Una historia de amor juvenil en la que Valentina Ferrer, una chica de 18 años de un pueblo costero, y Mateo Ibarra, un joven de 19 que huye del peso del escándalo de su familia, descubren que el amor verdadero no se trata de escapar del pasado, sino de enfrentarlo juntos para poder quedarse.
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Donde Empieza el Mar
...Capítulo 7...
El sol de la mañana iluminaba el pequeño pueblo de Puerto Lumbre mientras Valentina caminaba hacia la universidad con la sensación de que cada paso la acercaba más a algo que no podía definir. Su mente seguía repasando los gestos y palabras de Mateo, que la habían hecho sentir que su mundo estaba cambiando de manera silenciosa y definitiva.
Al llegar al aula, lo vio inmediatamente. Mateo estaba apoyado contra la pared, revisando unos apuntes. Sus ojos se encontraron por un instante, y la sonrisa que él le ofreció hizo que su corazón se acelerara sin control. No necesitaban palabras todavía; la conexión estaba en el aire, palpable y silenciosa.
Durante la clase, pequeños detalles comenzaron a marcar la diferencia. Cada vez que Mateo le pasaba un lápiz o compartía algún comentario sobre la lectura, Valentina sentía un calor extraño que subía por su pecho. Todo parecía más intenso, más real. Incluso los murmullos de los demás estudiantes pasaban desapercibidos; para ella, solo existía él.
Pero no todo era tan simple. Algunos compañeros, curiosos y algo celosos de la atención que Valentina le prestaba a Mateo, comenzaron a lanzar comentarios discretos:
—Vaya, parece que ya se conocen muy bien.
—Dicen que él es de la ciudad… seguro piensa que aquí todo es aburrido.
—¿Lo viste mirándola otra vez?
Valentina intentó ignorarlos, aunque sentía cómo su presencia la hacía consciente de que ahora eran observados. Mateo lo notó, y con un gesto suave le ofreció una sonrisa tranquilizadora, como diciendo: “No importa lo que digan”.
Al salir del aula, decidieron caminar juntos hacia la cafetería. La brisa marina acariciaba sus rostros y despeinaba ligeramente sus cabellos. Había algo en esa caminata que hacía que el tiempo pareciera detenerse, que cada paso tuviera un peso diferente, lleno de significado.
—A veces pienso que este lugar no es tan pequeño como parece —dijo Mateo, rompiendo el silencio mientras observaba el mar desde el malecón—. Tiene algo que no esperaba.
—Sí… —respondió Valentina, con una leve sonrisa—. Incluso aunque sea pequeño, puede sorprender.
Se sentaron en un banco frente al mar, dejando que el sonido de las olas acompañara su conversación. No hablaban de cosas triviales; cada palabra, cada mirada, parecía cargada de significado. Valentina sentía que podía confiar en él de manera natural, aunque apenas lo conocía.
—Mañana podríamos estudiar juntos antes de clase —propuso Mateo al final, mientras se levantaban—. Así no solo compartimos el camino, también el tiempo.
—Está bien —aceptó Valentina, con el corazón latiendo rápido—. Me parece bien.
Mientras caminaba a casa, con el cielo pintado de naranja y violeta, Valentina comprendió que algo en su interior había cambiado. El mar, que había sido testigo de tantos años de su vida, parecía susurrarle que no dejara escapar lo que estaba comenzando.
Esa noche, antes de dormir, mientras la luz de la luna iluminaba su habitación, pensó en Mateo y en la sensación de que, por primera vez, estaba dispuesta a dejar que alguien entrara en su mundo sin reservas. Su corazón latía con una mezcla de emoción y temor, pero estaba lista para arriesgarse.
El mar seguía susurrando, y Valentina sonrió al pensarlo: su vida ya no sería la misma, y por primera vez, no quería que lo fuera.