Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Pasado
Cuando los contadores se retiraron y la puerta del despacho se cerró suavemente detrás de ellos, el silencio cayó como una manta pesada sobre la habitación.
Florence se quedó inmóvil en el gran sillón de cuero. El olor a madera antigua y pergamino la rodeaba, y por un instante, la calma exterior fue reemplazada por un torbellino en su mente.
Porque entonces recordó.
Recordó los capítulos anteriores… los que narraban el comienzo de esa historia.
Casi podía ver la escena con la claridad de un sueño.
El duque Jason Evenson llegando a la mansión de la familia Dagger.
Un hombre alto, de hombros anchos y porte marcial. Su cabello claro recogía la luz del sol de una manera casi irreal, y sus ojos oscuros… aquellos ojos habían hecho suspirar a medio reino. Ojos profundos, serios, que parecían sostener el peso de mil secretos. Un rostro atractivo, demasiado atractivo… de esos que uno creería reservados para héroes trágicos.
Y lo era.
O al menos, así lo pintaba la novela.
Su carruaje negro y elegante se había detenido frente a la gran entrada de la mansión Dagger. Los sirvientes murmuraban. Las criadas se escondían tras las cortinas para verlo pasar. Era una visita demasiado importante como para pasar desapercibida.
Él no venía como invitado.
Venía a pedir una mano en matrimonio.
La suya.
Aún podía verse a sí misma.. la antigua Florence.. bajando las escaleras de mármol, con el corazón golpeándole el pecho como un pájaro atrapado. Vestida de tonos suaves, con sus manos pequeñas apretadas en nerviosa expectación. Sabía que él estaba allí por ella. Lo sabía. Todo el reino lo sabía.
Florence Dagger estaba enamorada del duque Evenson.
Y lo había estado por años.
Jason había saludado con elegancia impecable al barón Dagger, su padre. Había sido respetuoso, solemne, digno. Un hombre intachable. Y cuando expresó su deseo de casarse con ella, la sala quedó envuelta en un silencio reverente.
Su padre, el barón, sonrió satisfecho. No solo porque era una gran alianza… sino porque sabía que su hija menor estaba feliz.
Las dos hermanas mayores de Florence también se habían mostrado emocionadas, curiosas, llenas de cariño por ella. La rodearon esa noche, haciéndole bromas suaves, hablando de vestidos, flores, futuro.
Era un sueño.
Un cuento de hadas tejido con promesas.
Florence.. la Florence de aquel entonces.. miraba al duque con una devoción pura. Pensaba que aquel hombre de mirada seria y corazón valiente sería su compañero. Creía que, a su lado, su vida sería perfecta. Un matrimonio sólido, una familia cálida, una existencia compartida.
Creía que él la protegería.
Que caminarían juntos.
Que él la elegiría… siempre.
El recuerdo se quebró como cristal bajo un golpe.
Porque ahora, sentada en el despacho vacío, sabía la verdad.
Sabía que él ya tenía planes más grandes que su matrimonio.
Sabía que ya estaba dispuesto a sacrificar algo.. o a alguien.. por su causa.
Y ese “alguien” había sido ella.
El amor inocente que había sentido entonces… ahora dolía.
Dolía porque había sido real.
Apoyó los dedos en la superficie fría del escritorio y cerró los ojos un momento.
[Qué tonta eras..]
Había creído en una vida perfecta.
Había creído que el amor bastaba.
Había creído que su felicidad también importaba.
Pero para Jason Evenson… ella había sido solo una pieza en su tablero silencioso.
Una esposa que podía llorarlo.
Una viuda que podría soportar.
Un corazón que podía romperse en nombre del “bien mayor”.
Florence abrió los ojos.
Y en ellos ya no había ilusión.
Había claridad.
Había decisión.
Porque tal vez la Florence original lo perdonaría.
Pero ella no.
No esta vez.
El silencio del despacho se volvió más denso, casi tangible. El aire parecía detenido, como si hasta el polvo flotante se negara a moverse.
Florence miraba el vacío… pero en realidad veía recuerdos, promesas, escenas que nunca habían sido más que ilusiones.
Y entonces apretó los puños.
Con fuerza.
Tanto, que los nudillos se le pusieron blancos.
Porque ahora lo entendía.
Jason no había improvisado su desaparición.
No había sido un arrebato.
Había sido un plan cuidadosamente tejido… quizá desde mucho antes de casarse con ella.
[¿Desde cuándo lo había decidido? ¿Desde antes de pedir su mano? ¿Desde que aceptó casarse con una joven que lo amaba ciegamente, sabiendo que la dejaría viuda ante el mundo?]
Cuanto más pensaba, más frío se volvía el peso en su pecho.
Quizá… solo había jugado el papel del prometido perfecto.
Quizá solo había buscado una esposa que pudiera “soportarlo todo”.
Una mujer dócil, enamorada, incapaz de sospechar o traicionar.
Y lo había conseguido.
Ni siquiera una carta le dejó.
Ni una sola línea.
Nada que dijera..
“Te amo, pero debo irme.”
“Confía en mí.”
“Lo hago por el reino.”
Nada.
La había dejado sola con el vacío.
Con un ataúd simbólico y un luto eterno.
Con un silencio que gritaba más que cualquier explicación.
Ella, que jamás lo habría traicionado.
Ella, que hubiera protegido su secreto con su vida.
Ella, que lo habría esperado… si tan solo la hubiera tratado como algo más que una pieza reemplazable.
Un pensamiento amargo se deslizó por su mente..
[Al parecer, los sentimientos de los demás no son importantes… si no aportan al reino.]
El ideal heroico de Jason.. tan alabado en la novela.. ahora le parecía cruel. Frío. Inhumano.
Pero la nueva Florence no iba a romperse por eso.
No iba a vivir atrapada en el pasado… ni en la sombra de un hombre que la sacrificó por un sueño grandioso.
Enderezó la espalda.
Su expresión se endureció, clara y brillante como una hoja recién afilada.
—Ya basta —murmuró, aunque nadie la escuchara.
El corazón todavía dolía, sí. Dolía por la muchacha ingenua que había amado sin reservas. Pero esa muchacha ya no estaba aquí.
En su lugar, estaba la nueva Florence Evenson.
Una mujer que no permitiría que nadie decidiera su destino.
Una mujer que gobernaría sus tierras, protegería su nombre, y aseguraría que, cuando Jason regresara.. si es que lo hacía.. encontrara un ducado que ya no lo necesitaba.
Un ducado que respondía solo a ella.
Un título que ya no era prestado ni decorativo.
Ella sería más que la esposa olvidada.
Sería la Gran Duquesa Evenson.
Y el pasado… no tendría poder sobre ella.