Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capítulo 13: Cuando el invierno reclama lo que ama
El amanecer llegó sin el omega.
Al principio fue una inquietud leve, un presentimiento que recorrió los pasillos del castillo como una corriente fría. El carruaje debía haber regresado hacía horas. Los guardias asignados no habían informado. Demasiado silencio.
El duque dejó el documento que firmaba y alzó la vista.
Algo estaba mal.
—Repitan el recorrido —ordenó con voz baja, peligrosa—. Ahora.
Las respuestas llegaron rápido… y ninguna era buena.
El carruaje había sido hallado vacío, una rueda rota a propósito, huellas borradas con cuidado. No era un ataque al azar. Había sido planeado.
—Tráfico —dijo uno de los capitanes, con el rostro tenso—. Rutas clandestinas del norte. Omegas jóvenes. Belleza. Valor.
El aire se volvió denso.
El duque no mostró furia visible. Su expresión se cerró, sus ojos se endurecieron como un lago helado.
—Cierren el ducado —dijo—. Activen a la guardia del norte. Quiero cada paso rastreado. Cada sombra vigilada.
En su mente no había caos. Había enfoque.
Y una promesa silenciosa:
volverás conmigo.
El lugar estaba escondido entre colinas rocosas, una antigua construcción abandonada que alguna vez fue un puesto fronterizo. Ahora era guarida.
El duque avanzó primero.
No llevaba insignias visibles. Solo acero, estrategia y una calma que helaba la sangre de quienes lo veían moverse. La guardia lo seguía en absoluto silencio.
El primer enemigo cayó sin un grito.
El segundo no tuvo tiempo de reaccionar.
No fue una masacre desordenada. Fue una limpieza precisa. El duque no disfrutaba la violencia, pero tampoco dudaba cuando se trataba de proteger lo que era suyo.
—No lo dañaron —dijo uno de los traficantes, temblando—. Lo íbamos a vender…
No terminó la frase.
El duque no preguntó nada más.
Cuando abrió la puerta del fondo, lo encontró.
El omega estaba atado, el rostro pálido, los ojos abiertos de miedo contenido. No había heridas visibles, pero su cuerpo temblaba, exhausto por la tensión, por la espera, por el terror de no saber si alguien llegaría.
Cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo se quebró.
—…viniste —susurró el omega, como si no se atreviera a creerlo.
El duque cruzó la habitación en dos pasos.
—Siempre —respondió.
Cortó las ataduras con manos firmes, pero increíblemente suaves al tocarlo. En cuanto quedó libre, el omega se desplomó contra su pecho, aferrándose con desesperación contenida.
El duque lo cubrió con su capa, envolviéndolo por completo, marcándolo con su aroma frío y seguro, como un muro contra el mundo.
—Ya estás a salvo —dijo, con voz grave—. Nadie volverá a ponerte una mano encima.
El omega respiró hondo, temblando, escondiendo el rostro contra su cuello.
—Pensé… que me perdería —confesó—. Pensé que no volvería a cantar.
El duque cerró los ojos un instante.
—Mientras yo respire —dijo—, no volverás a estar solo.
Esa noche, no se separó de él.
No hubo palabras innecesarias.
Solo cuidado.
Solo presencia.
El omega dormía aferrado a su ropa, y el duque permanecía despierto, vigilante, como si el mundo aún pudiera intentar arrebatárselo.
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Días después, cuando el miedo comenzó a soltarse del cuerpo del omega, el duque lo llevó a un lugar conocido.
El lago.
El mismo donde lo había escuchado cantar por primera vez.
El clima era distinto. El invierno cedía poco a poco. El aire era frío, pero limpio. El cielo estaba cubierto por nubes suaves, y el agua reflejaba la luz como un espejo tranquilo.
El omega lo reconoció de inmediato.
—Aquí… —murmuró— fue donde todo cambió.
—Para mí también —respondió el duque.
Caminaron hasta la orilla. El viento movía el cabello claro del omega, y el duque lo observó con una intensidad que ya no ocultaba.
—Cuando te perdí —dijo— entendí algo que siempre evité nombrar. No era solo deseo. No era solo afecto.
El omega lo miró, el corazón acelerado.
—Era miedo —continuó el duque—. Miedo de un mundo sin ti.
Se arrodilló.
El gesto fue firme, decidido, pero también profundamente humano.
—No quiero protegerte solo como duque —dijo—. Quiero hacerlo como compañero. Como familia. Como hogar.
Tomó las manos del omega, que temblaban.
—¿Aceptas caminar conmigo? ¿Construir un futuro donde nadie vuelva a decidir por ti?
Las lágrimas corrieron sin vergüenza.
—Sí —respondió el omega, con la voz quebrada—. Te elijo. Te elijo incluso cuando tengo miedo.
El duque se levantó y lo besó.
No fue un beso torpe esta vez.
Fue profundo, envolvente, lleno de emoción contenida.
El omega se aferró a él, correspondiendo con una entrega que ya no dudaba.
El lago fue testigo.
El viento llevó la promesa.
Y el norte, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse frío.