en cosas simples. En cómo respondía cuando le hablaban, en lo poco que le interesaban conversaciones que antes le parecían normales, en la forma en que evitaba ciertos temas incluso cuando no eran directos. No era algo que hiciera de forma consciente. Simplemente pasaba. Su forma de estar con otros se volvió más superficial, más automática, como si estuviera cumpliendo con algo sin realmente involucrarse.
Un amigo le habló un día para salir. Insistió un poco más de lo habitual, como si notara que Leonardo estaba distinto. Al principio dudó, pensó en decir que no, en quedarse en su casa como venía haciendo, pero terminó aceptando. No porque tuviera ganas, sino porque no quería tener que explicar por qué no.
Salieron, caminaron, se sentaron en un lugar a hablar de cosas que, en otro momento, habrían sido normales. Anécdotas, comentarios, bromas. Leonardo participó lo justo, respondió cuando correspondía, incluso sonrió en algunos momentos. Desde afuera, probablemente no se veía nada raro.
Pero por dentro era otra cosa.
Mientras su amigo hablaba, en más de una ocasión dejó de escucharlo. No porque quisiera, sino porque su cabeza se iba sola, llevándolo a los mismos lugares de siempre. Y cuando volvía a la conversación, tenía que reconstruir rápidamente lo que se había perdido para poder seguir.
—Estás re callado —le dijo en un momento su amigo.
Leonardo se encogió de hombros.
—Estoy cansado.
Otra respuesta automática.
Otra forma de evitar.
—Desde hace días estás así —insistió el otro.
Leonardo no respondió enseguida. Miró hacia otro lado, como si estuviera pensando qué decir, pero en realidad estaba decidiendo cuánto mostrar.
—Ya se me va a pasar —dijo al final.
No estaba seguro de creerlo.
Su amigo no pareció convencido, pero tampoco insistió demasiado. Cambió de tema, siguieron hablando, y la noche continuó.
Pero para Leonardo, ese momento quedó marcado por otra cosa. No por la conversación en sí, sino por la facilidad con la que había mentido, con la que había reducido todo lo que le estaba pasando a una frase simple, vacía.
Y lo más inquietante no fue la mentira.
Fue lo natural que le resultó.
Cuando volvió a su casa, el silencio lo recibió como siempre. Ya se había acostumbrado a eso, a ese contraste entre el afuera y el adentro. Cerró la puerta, dejó las cosas en cualquier lado y se quedó quieto unos segundos, sin hacer nada.
Ahí no había que actuar.
Ahí no había que responder.
Ahí no había nadie mirando.
Y entonces, lo que estaba contenido durante el día volvía a ocupar todo el espacio.
Se sentó en su cama y apoyó los codos en las rodillas, mirando el piso. No estaba pensando en algo puntual, pero sabía perfectamente a dónde iba a llegar. Era como un camino que ya conocía de memoria.
“No hiciste nada.”
La frase volvió.
Pero esta vez no lo tomó por sorpresa.
Ya no era una irrupción.
Era parte de su forma de pensar.
—Ya sé… —murmuró en voz baja, casi sin darse cuenta.
Y ahí estuvo el cambio.
Ya no estaba discutiendo esa idea.
Ya no estaba tratando de justificarla o de suavizarla.
La estaba aceptando.
Y esa aceptación no trajo alivio.
Trajo algo más pesado.
Porque aceptar eso significaba empezar a verse a sí mismo desde ese lugar.
No como alguien al que le pasó algo triste.
Sino como alguien que tuvo la oportunidad de hacer algo… y no lo hizo.
Se quedó en esa posición un largo rato, sin moverse demasiado. Pensó en cómo había sido antes, en la forma en que tomaba decisiones sin darles demasiada importancia, en cómo siempre asumía que había tiempo, que las cosas podían esperar.
Y empezó a ver un patrón.
No era solo con su abuela.
No era un caso aislado.
Era una forma de ser.
Postergar.
Evitar.
Elegir lo más fácil en el momento.
Y recién ahora, cuando ya no había margen, estaba viendo las consecuencias.
Esa idea fue más difícil de soportar que cualquier otra.
Porque ya no se trataba solo del pasado.
Se trataba de él.
De en qué tipo de persona se estaba convirtiendo.
Se recostó sin cambiarse, mirando el techo otra vez, como tantas noches. Pero esta vez no intentó distraerse, no buscó el celular, no puso música. Se quedó ahí, con eso, dejándolo estar.
Y en ese silencio, sin nada que lo interrumpiera, empezó a sentir algo nuevo.
No era solo culpa.
No era solo tristeza.
Era una especie de rechazo hacia sí mismo.
Una incomodidad con su propia forma de haber sido.
Y eso no se iba cuando dejaba de pensar en Livia.
Eso se quedaba.
Porque ya no estaba ligado solo a ella.
Estaba ligado a él.
Mucho tiempo después, Leonardo entendería que este fue el momento en el que el arrepentimiento dejó de ser algo que sentía por una situación específica y empezó a convertirse en algo más profundo.
Algo que afectaba cómo se veía.
Cómo se entendía.
Cómo se juzgaba.
Y cuando eso pasa, ya no es algo que se pueda dejar atrás fácilmente.
Porque no es un recuerdo.
Es una parte de uno.
Y lo más difícil no es cargar con lo que pasó.
Es cargar con lo que eso dice de vos.