Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL DESPLIEGUE DE LO ELEGIDOS
En distintos rincones del mundo, los cuatro hermanos elegidos combatían la oscuridad que se extendía como una plaga viva, unidos por un mismo propósito aunque separados por la distancia: proteger a los inocentes y contener el avance del infierno sobre la humanidad. Cada uno luchaba a su manera, adaptándose al terreno, al enemigo y al instante, pero el vínculo que los sostenía era el mismo. El cielo, la tierra, el fuego y la fe se manifestaban en ellos como armas vivientes.
Sobre las aldeas rocosas de Torreón, el cielo se había teñido de rojo y ceniza. Jael se movía entre las alturas con precisión letal, saltando de techo en techo mientras las gárgolas lo rodeaban en espiral descendente. Sus alas de piedra cortaban el aire con chillidos agudos, desprendiendo polvo y fragmentos de tejas rotas que caían como lluvia
gris sobre las calles.
—¡Conmigo, ahora! ¡Aléjense del pueblo y no miren atrás! —ordenó Jael con autoridad firme, sin rastro de duda.
Una gárgola se lanzó contra una casa donde aún se oían gritos. Jael descendió como un rayo, su puño envuelto en fuego interno impactó el torso de la criatura y la desvió violentamente hacia una colina vacía que estalló en roca y humo.
—No aquí… —murmuró entre dientes, apretando la mandíbula—. No con civiles cerca.
Otra criatura cayó sobre él desde lo alto. Jael rodó
por el suelo, se incorporó con fluidez y liberó una ráfaga de energía ardiente que quebró las alas del demonio, haciéndolo estrellarse contra la roca en una lluvia de escombros.
Desde abajo, una voz temblorosa se alzó entre el caos.
—¡Ayúdenos! ¡Van a destruirlo todo!
Jael levantó la vista apenas un segundo, evaluando distancias, rutas, riesgos.
—¡Corran hacia el valle! ¡Manténganse juntos! ¡Yo los mantendré ocupados!
Con un salto poderoso volvió a elevarse, desplazándose hacia terreno abierto, atrayendo la furia de las gárgolas como un faro encendido en medio de la tormenta.
En Monte Alto, el infierno caminaba entre casas en llamas. El humo espesaba el aire hasta volverlo casi sólido, y el calor abrasador hacía vibrar el horizonte.
Dervían avanzaba entre los escombros levantando vigas, cargando heridos sobre sus hombros y empujando a los sobrevivientes hacia un refugio improvisado detrás de una muralla parcialmente derrumbada.
—¡Por aquí! ¡No se separen! ¡Respiren, sigan mi voz! —ordenó con firmeza serena.
Del fuego emergieron figuras alargadas con fauces negras y alas envueltas en llamas. Sus ojos ardían con un odio antiguo.
—Dragones… —susurró Dervían con el ceño fruncido—. Demonios con forma de dragón.
Uno rugió y lanzó una llamarada directa hacia los aldeanos. Dervían giró y alzó el brazo; un escudo de energía dorada se expandió frente a él absorbiendo el impacto con un estruendo luminoso.
—¡Detrás de mí! ¡Nadie se mueva!
Entre el humo se oyó un grito desesperado.
—¡Aquí! ¡Por favor, aquí!
Una mujer estaba atrapada bajo una viga ardiendo. Dervían corrió hacia ella sin vacilar, bloqueó otro ataque con su barrera y levantó el madero con fuerza sobrehumana, apartándolo de un solo impulso.
La mujer, cubierta de hollín, lo miró con lágrimas en los ojos.
—Gracias… pensé que iba a morir…
Dervían sostuvo su mirada con calma firme.
—Mientras yo respire, nadie aquí morirá solo.
La ayudó a incorporarse y la guió hacia los demás.
—Busquen refugio. No miren atrás. Yo los mantendré a salvo.
Giró entonces, tomó una varilla retorcida del suelo y la lanzó con precisión implacable. El metal atravesó el cuello de uno de los demonios, que cayó envuelto en cenizas ardientes.
—Fe sobre furia —murmuró antes de avanzar un paso más hacia el fuego—. Y no retrocederé.
En Althara, Maion estaba rodeado.
Criaturas humanoides con rostros de cabra avanzaban en oleadas interminables, empujándose unas a otras, gruñendo con voces ásperas y profundas. Maion descargaba su fuerza en golpes sólidos y precisos, moviéndose con agilidad sorprendente , pero por cada enemigo que caía, dos más ocupaban su lugar.
—¿De dónde salen tantos…? —gruñó, apartando a uno de un codazo.
Uno lo embistió por el costado. Otro le sujetó el brazo. Un tercero se lanzó a sus piernas.
El suelo se le vino encima.
Maion cayó de rodillas, jadeando, con el peso de los cuerpos presionándole el pecho. La tierra raspó su rostro mientras las risas guturales lo envolvían.
—No puedo caer… —murmuró entre dientes—. No ahora… todavía me necesitan…
Intentó incorporarse, pero una garra lo empujó de nuevo hacia abajo.
Entonces el sonido del combate cambió.
Un monstruo salió despedido varios metros. Otro cayó con el cuello torcido antes de tocar el suelo.
Entre el humo y el polvo aparecieron dos siluetas. Sus ropas eran simples y gastadas, pero sus movimientos eran coordinados, seguros, letales.
Uno de ellos, con media sonrisa permanente, descargó un golpe que destrozó el cráneo de una criatura y exclamó con ligereza descarada:
—¡Eh, grandulón! ¡Cinco segundos más y empezábamos a cobrar por el rescate!
El otro avanzó con expresión concentrada, cada golpe medido con exactitud quirúrgica.
—Sagan, derecha —indicó con voz firme mientras partía el brazo de un enemigo—. Tú, levántate si quieres seguir respirando.
El peso desapareció.
Maion rodó y logró ponerse de pie, respirando con dificultad.
—¿Quiénes…? —preguntó sin bajar la guardia.
El más serio respondió sin apartar la vista del combate.
—Mathiel. Y ese imprudente es mi hermano Sagan. Guerreros de Althara.
Sagan esquivó un zarpazo con un movimiento elegante y guiñó un ojo a Maion.
—Imprudente, sí. Pero encantador. Y hoy especialmente heroico.
—Concéntrate —replicó Mathiel sin dureza, aunque claramente acostumbrado a aquello—. Son demasiados.
Sagan sonrió mientras lanzaba a una criatura contra otra.
—Relájate, hermano. Si el grandulón cae otra vez, lo levantamos. Trabajo en equipo, ¿recuerdas?
Mathiel suspiró apenas.
—Flanco izquierdo, Maion. Si coordinamos, avanzamos.
Maion respiró hondo, sintiendo cómo la determinación regresaba a sus músculos.
—Justo a tiempo —respondió, posicionándose junto a ellos.
Y los tres avanzaron como una muralla viva.
En Nueva Luninia, Gahiel combatía sin descanso. Del suelo emergían esqueletos una y otra vez, como engranajes de una maquinaria infernal que parecía no agotarse nunca; brazos descarnados rompían la tierra, cráneos vacíos se alzaban entre grietas ardientes y espadas oxidadas cortaban el aire con movimientos torpes pero constantes. Gahiel respondía con precisión brutal, cada golpe medido, cada desplazamiento eficiente, pulverizando huesos con impactos secos que convertían las oleadas en polvo disperso.
—Perfecto… —gruñó con media sonrisa torcida—. Apenas estoy calentando.
Pero entonces algo cambió.
El aire se volvió denso, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración. Un escalofrío le recorrió la espalda, no de miedo, sino de reconocimiento. El suelo vibró bajo sus pies con una frecuencia distinta, profunda, pesada, una presión invisible que comprimía el entorno y hacía que incluso los esqueletos titubearan en su avance.
Gahiel se detuvo, Cerró los ojos un segundo.
—Eso… ya es otra cosa.
Sintió la presencia. No era caótica como la horda. Era concentrada. Antiguamente poderosa. Sofocante. Una oscuridad que no se arrastraba desde grietas al azar, sino que emanaba desde un punto fijo, dominante, como el corazón de algo mucho mayor.
Abrió los ojos lentamente.
Los esqueletos volvieron a lanzarse sobre él.
Gahiel exhaló por la nariz, casi divertido.
—Bueno, ya estorban.
Lo que siguió no fue una pelea prolongada. Fue ejecución. Se movió como un vendaval controlado, disciplinado pero feroz; bloqueó una espada sin mirarla, giró sobre su eje y destrozó tres cráneos con un solo impacto, hundió el puño en el torso de otro y lo usó como proyectil contra los que venían detrás. No había esfuerzo excesivo, no había desgaste visible. En menos de lo que había tomado la horda formarse, el campo quedó cubierto de polvo blanco y fragmentos inertes.
Gahiel observó el terreno despejado y se sacudió restos de hueso del hombro.
—Genial… —dijo con una sonrisa más amplia—. Algo que sí vale la pena.
Giró el rostro hacia el horizonte, siguiendo aquella presión oscura que se sentía como una marea contenida. No venía del subsuelo inmediato. Provenía más allá, desde un punto elevado y distante cuya silueta comenzaba a recortarse entre la bruma rojiza del cielo.
Mientras tanto, en el hogar de los Elegidos, Aloriah permanecía arrodillada. Sus manos entrelazadas temblaban mientras sus labios susurraban una plegaria constante.
—Padre Celestial… protégelos… envía tus ángeles… cúbrelos bajo tus alas…
Albiel se acercó y colocó su mano sobre su hombro con firmeza serena.
—No temas, Aloriah. El Padre Celestial ya ha extendido Su protección. Donde habita la fe, la oscuridad solo puede observar desde lejos.
Ella cerró los ojos con mayor fuerza.
Afuera, el mundo parecía hundirse en sombras.
Pero dentro de aquella casa, la esperanza ardía sin extinguirse.
Y la guerra apenas comenzaba.