El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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Mi turno
Antes que el primer rayo de sol golpeara a la mansión, Ren se encerró en la habitación acorazada. Algunos motores a vapor y otros de diésel ya calentaban en el patio.
Se acercó a la cuna y tomó a Leo. El bebé, con el aroma a sueño y leche, balbuceó al sentir las manos de su padre. Ren lo apretó contra su pecho y cerró los ojos. Instintivamente frotó su mejilla contra la frente del pequeño, liberando una ráfaga significativa de feromonas de jazmín y ozono. Era una marca de protección, un escudo invisible que le decía a cualquiera alfa que ese cachorro tenía un guardián letal.
-Volveré, mi bebé.- Susurró Ren, su voz de mando se quebró un segundo -Traeré a tu tío. Te prometo que mañana este mundo será un poco más habitable para ti.-
En ese momento, la pesada puerta se abrió. Valerius entró, pero no tenía su habitual aura de arrogancia. Su rostro estaba serio.
-Mis infiltrados en las minas de la frontera han confirmado la posición.- dijo el alfa entregándole un pequeño rollo de papel -Sage está en el nivel tres del burdel de Valtor. Está vivo, Ren.-
Ren tomó el papel, sus dedos rozaron los de Valerius. La confirmación le dio la descarga de adrenalina qué necesitaba. Le entregó el bebé a la señora Martha y salió de ka habitación para terminar de ajustar su equipo.
Sin embargo, Ren se detuvo tras la puerta al notar que el mafioso no lo seguía. Por la pequeña rendija, vio algo que lo dejó paralizado. El gran mafioso, el lobo de Puerto Gris, se acercó a la cuna. Con una delicadeza qué no parecía parecía propia de sus manos manchadas de sangre, acarició la cabeza de Leo y liberó su propio aroma de bosque y tormenta. Era una marca de reclamación paterna, un sello que solo los alfas ponen sobre su propia descendencia para declarar que el cachorro es parte de su sangre.
-Nadie te tocará pequeño Leo, eres un Volkov.-
Cuando el alfa salió de la habitación, se encontró con la mirada gélida y confundida de Ren.
-Lo planeaste a la perfección, pequeño fantasma.- dijo Valerius ajustándose el abrigo largo. -Todo saldrá bien para que pronto regresemos con nuestro cachorro.-
Ren se quedó mudo. La palabra "nuestro" golpeó su mente de Capitán con más fuerza que una bala. No era una sugerencia. Era una declarará de familia que su lógica heterosexual y su orgullo de policía no sabían cómo procesar.
El viaje hacia las minas en el camión blindado de propulsión a vapor. El traqueteo era lo único que llenaba el espacio entre Ren y Valerius, sentados frente a frente en los asientos de cuero gastado.
La mente del policía no dejaba de procesar esa palabra desde que salieron de la mansión. Finalmente, Ren rompió el silencio.
-¿Por qué dijiste "nuestro"?- dijo Ren, con voz cortante -Leo es mi hijo. Mío. No compartes sangre, ni un lazo, ni un pasado.-
Valerius, que limpiaba su daga de plata, se detuvo. Levantó la vista y sus ojos dorados brillaron con una honestidad brutal en la penumbra.
-La sangre no es lo único que crea un lazo en este mundo, omega.- respondió el alfa -Marqué a ese cachorro porque desde el momento en que entraste a mi ciudad, su seguridad se volvió mi ley.-
Se inclinó hacia delante, invadiendo una vez más el espacio del omega.
-Puedes negarlo todo lo que quieras con esa mente de soldado tuya, pero anoche, cuando dormías en el suelo junto a su cuna, no vi a un socio. Vi a mi familia. Y yo no dejo que nadie toque lo que es mío... o lo que es nuestro.-
Ren apretó los dientes, sintiendo ese calor subirle por el cuerpo.
-Soy un hombre y su padre Volkov. No soy tu pareja, ni parte de tu manada.-
-Tú... omega, eres el padre ese niño y dueño de mi obsesión.- retrucó Valerius, con esa sonrisa que Ren tanto odia -Y si para rescatar a tu hermano debo quemar el Este entero, lo haré como el padre de ese cachorro. Acéptalo Capitán. Ya no estás solo.-
Ren, volvió la vista a la ventana. Su mente le decía que debe indignarse, que debía dejar claro que Leo no tenía otro padre. Pero su instinto, ese omega dominante, que crecía en su pecho, se sentía malditamente tranquilo sabiendo que un lobo protegía el nido mientras el fantasma salía a cazar.
-Concéntrate en los nuevos cambios de la misión, Volkov.- Murmuró Ren, tratando de ocultar el leve temblor de su cuerpo -Si fallamos en la frontera, no habrá "nuestro" al que regresar.-
La entrada en las minas no era más que hollín en las montañas. El burdel de Valtor estaba en los niveles superiores, una estructura precaria, con luces de neón barata que vibraba con el vapor de las calderas profundas.
Ren se movía como una sombra. Llevaba ropa táctica, máscara para filtrar el polvo de carbón y sus dos pistolas. A su lado, Valerius era un muro de agresión contenida, su presencia haciendo que incluso las alimañas de los túneles se apartaran.
-Nivel tres.- susurró Ren por el intercomunicador de corto alcance -Boris inicia la distracción en los generadores. Ahora.-
¡BOOM!
La explosión sacudió la montaña. Las luces se apagaron dejando al burdel con lámparas de emergencia. En el caos, Ren y Valerius irrumpieron en la zona privada.
Encontraron a Sage en una celda acolchada. No era él joven vital que el Ren original recordaba. Estaba pálido, con las pupilas dilatadas por el opio de baja calidad que le inyectaban para mantenerlo dócil. Al ver a Ren, Sage intentó decir algo, pero su cabeza cayó hacia un lado, incapaz de sostener por el peso de la droga.
-Malditos bastardos.- Gruñó Ren, cargando a su hermano sobre el hombro derecho con una fuerza qué sorprendió a Valerius. El instinto de protección del Capitán estaba al borde del estallido.
La extracción fue un verdadero infierno. Pasillos estrechos, disparos que rebotaban en las tuberías de vapor. Valerius con escopeta en mano, abría camino, ejecutando gente de Valtor con una eficiencia brutal. Estaban a pocos metros de la salida cuando el aire se cortó.
-¡Cuidado!- Gritó Valerius, pero fue tarde.
Un tirador oculto en las vigas superiores, le dió al hombro izquierdo de Ren. El impacto del proyectil lo lanzó contra la pared de piedra. Sage cayó al suelo.
-¡REN!- El rugido del mafioso sacudió las paredes, pero antes de que el alfa pudiera llegar hasta él, algo cambió.
El policía no gritó. No se encogió. Se puso de pie lentamente, con el brazo izquierdo colgando y la sangre empapando su ropa, pero sus ojos... sus ojos ya no eran humanos. Un brillo azul eléctrico, intenso y sobrenatural, iluminó sus pupilas.
En ese instante, la temperatura del túnel pareció caer bajo cero. Un aroma a ozono puro, metal afilado y tormenta eléctrica estalló desde los poros de Ren con tal violencia que el aire mismo pareció temblar. Era la presencia de un omega dominante en estado de guerra.
-Mi turno- siseó Ren.
Con una mano, desenfundó su arma y comenzó a disparar. No falló ni una vez. Se movía con una velocidad qué la vista apenas podía seguir, un fantasma de muerte qué atravesaba el humo.
Los enemigos caían antes de poder apretar los gatillos, asfixiados por la presión de las feromonas del omega.
Valerius se quedó paralizado por un momento, observaba la escena con una mezcla de terror y adoración religiosa. Al ver la herida en el hombro de Ren, el lobo dentro de él finalmente rompió las cadenas. Si Ren era la tormenta, Valerius era el terremoto.
-¡Nadie queda vivo!- rugió Valerius lanzándose con una furia ciega, terminando de limpiar el pasillo con sus propias manos.
Cuando el último guardia cayó, el silencio regresó, solo interrumpido por el siseo del vapor. Ren se tambaleó, su aroma de dominante comenzando a retraerse mientras el agotamiento físico reclamaba. Valerius llegó a su lado en un parpadeo, sosteniéndolo por la cintura antes de que tocara el suelo.
-Te tengo, pequeño fantasma. Te tengo.- Susurró Valerius, pegando su frente a la de Ren, ignorando la sangre qué ahora manchaba a ambos. -Sage está a salvo. Se acabó.-
Ren lo miró, sus ojos recuperando su color normal, pero manteniendo esa chispa de hierro.
-Te dije... que no necesitaba... que me rescataran.- Logró bromear antes de que la oscuridad lo reclamara.
Valerius lo cargó junto a Sage, saliendo hacia la noche fría de la frontera. Ya no había dudas: Ren no era un omega qué necesitara protección. Era una fuerza de la naturaleza que había elegido a Valerius como su único igual.