El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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El susurro antes del frío
Esa noche regresaron al hotel con el corazón ligero.
Bogotá ya no parecía tan gris. Incluso el cielo, cubierto de nubes, se sentía menos pesado después de las risas compartidas.
Arithsa se dejó caer sobre la cama mirando al techo.
—Hoy ganamos —dijo con una sonrisa tranquila.
Adrián se quitó los zapatos y la observó.
—¿Ganamos qué?
—Lo que intentaron mover.
Él se acercó y se sentó a su lado.
—No sabía que era una competencia.
—Para nosotros no lo es —respondió ella—. Pero para alguien más… sí.
Adrián pasó la mano por su cabello, acomodándolo detrás de su oreja.
—No voy a permitir que nadie entre entre nosotros.
Arithsa lo miró con esa calma firme que siempre parecía sostenerlo.
—No tienen que entrar entre nosotros.
—¿Entonces?
—Solo necesitan entrar en tu cabeza.
El silencio que siguió fue distinto.
No incómodo.
Pero más profundo.
Adrián la besó suavemente, buscando apagar cualquier sombra con cercanía. Y durante un rato lo logró. Se abrazaron bajo las sábanas, conversando en voz baja, compartiendo pensamientos pequeños, recordando anécdotas absurdas del día.
La risa volvió.
La conexión estaba intacta.
Pero cuando la madrugada cayó y el sueño los alcanzó, algo cambió.
No afuera.
Adentro.
Adrián comenzó a soñar.
No era un sueño claro.
Era fragmentado.
Caminaba por un pasillo largo, completamente blanco. Sin puertas. Sin ventanas. Solo luz fría.
Escuchaba pasos detrás de él.
Pero cuando volteaba, no había nadie.
Luego, al fondo del pasillo, veía a Arithsa.
De pie.
Sonriendo.
Intentaba acercarse, pero el suelo se volvía resbaladizo bajo sus pies.
Frío.
Cada paso costaba más.
—Adrián… —la voz de Arithsa sonaba lejana, distorsionada.
Intentó correr.
No pudo.
El suelo comenzó a cubrirse de una capa delgada de hielo transparente.
Sus manos también comenzaron a sentirse frías.
Quiso llamarla.
Pero su voz no salió.
Despertó de golpe.
Respirando con dificultad.
La habitación estaba oscura y silenciosa.
Arithsa dormía a su lado, tranquila.
Adrián se incorporó lentamente, pasando la mano por su rostro.
Era solo un sueño.
Nada más.
Pero la sensación de frío permanecía en su pecho.
Miró sus manos.
Temblaban ligeramente.
Sacudió la cabeza y se recostó nuevamente, intentando ignorarlo.
No sabía que, a kilómetros de allí, Helena estaba despierta.
No realizando aún ningún ritual.
Pero sí concentrada.
Sentada frente al libro antiguo, con una vela encendida esta vez.
No había iniciado nada formal.
Solo leía en voz baja fragmentos que hablaban de vínculos energéticos.
De sueños compartidos.
De cómo el subconsciente puede abrir puertas antes que el corazón.
Helena no había lanzado hechizo alguno.
Pero estaba aprendiendo el ritmo de Adrián.
Su mente.
Su patrón de pensamiento.
—Primero el sueño —susurró.
Cerró el libro.
No necesitaba más por ahora.
A la mañana siguiente, Adrián parecía más serio.
No distante.
Pero sí introspectivo.
Arithsa lo notó mientras se preparaban para el desayuno.
—Dormiste mal —dijo sin preguntar.
Él dudó.
—Solo fue un sueño extraño.
Ella se acercó.
—¿Sobre qué?
Adrián la miró unos segundos.
No quería parecer exagerado.
—Nada importante. Solo… frío.
La palabra quedó flotando.
Arithsa frunció levemente el ceño.
—¿Frío?
Él asintió.
—Es ridículo.
Ella tomó su mano.
Estaba cálida.
—No ignores lo que sientes.
Adrián intentó sonreír.
—No empieces a buscar señales donde no las hay.
Pero mientras salían de la habitación, algo lo hizo detenerse.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Rápido.
Intenso.
Y desapareció.
Miró alrededor.
Nada.
Solo el pasillo del hotel.
Sin embargo, por primera vez desde que llegó a Bogotá…
Sintió que algo lo estaba tocando desde adentro.
No dolor.
No miedo.
Solo una sensación de hielo expandiéndose muy lentamente.
Helena, desde su apartamento, observaba la ciudad con calma.
No sonreía.
No celebraba.
Sabía que aún no había hecho nada irreversible.
Pero el subconsciente es la puerta más frágil del ser humano.
Y una vez que el frío entra en los sueños…
Es cuestión de tiempo para que alcance el corazón.