Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 22 – La imagen que no puedo borrar
Maicol
La tarde había sido un torbellino de números, planos y presentaciones. Había repasado mi discurso frente a la computadora tantas veces que ya lo recitaba de memoria. Cada gráfica, cada plano proyectado, cada palabra medida… no podía darme el lujo de fallar en esa cena. Era la primera vez que mis socios me dejaban la responsabilidad de presentar un proyecto tan grande, y aunque mi cabeza siempre había sido fría, calculadora, había algo en mí que vibraba de nervios.
Me aparté de la mesa de trabajo y caminé hasta el espejo del dormitorio. Allí estaba yo: con las mangas arremangadas, el cansancio dibujado en la frente y la necesidad de transformarme en alguien que transmitiera seguridad. Me puse la camisa blanca bien planchada, ajusté los botones, el pantalón beige y luego la chaqueta azul marino con cuadros finos. Un cinturón de cuero marrón, zapatos a juego y, finalmente, el reloj que siempre usaba en ocasiones importantes.
Respiré hondo frente al espejo. La imagen que me devolvía no era solo la de un arquitecto presentando un proyecto: era la de un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, quería impresionar a alguien que no estaba en esa sala de juntas.
Quería impresionarla a ella.
Con ese pensamiento bajé las escaleras.
En el salón, me encontré con Pía dando vueltas emocionada. Vestía un pequeño vestido negro, sencillo pero elegante, que le quedaba perfecto. Giraba sobre sí misma, mostrando cómo se movía la tela.
—¡Mírame, papá! —exclamó, con las mejillas encendidas.
Sonreí de inmediato.
—Estás preciosa, princesa —le dije, inclinándome para darle un beso en la frente.
Su risa llenó el aire, y mi corazón se aflojó.
Luego vi a Teo, con una camisa clara y un pantalón oscuro. Más serio, como siempre, pero no podía negar lo bien que se veía.
—Muy guapo, hijo —le dije con firmeza.
Él se encogió de hombros, aunque noté que sus labios se curvaron apenas en una sonrisa orgullosa.
—¿Y Briana? —pregunté entonces, sin poder ocultar la curiosidad que me golpeaba de pronto.
Como si el destino se divirtiera conmigo, justo en ese momento escuché el sonido de tacones en la escalera. Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Briana descendía despacio, con un vestido negro que caía sobre su piel como si hubiera sido diseñado solo para ella. La tela se amoldaba a sus curvas con una perfección imposible de ignorar, el escote justo, la abertura lateral mostrando un destello de pierna. Su cabello caía en ondas suaves, y sus labios pintados de rojo encendían todo el conjunto.
El aire se me atascó en la garganta.
No pude evitarlo: mi mente viajó de inmediato a aquella encimera de la cocina, al beso que nos habíamos robado, a la forma en que sus piernas podrían rodearme si me atreviera a alzarla de nuevo. Me imaginé quitándole ese vestido negro con la misma desesperación con que había buscado su boca. Fue un pensamiento indebido, un impulso que me estremeció hasta lo más profundo.
Parpadeé, tratando de recuperar la compostura antes de que los niños notaran algo.
Pía fue la primera en correr hacia ella.
—¡Briana! ¡Estamos iguales! —exclamó feliz, mostrando orgullosa su vestido del mismo color.
Briana sonrió, radiante.
—¡Es cierto! Estamos combinadas —le dijo, dándole la mano.
Teo también la miró, y aunque trató de hacerse el serio, terminó diciendo:
—Te ves… bonita.
Yo, en cambio, no dije nada. Me limité a observarla, grabando cada detalle en mi memoria, mientras una batalla se libraba dentro de mí.
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La cena comenzó tranquila. Los socios llegaron, algunos con sus esposas, otros solos, todos dispuestos a escuchar mi presentación. Briana se mantuvo atenta a los niños, asegurándose de que se portaran bien, pero también estuvo a mi lado en los momentos clave: una sonrisa de apoyo, una mirada de aliento.
Y funcionó.
Mi voz no tembló, los planos se entendieron, los socios asintieron con aprobación. El proyecto avanzaba en la dirección correcta, y cada minuto me sentía más seguro.
Después, vino la parte social: las copas de vino, las charlas cruzadas, las risas que flotaban entre los platos. Briana se había sentado cerca, conversando de manera sencilla con una de las esposas de mis colegas, y yo no podía evitar observarla entre frase y frase.
Entonces ocurrió.
Uno de mis compañeros de despacho, siempre un idiota con lengua rápida, se inclinó hacia la mesa, mirando a Briana con descaro.
—Vaya, Maicol, no sabía que además de talento para los planos tenías tan buen gusto para… contratar ayuda.
La sonrisa cínica en su rostro me atravesó como una daga. Briana se tensó al instante, bajando la mirada, incómoda.
Sentí cómo la sangre me hervía.
Me incliné hacia él, mi voz grave, baja, pero cargada de filo:
—Mide tus palabras.
El silencio se hizo alrededor de la mesa. Mi colega intentó reír, quitándole importancia, pero yo no sonreí.
El comentario del idiota me había dejado con los dientes apretados. No soportaba la forma en que la había mirado, ni mucho menos lo que había insinuado. Quise levantarme y sacarlo de mi casa en ese mismo instante, pero no era el momento. Así que simplemente lo miré con la frialdad suficiente para dejar claro que no toleraría una falta más.
Briana se mantuvo en silencio, bajando la mirada, aunque pude notar la incomodidad en la forma en que apretaba la servilleta entre sus manos.
La cena continuó, aunque para mí el sabor se había vuelto amargo.
Finalmente, los socios se marcharon, uno a uno, con apretones de mano y sonrisas diplomáticas. Agradecí su asistencia, cerré la puerta detrás del último invitado y, de pronto, el silencio invadió la casa.
Los niños ya estaban dormidos, acurrucados en el sofá después de tanto trajín, y Briana los había llevado a sus habitaciones mientras yo recogía algunos vasos de vino.
Cuando regresó al comedor, nuestras miradas se encontraron. No hubo palabras al principio. Solo ese eco incómodo del comentario de antes, flotando entre nosotros.
Me aclaré la garganta, dejé la copa sobre la mesa y dije con firmeza:
—No tenías por qué escucharlo. Ese tipo es un imbécil.
Briana sonrió apenas, con timidez.
—Gracias por defenderme —murmuró—. Me incomodó mucho… pero cuando lo miraste así, supe que no se atrevería a seguir.
Me quedé viéndola. Tan serena y al mismo tiempo tan vulnerable, con el vestido negro que aún me quitaba la respiración. No pude evitar pensar, una vez más, que ella no pertenecía a este lugar solo como la niñera. Había empezado a ser mucho más.
El silencio se hizo largo, hasta que ella suspiró y dijo:
—Voy a terminar de ordenar la cocina.
Y se alejó, dejándome con un nudo en el pecho y la certeza de que, si no empezaba a controlar lo que sentía, esa atracción iba a desbordarme más pronto que tarde.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce