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El Regreso De La Princesa

El Regreso De La Princesa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Matrimonio arreglado / Mitos y leyendas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: vane sánchez

"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris

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Capítulo 23: El Paseo al Mar

La mañana siguiente amaneció tan radiante como la anterior, como si el cielo mismo quisiera borrar cualquier rastro de tensión que hubiera quedado tras la ceremonia. El sol se elevaba sobre el mar pintando el agua con tonos dorados y naranjas, y las gaviotas volaban en círculos sobre el palacio, saludando al nuevo día con sus graznidos alegres.

Lyra había dormido mejor de lo que esperaba. Quizás fue el cansancio, quizás la tranquilidad de saber que Adrián estaba cerca, quizás la simple certeza de que, a pesar de las sombras que se movían en los márgenes de su vida, aquel era un día para la luz. Se levantó con el sol, se vistió con ropa cómoda para el paseo —un vestido azul claro de lana fina, botas altas y una capa gris—, y se dirigió al gran patio donde todos se estaban reuniendo.

El emperador Valerius había preparado una pequeña comitiva para el paseo. No era una procesión oficial, sino una excursión familiar, íntima, de esas que tanto valoraba. Habría caballos para los adultos, un carruaje pequeño para los niños, y una carreta con provisiones para pasar el día junto al mar.

Rafael ya estaba montado en el caballo de un guardia, con una sonrisa tan grande que parecía que se le iba a partir la cara. Llevaba una chaqueta azul marino que le había regalado su tío Valerius, y un gorro de lana que le cubría las orejas.

—¡Lyra! ¡Lyra! —gritó al verla—. ¡Vamos a ver las ballenas!

—Sí, pequeño —respondió ella, acariciándole la cabeza—. Vamos a ver las ballenas.

Elara estaba sentada en el carruaje junto a Isolda, con su muñeca de trapo apretada contra el pecho y sus ojos azul grisáceo observando todo con esa calma que la caracterizaba. No decía nada, pero cuando Lyra se asomó por la ventanilla para saludarla, la niña sonrió y extendió una manita para tocar su cabello blanco.

—Bonito —dijo.

—Gracias, pequeña —respondió Lyra, besándole la frente.

Eryndor ya estaba montado en su caballo, con Cassian a su lado. El asistente del príncipe heredero vestía de gris oscuro, como siempre, y su mirada verde recorría el patio con esa atención perpetua que lo caracterizaba. Parecía tranquilo, pero Lyra sabía que no dejaba de vigilar.

Adrián llegó unos minutos después, montando un caballo negro de pura raza. Vestía una túnica azul oscuro, más informal que las ropas ceremoniales del día anterior, y sobre los hombros llevaba una capa corta de terciopelo. Su cabello oscuro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos grises brillaban con una alegría que Lyra rara vez le veía.

—¿Listos? —preguntó, sonriendo.

—Listos —respondió Eryndor.

—¡Listos! —gritó Rafael.

El emperador Valerius y el rey Alaric cabalgaban al frente, conversando animadamente. Lyra, que había decidido montar a caballo en lugar de ir en el carruaje, se colocó entre Adrián y Eryndor.

La comitiva partió entre vítores de los sirvientes y las miradas curiosas de los nobles que aún permanecían en el palacio. Cruzaron las puertas de Aureopolis y tomaron el camino que bordeaba los acantilados, con el mar brillando a su izquierda y las colinas doradas a su derecha.

 

El Camino

El paseo fue tranquilo, salpicado de conversaciones y risas. Rafael no paraba de hacer preguntas: que si las ballenas eran más grandes que su poni, que si podía tocar una, que si se podía montar en una. Adrián respondía con paciencia, inventando historias cada vez más absurdas que hacían reír a todos.

—Las ballenas son tan grandes —decía— que cuando saltan, tapan el sol. Y cuando cantan, las montañas tiemblan.

—¡No es cierto! —protestaba Rafael, aunque sus ojos brillaban de emoción.

—Es cierto —intervenía Lyra, siguiéndole el juego—. Y si te portas bien, quizás una te deje subir a su lomo.

—¿De verdad?

—No —respondía Adrián, riendo—. Pero está bien soñar.

Elara, desde el carruaje, observaba el mar con sus grandes ojos. De vez en cuando, señalaba algo —una gaviota, una ola, un barco a lo lejos— y murmuraba una palabra: "pájaro", "agua", "barco". Isolda la besaba en la cabeza y le explicaba lo que veía, con una paciencia infinita.

Eryndor cabalgaba en silencio, disfrutando del paisaje. A su lado, Cassian aprovechaba para señalarle puntos estratégicos de la costa: calas donde podrían desembarcar enemigos, acantilados desde los que sería fácil defender la ciudad, rutas de escape en caso de ataque. El príncipe heredero asentía, aprendiendo, absorbiendo cada detalle.

Lyra, mientras tanto, observaba a su padre y al emperador. Hablaban en voz baja, demasiado baja para que ella pudiera oír, pero sus gestos eran relajados, casi amistosos. La alianza entre Valdris y Aurelia parecía sólida. Por ahora.

"¿Crees que hablen del baile?", preguntó Lunaria en su mente.

"Seguro. Mi padre casi se muere ayer."

"Pobrecito. No sabía lo que significaba."

"Nosotros tampoco. ¿Crees que se lo creerán?"

"Son sus padres. Los quieren así que les creerán."

Lyra esperaba que así fuera.

 

El Mirador de las Ballenas

Después de una hora de camino, llegaron a un mirador natural, un promontorio de roca blanca que se adentraba en el mar como un dedo acusador. Desde allí, la vista era impresionante: el océano se extendía hasta el horizonte, azul profundo y salpicado de reflejos plateados. Las olas rompían abajo con un rumor constante, y el viento traía olor a sal y a algas.

—¡El mar! —gritó Rafael, saltó del caballo antes de que nadie pudiera ayudarlo—. ¡El mar!

Corrió hacia el borde del acantilado, pero Cassian lo alcanzó en dos zancadas y lo levantó en vilo antes de que pudiera acercarse demasiado.

—Con cuidado, pequeño —dijo, con una firmeza que no era severa—. Los acantilados son peligrosos.

—¡Pero quiero ver las ballenas!

—Las verás. Desde aquí, con un adulto.

Rafael hizo un puchero, pero se quedó quieto en los brazos de Cassian, escudriñando el horizonte con sus ojos azules.

Elara, en brazos de Isolda, también miraba el mar, pero con más calma.

Los adultos se dispersaron por el mirador, cada uno buscando un lugar desde el que observar. El emperador Valerius se acercó al borde del acantilado, con las manos en la espalda y la mirada perdida en el horizonte. Alaric se colocó a su lado, y los dos hombres se quedaron en silencio un rato, compartiendo la grandeza del paisaje.

Lyra los observaba desde lejos, con una mezcla de curiosidad y aprensión. Sabía que en algún momento tendría que enfrentar la conversación sobre el baile.

No tuvo que esperar mucho.

—Lyra, Adrián —llamó Alaric, girándose hacia ellos—. Vengan un momento.

Los dos jóvenes intercambiaron una mirada y se acercaron. Eryndor, que estaba cerca, hizo ademán de seguirlos, pero Alaric negó con la cabeza.

—Tú quédate, hijo. Esto es con ellos.

Eryndor asintió y se quedó donde estaba, aunque sus ojos azules seguían cada movimiento de su hermana con atención.

 

La Conversación

Alaric y Valerius estaban sentados en unas rocas planas, con el mar de fondo. Isolda se había quedado con los pequeños, pero de vez en cuando lanzaba una mirada hacia ellos, curiosa.

—Sentados —dijo Alaric, señalando dos piedras frente a ellos.

Lyra y Adrián obedecieron. Lyra notaba la tensión en los hombros de su padre, la forma en que sus dedos se aferraban a sus rodillas. Valerius, en cambio, parecía más relajado, casi divertido.

—Queremos hablar de lo de anoche —comenzó Alaric—. Del baile.

Lyra tragó saliva. Adrián, a su lado, se mantenía impasible, aunque ella notaba que sus manos estaban ligeramente apretadas.

—Papá, yo...

—Déjame terminar —la interrumpió Alaric, con voz suave pero firme—. No estoy enfadado. Solo... preocupado. Y confundido.

—Nosotros también —intervino Adrián—. Por eso queremos explicarlo.

Alaric lo miró largamente.

—Explica, entonces.

Adrián respiró hondo.

—Majestad, ni Lyra ni yo sabíamos lo que significaba el primer baile. En serio. Nadie nos lo había dicho. Para nosotros, era solo... un baile. El primero de la noche, sí, pero nada más.

—¿Nadie se los dijo? —preguntó Valerius, con una ceja levantada.

—No —respondió Lyra con firmeza—. En Valdris nunca se me enseñó esa tradición. Y Adrián... bueno, Adrián ha estado en la academia los últimos años.

Valerius asintió, pensativo.

—Es cierto. La academia no enseña protocolo de ceremonias. Eso se aprende en casa, y él ha estado fuera.

Alaric suspiró, frotándose la frente.

—Entonces, ¿fue solo un malentendido?

—Solo un malentendido —confirmó Adrián—. Lyra es mi mejor amiga. La elegí porque confío en ella, porque sabía que no iba a tomárselo a mal. No porque quisiera... lo que todos pensaron.

—¿Y tú, Lyra? —preguntó Alaric, mirándola a los ojos—. ¿Tú qué sentiste?

Lyra sostuvo la mirada de su padre.

—Sentí que bailaba con mi amigo. Nada más. Adrián es... es como un hermano para mí. O como un primo. Alguien de confianza. Pero no... no de esa manera. No aún. Y quizás nunca.

Alaric la miró largamente. En sus ojos azules, Lyra vio cómo la preocupación cedía paso al alivio, y cómo el alivio se transformaba en orgullo.

—Eres muy sensata para tu edad —dijo finalmente.

—Lo sé —respondió Lyra, con una sonrisa pequeña—. Pero me gusta que te acuerdes.

Valerius rió, una risa franca que rompió la tensión.

—Bueno, pues ya está. Malentendido aclarado. ¿Podemos volver a ver las ballenas?

—Todavía no —dijo Alaric, mirando a Adrián—. Quiero que me prometas algo.

—Lo que sea, majestad.

—Que si alguna vez, en el futuro, sientes algo por mi hija, vendrás a decírmelo. A la cara. Como un hombre. Y no me enteraré por un baile o por rumores.

Adrián asintió con seriedad.

—Se lo prometo, majestad. Si alguna vez eso ocurre —y al decirlo, sus ojos grises se encontraron brevemente con los color miel de Lyra—, se lo diré. A la cara. Como un hombre.

—Bien —dijo Alaric, levantándose—. Ahora sí, vamos a ver las ballenas.

 

Las Ballenas

El resto de la mañana fue mágico.

Las ballenas aparecieron poco después del mediodía, como si hubieran estado esperando a que la conversación terminara. Primero fue un chorro de vapor, alto como una torre, luego una masa oscura emergiendo del agua, y finalmente, el salto.

Rafael chilló de emoción, señalando con el dedo tembloroso.

—¡Ballena! ¡Ballena! ¡Lyra, mira, una ballena!

Lyra lo sostenía en brazos para que pudiera ver mejor, y reía al ver la expresión de asombro en su rostro.

—La veo, pequeño. La veo.

Elara, en brazos de Isolda, también miraba, pero en silencio. Sus ojos azul grisáceo seguían a las ballenas con una intensidad que desconcertaba.

Eryndor se había acercado al borde del acantilado, con Cassian a su lado. Los dos observaban el espectáculo en silencio, compartiendo la grandeza del momento.

—Nunca había visto algo así —dijo Cassian, en voz baja.

—Yo sí —respondió Eryndor—. Hace años, cuando vine con Adrián. Pero sigue siendo impresionante.

—Lo es.

Adrián, mientras tanto, se había quedado un poco apartado, mirando el mar. Lyra se acercó a él con Rafael en brazos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondió él—. Solo... pensaba.

—¿En qué?

—En lo que dijo tu padre. De que si alguna vez siento algo, se lo diga a la cara.

Lyra lo miró con curiosidad.

—¿Y sientes algo?

Adrián la miró largamente. Sus ojos grises, a veces tan fríos, ahora estaban llenos de una calidez que Lyra no recordaba haberle visto.

—Siento que eres mi mejor amiga —dijo finalmente—. Y que no quiero perder eso. Nunca.

Lyra sonrió.

—No lo perderás. Te lo prometo.

Rafael, que había estado mirando las ballenas, se giró hacia ellos de repente.

—¿Lyra y Adrián se van a casar? —preguntó, con la inocencia de sus cinco años.

Lyra y Adrián se miraron, y ambos estallaron en risas.

—No, pequeño —respondió Lyra—. Solo somos amigos.

—Ah —dijo Rafael, como si fuera la cosa más normal del mundo—. Pues yo quiero una ballena.

Y volvió a mirar el mar, dejando a los dos jóvenes riendo a su costa.

 

El Regreso

La tarde comenzó a caer, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas, cuando decidieron regresar. Los niños estaban agotados, especialmente Rafael, que se había pasado las últimas horas corriendo de un lado a otro, señalando ballenas y haciendo preguntas.

Elara se había dormido en el regazo de Isolda, con su muñeca de trapo aún apretada contra el pecho.

El viaje de regreso fue más tranquilo. Los adultos cabalgaban en silencio, disfrutando del paisaje, mientras los jóvenes conversaban en voz baja.

Lyra, montada en su caballo, se sentía en paz. Las preocupaciones sobre Varen Crain, las sombras que se movían, las pesadillas con Selene... todo parecía lejano, como si el mar hubiera lavado sus miedos.

—¿Contenta? —preguntó Adrián, acercándose a ella.

—Sí —respondió—. Y tú.

—También.

—¿Crees que tu padre y el mío volverán a hablar del baile?

—Probablemente. Pero ya no importa. Hemos aclarado el malentendido.

—¿Y si no nos creen del todo?

Adrián sonrió, una sonrisa pícara.

—Pues entonces tendremos que portarnos muy bien para que no tengan motivos para preocuparse.

—¿Tú? ¿Portándote bien?

—Lo intentaré.

—No te creo.

—Ni yo.

Rieron, y el sonido de sus risas se mezcló con el rumor de las olas y el graznido de las gaviotas.

 

La Noche

Ya en el palacio, después de una cena ligera, todos se retiraron a descansar. Lyra se quedó un rato en el balcón de su habitación, mirando la luna.

La luna estaba alta, brillante, derramando su luz plateada sobre el mar.

"¿Estás bien?", preguntó Lunaria.

"Sí. Hoy ha sido un buen día."

"Lo ha sido. Merecido."

"¿Crees que podremos tener más días así? ¿O las sombras los van a devorar?"

"Depende de ti. De nosotros. De todos los que luchan a tu lado. Pero hoy... hoy no pienses en eso. Hoy solo recuerda las ballenas, las risas, el mar."

Lyra sonrió.

"Tienes razón. Hoy solo recuerdo eso."

Se quedó un rato más, mirando la luna. Luego, se metió en la cama y cerró los ojos.

Soñó con ballenas que volaban sobre el mar, con niños que reían, con un futuro que aún no estaba escrito.

Y durmió tranquila.

Por primera vez en mucho tiempo.

1
Mónica Aulet
Cassian nunca debió dejarla ir a la reunión así que se aguante
Rosa Nazario
Que lira se enamore de Adrian y sean felices de verdad
Rosa Nazario
Que no se case escritora, seguro es una trampa de ese duque
Mónica Aulet
Es momento de dejar atrás otros sentimientos, otras personas. Y aceptar lo nuevo
Rosa Nazario
Me encantó este capítulo, nunca e visto ballenas en la vida real solo en películas pero son hermosas
Mónica Aulet
Es momento de dar vuelta la página, porque sigo pensando que no es justo para Adrián.
Rosa Nazario
Excelentes fotos me encantaron, y la novela esta super 👏
Rosa Nazario
Un excelente comienzo 👏
Mónica Aulet
No me parece justo para Adrián .
norielis hurtado
más capitulos porfavor
Gloria Alejandra Rodríguez Francisco
No podríamos meter el Cassian a un calabozo por tarado?
norielis hurtado
más capitulos porfavor
Sesia Salinas
Excelente comienzo
Mónica Aulet
Ojalá le dé una oportunidad a Adrián, creo que el la ama pero no dice nada
Mónica Aulet
Perdieron mucho tiempo y estoy segura que ese duque es el que está moviendo los hilos detrás de escena.
Myriam: Estoy de acuerdo es el traidor junto a la hija, ojalá se descubra la verdad y los cuelguen
total 2 replies
Myriam
Muy buena la narrativa de este capitulo, me recuerda cuando estuve en el avistamiento de ballenas en Buenaventura, fue mi primera vez que las vi... Es algo espectacular e inolvidable... Felicitaciones escritora su nevala esta muy interesante, sin errores de ortografía y buena narracion... 👏
Karen Xochipa León
Es una historia que te atrapa en el momento que quieres leer algo diferente algo nuevo /Smile//Smile//CoolGuy/ algo más, espero con ansias los demás capitulos.
Karen Xochipa León
ahhh ☺️👏🥰🥰 me gustó la ame mucho espero con ansias los demás capitulos es una historia diferente que allá leído te atrapa desde el primer capítulo ☺️👏👏
Mónica Aulet
Muy buen comienzo!!!!
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