Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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Capítulo 4 – El olor que no puedo olvidar
La huida fue silenciosa.
No porque el mundo se hubiera vuelto más amable, sino porque Kael sabía cómo atravesarlo sin dejar rastro. Ariel apenas logró registrar el camino: pasadizos ocultos entre rocas, senderos ahogados por la maleza, salidas que jamás aparecieron en los mapas del consejo. Todo parecía existir solo para quienes sabían mirar.
Kael avanzaba con seguridad, una mano firme rodeándole la muñeca, la otra apartando ramas, sombras y peligros invisibles. No tiraba de él. No lo apuraba. Simplemente se aseguraba de que no se perdiera.
El viento nocturno golpeó el rostro de Ariel cuando cruzaron el último límite del territorio del consejo.
Solo entonces, cuando la presión constante de la persecución se disipó, se dio cuenta de algo más.
El aroma.
No había estado ausente antes. Pero ahora, lejos del miedo inmediato, podía percibirlo con claridad. Era profundo y cálido, envolvente sin resultar invasivo. No empujaba. No reclamaba.
Sostenía.
Ariel inhaló despacio.
Su cuerpo respondió con una calma inesperada, una quietud que no había sentido desde que despertó en ese mundo.
—Eres un delta —murmuró—. Pero hueles… diferente.
Kael se tensó apenas. Fue un gesto mínimo, contenido, como si aquellas palabras tocaran algo que prefería no exponer.
—Porque nunca quise imponerte nada —respondió.
Ariel lo observó con atención.
No había lujuria en sus ojos. Tampoco la dominancia automática que había aprendido a temer en los alfas. Lo que encontró fue algo más difícil de nombrar.
Cuidado.
Contención.
Una devoción sostenida a fuerza de voluntad.
Y eso lo inquietó más que cualquier amenaza abierta.
—Dicen que los deltas dominan sin pedir permiso —susurró Ariel—. Que el vínculo es una jaula.
Kael negó lentamente.
—Solo si se usa como tal.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue denso.
Cargado.
El cuerpo de Ariel reaccionó antes que su mente. Un estremecimiento le recorrió la espalda, lento y profundo. No era celo. No era miedo.
Era reconocimiento.
—No entiendo por qué confío en ti —admitió.
Kael no respondió de inmediato. Se quitó la capa con un movimiento pausado y la colocó sobre los hombros de Ariel, envolviéndolo con cuidado, como si temiera quebrar algo frágil.
—No tienes que entenderlo ahora —dijo—. Solo quédate conmigo esta noche.
No fue una orden.
Fue una invitación.
Ariel dudó apenas un segundo.
Luego asintió.
Se refugiaron bajo un saliente de roca, lejos de los caminos principales. Kael encendió un fuego pequeño, contenido, casi invisible. Ariel se sentó cerca, envuelto en la capa que aún conservaba el aroma del delta.
Era imposible ignorarlo.
—Si dormimos —murmuró Ariel—, podrían alcanzarnos.
—No —respondió Kael—. Yo no dormiré.
Ariel alzó la vista.
—¿Nunca duermes?
—No cuando te están cazando.
Algo se apretó en su pecho.
—No tienes por qué cargar conmigo.
Kael sostuvo su mirada.
—Sí tengo.
No explicó por qué.
Y, de algún modo, Ariel no necesitó preguntarlo.
Se acomodó junto al fuego, el cansancio cayendo sobre él como una marea inevitable. Kael se sentó cerca, lo suficiente para que Ariel sintiera el calor de su presencia, pero sin invadir su espacio.
El aroma volvió a envolverlo.
Seguro.
Constante.
Vivo.
Ariel cerró los ojos.
Y por primera vez desde que despertó en ese cuerpo… durmió sin miedo.
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En algún lugar del mundo, algo respondió a ese descanso.
El vínculo, ahora consciente, dejó una marca imposible de ignorar.
Y cuando Ariel abrió los ojos al amanecer, supo una cosa con absoluta certeza:
Podían huir del consejo.
Pero no del lazo que acababa de sellarse en silencio.