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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me contrato para traducir el corazón de su amante.

Terminé enamorándome de él.

Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.

Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.

Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.

Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.

Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...

Caeleen seguirá amando a otro.

Y él habrá perdido todo.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ECO DE LA TORMENTA.

La ruptura con Caeleen fue un alivio agrio, como el café recalentado que Azren llevaba días bebiendo sin ganas. Durante las primeras cuarenta y ocho horas, caminó por la ciudad con la extraña sensación de que le habían extirpado un órgano que no sabía que necesitaba. Dolía, sí, pero al menos podía respirar. Ya no escaneaba cada café, cada calle, cada grupo de gente buscando esa silueta imposiblemente alta, esos hombros que parecían ocupar más espacio del que les correspondía.

Leo, al verlo aparecer en la clínica con una excusa ridícula ("venía a ver si tenías aspirinas"), lo miró con esa mezcla de resignación y alivio que solo un amigo de quince años puede permitirse.

—Finalmente dejaste de jugar a la ruleta rusa emocional —dijo, sin dejar de ordenar vendas—. Ahora solo tienes el tinnitus de la explosión. Duele, pero no te va a matar.

—No sabía que habías hecho la carrera de psicología —murmuró Azren, hundiéndose en la silla de la recepción.

—Con tal de salvar tu culo, me hago hasta teólogo. —Leo le lanzó una mirada rápida—. ¿Estás bien? ¿O solo estás vivo?

Azren pensó en la pregunta. No sabía la respuesta. Estaba ahí, respiraba, se movía, iba a trabajar. Pero una parte de él seguía en ese pasillo, sintiendo la presión de los dedos de Caeleen en su antebrazo, viendo esos ojos ámbar oscurecerse por la incredulidad cuando le dijo que no.

—Vivo —respondió al fin—. Supongo que es suficiente.

No lo era, y ambos lo sabían.

La primera señal de que el huracán no se había alejado, solo estaba reorganizándose, llegó un martes por la mañana.

Azren preparaba su clase de literatura del Siglo de Oro en la sala de profesores, rodeado de fotocopias y café frío, cuando un revuelo en el pasillo lo sacó de su letargo. Voces juveniles, risas nerviosas, ese tono agudo que los alumnos adoptan cuando ocurre algo que rompe la monotonía del instituto.

Un par de alumnos de último año asomaron la cabeza por la puerta, con los ojos desorbitados y esa mezcla de vergüenza y excitación que precede a un cotilleo monumental.

—Profesor Liáng —dijo una de ellas, sin poder contener una risita—. ¿Sabe quién está en la entrada?

Azren sintió un escalofrío antes de que pudiera procesar la información. La mano le tembló levemente sobre los papeles.

—No tengo idea —dijo, forzando una normalidad que no sentía.

—¡Es Caeleen Valkrum! —explotó el otro alumno, incapaz de contenerse—. El de los Valkrum Royals. En persona. Está ahí fuera, como esperando a alguien. Con un cochazo negro. Todo el mundo está flipando, hay gente sacando fotos.

El nombre cayó como una bomba en la sala de profesores. Dos compañeros levantaron la vista, intrigados. Una profesora de historia, la señora Molina, dejó el café y se asomó a la ventana con una curiosidad que no se molestó en disimular.

—¿El de la portada de Marca Deportiva? —preguntó, sin disimular su interés—. El de los ochenta millones.

—¡Ese mismo! —confirmó el alumno, disfrutando de su momento de gloria—. Está apoyado en su coche, con unas gafas de sol que valdrán más que mi piso.

Azren se quedó helado. Caeleen. En el instituto. No en una biblioteca discreta, no en un café anónimo. Aquí. En su territorio. El lugar donde Azren no podía esconderse, no podía huir, no podía evitar ser encontrado.

La imagen era casi absurda: Caeleen Valkrum, el MVP de la temporada, el hombre cuyas imágenes aparecían en vallas publicitarias y entrevistas en horario estelar, plantado frente a un instituto de barrio, apoyado contra su deportivo negro, esperando.

¿A qué? ¿A quién?

La respuesta era obvia. Y aterradora.

—Bueno, pues que disfruten del espectáculo —dijo Azren, con una voz que le sorprendió por lo normal que sonaba—. Yo tengo clase.

Salió de la sala de profesores sin mirar atrás, aunque cada célula de su cuerpo le pedía asomarse, comprobar, ver con sus propios ojos si era real. No lo hizo. Caminó hacia su aula con paso firme, cerrando la puerta a sus espaldas y apoyándose en ella un segundo, solo un segundo, para recuperar el aliento.

Los alumnos no hablaban de otra cosa en toda la mañana. El nombre de Caeleen Valkrum flotaba en los pasillos, en los baños, en los murmullos entre clase y clase. Azren fingió indiferencia, explicó a Quevedo con una frialdad que ni él mismo sabía que poseía, y esperó.

Cuando salió, horas después, el coche negro ya no estaba. Pero la imagen permanecía, grabada a fuego en su mente.

La segunda señal llegó con la voz de Leo, esa tarde, a través del teléfono. Su tono no era el habitual, no había sarcasmo ni resignación cómplice. Había algo nuevo: una tensión que Azren no le había escuchado nunca.

—El Huracán hizo una visita de cortesía —dijo Leo, sin preámbulos.

Azren apretó el teléfono contra la oreja, el corazón ya acelerado.

—¿A la clínica?

—A primera hora. Vino a cancelar todas sus sesiones. Personalmente. En persona. No una llamada, no un mensaje. Vino él.

—¿Por qué? —la pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

—Dijo que era por cambios en la agenda. Que la temporada le exigía más tiempo. Pero, Az... —Leo hizo una pausa—. El hombro está bien. Me lo confirmó su fisio del equipo, casualmente lo conozco de unas jornadas. La lesión remitió hace semanas. Está perfectamente recuperado.

Azren parpadeó, procesando.

—Entonces, ¿por qué fue?

—Esa es la cuestión. No necesitaba venir. Podía haber cancelado por teléfono, por mail, por lo que fuera. Pero vino. En persona. Pagó todo lo que debía, y luego se quedó ahí. De pie, mirando el ventanal de las canchas. Como si esperara ver a alguien. Estuvo así un minuto, quizás dos. En silencio.

Azren sintió que la boca se le secaba.

—Y entonces —dijo Leo, bajando la voz—, como al descuido, como si se le hubiera ocurrido en ese momento, soltó: "¿Y ese profesor… tu amigo… ya no pasa por aquí?".

El mundo se detuvo.

—¿Qué le dijiste? —susurró Azren.

—La verdad. Que no, que su muñeca está más que bien. Que no tenía motivo para venir.

—¿Y él?

Otra pausa. Más larga.

—Asintió. Solo eso. Pero, Az, no era su cara de siempre. No era el enfado que esperarías de un tipo como él. Era… vacía. Como si le hubieran apagado algo por dentro. Y en un tío como Caeleen Valkrum, la derrota no parece tristeza. Parece… no sé. ¿Has visto un animal herido? El que está decidiendo si lamerse la herida o arrancarle la garganta a lo que lo lastimó. Pues eso.

Azren colgó minutos después, sin recordar cómo había terminado la conversación. Se quedó sentado en el borde de su cama, mirando la pared, procesando.

Caeleen no necesitaba ir. Fue a propósito. Usó la única excusa que le quedaba para pisar ese territorio, para estar cerca, para preguntar. Y cuando Leo le dijo que Azren no tenía motivo para volver, se quedó ahí, mirando las canchas vacías, como si esperara que la sola fuerza de su presencia lo hiciera aparecer.

No sabía manejar el rechazo. No estaba programado para eso. En su mundo, en su burbuja de éxitos, contratos y adoración masiva, la palabra "no" no existía. Y Azren le había dicho que no dos veces: primero al negarse a seguir ayudándolo, y ahora, al desaparecer.

No era un puente cortado. Era un territorio que se le había cerrado. Y para un hombre que operaba en términos de conquista y control, esa era una sensación desconocida. Y peligrosa.

Pero la tercera señal, la que realmente le partió algo por dentro, llegó un sábado.

Azren había ido al mercado de pulgas, ese laberinto de trastos viejos y olor a humedad que frecuentaba cuando necesitaba perderse. No buscaba nada en concreto. Solo quería ruido, colores, distracción. Algo que ahogara el zumbido constante de su propia cabeza.

Y entonces lo vio.

Estaba en un puesto de papelería antigua, al final de un pasillo estrecho. Su silueta era inconfundible: la delgadez elegante, el cabello rubio ceniza recogido de cualquier manera, la ropa sencilla que en él parecía cara solo por cómo la llevaba.

Darius.

Sostenía un sello de lacre entre sus manos finas, girándolo con una delicadeza que rozaba la ternura. La luz del sol de la tarde se filtraba entre los toldos y bailaba sobre sus dedos, sobre el metal gastado del objeto. Estaba absorto, completamente ajeno al bullicio del mercado. Era un hombre en su elemento, en paz.

Azren se quedó inmóvil detrás de una pila de muebles viejos, el corazón latiéndole con una fuerza ridícula. No era miedo. No era odio. Era algo más complejo: la necesidad de observar, de entender, de comprobar que el fantasma existía de verdad, en carne y hueso, y no solo en los sueños febriles de Caeleen.

Darius pagó. Guardó el sello en el bolsillo interior de su chaqueta con un cuidado que era casi amoroso. Iba a irse, pero algo lo detuvo. Algo, quizás el peso de una mirada, lo hizo volverse.

Sus ojos azules barrieron la plaza distraídamente. Pasaron sobre la gente, sobre los puestos, sobre las sombras. Y entonces, se encontraron con los de Azren.

Fue solo un segundo. Un instante.

No hubo reconocimiento en su mirada. No hubo sorpresa, ni hostilidad, ni nada parecido. Solo una leve curiosidad, la de alguien que nota que lo están mirando y se pregunta por qué. Un pequeño frunce en su frente serena. Luego, apartó la vista con una indiferencia total, como si Azren fuera parte del mobiliario, un extraño más en un mar de extraños.

Dio media vuelta y se perdió entre la multitud. Como un suspiro. Como un fantasma.

Azren se apoyó contra una columna, el aire escapándose de sus pulmones en un jadeo silencioso. Había visto a Darius. No al símbolo, no al objeto de deseo, no al fantasma que atormentaba a Caeleen. Al hombre. Al hombre real, de carne y hueso, que compraba sellos de lacre en un mercado de pulgas y llevaba una tristeza silenciosa en los hombros.

Un hombre atrapado.

Y en ese instante, todo el tablero se reconfiguró en su mente con una claridad desoladora.

Caeleen, la tormenta perfecta, dando vueltas cada vez más furiosas en un vacío que él mismo había creado, alimentándose de su propia obsesión, incapaz de ver que perseguía un espejismo. Y ahora, además, buscando excusas para estar cerca de quien le había dicho que no.

Darius, el jardín congelado, cultivando belleza en su jaula dorada, eligiendo la seguridad de una vida a medias antes que el vértigo de una vida entera.

León, el dique, quieto y resistente, acumulando grietas en silencio, esperando una explosión que sabía inevitable.

Y él, Azren, ya no estaba en medio.

Había logrado escapar del ojo del huracán. Estaba en la orilla, a salvo, viendo el espectáculo desde la distancia. Pero desde esa orilla, el desastre era aún más visible. Podía ver la mecánica perfecta de la tragedia, los engranajes que giraban sin pausa, la colisión inevitable entre la fuerza desesperada de Caeleen y la belleza atrapada de Darius.

Y era totalmente impotente.

Había cortado la conexión para salvarse. Pero al hacerlo, había perdido su único asiento en el teatro. Ahora solo le quedaba esperar, desde la distancia segura y miserable, a que la tormenta que había ayudado a avivar encontrara, por fin, su punto de explosión final.

Mientras caminaba de vuelta a casa, con el corazón pesándole como una losa, una pregunta le taladraba la cabeza:

¿Y si la explosión se llevaba a todos por delante?

¿Y si, cuando el polvo se asentara, no quedaba nada? Ni Caeleen, ni Darius, ni León. Solo escombros y silencio.

Y él, desde su atalaya segura, tendría que vivir con eso. Con haber visto el desastre venir y no haber podido hacer nada para evitarlo.

O peor aún: con haber sido, sin quererlo, uno de los que encendieron la mecha.

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;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Thalia
Me encantó, me llegue a enamorar de los personajes, de la trama, de todo. Recomendada 😭
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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