Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°12
Llegaron a una tienda. No era nada elegante, simplemente un lugar común, con familias y niños corriendo de un lado a otro, llenando el ambiente de risas y voces alegres.
—¿Qué tipo de ropa te gusta, Isa? —preguntó León con una sonrisa amable, observándola con atención.
—En realidad... nunca he elegido mi propia ropa, así que no tengo un gusto fijo —respondió Isabella, tímida, bajando un poco la mirada.
—Está bien, probaremos muchas cosas, ¿bueno? —dijo León, entusiasmado.
Isabella asintió con una sonrisa cada vez más confiada. Así comenzaron a recorrer tienda tras tienda. Compraron vestidos, jeans, shorts, camisas y mucho más. La niña se miraba al espejo con asombro cada vez que se probaba algo nuevo. Era como si descubriera un mundo completamente desconocido para ella.
—Ahora vamos por los zapatos, ¿sí? —dijo León con cariño, guiándola hacia otra sección.
—Señor... ya ha gastado demasiado en mí, y no puedo devolvérselo con nada... —murmuró Isabella, triste, con un nudo en la garganta.
León se agachó hasta quedar a su altura y, con ternura, le acarició el cabello.
—Tranquila, ¿sí? No tienes que devolverme nada. Es como si te estuviera dando muchos regalos juntos, eso es todo. Y no me digas “señor”... puedes decirme “papá”, si quieres. O “señor”, si te sientes más cómoda. —rió suavemente, intentando aligerar el momento.
Isabella lo miró en silencio, con los ojos un poco vidriosos, pero con una sonrisa que decía más que mil palabras.
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Luego de varias horas y muchas bolsas en sus manos, terminaron de recorrer tienda tras tienda. Ya eran cerca de las dos de la tarde cuando León, notando la hora, le preguntó con una sonrisa:
—¿Tienes hambre, Isa?
Isabella negó con la cabeza, aún con una expresión de satisfacción en el rostro.
—Comí mucho en el desayuno… aún estoy llena —respondió con sinceridad.
—Entonces, ¿te parece si seguimos viendo algunas cosas? Quiero preguntarte algo importante —dijo León mientras comenzaban a caminar de nuevo—. ¿Y sabes de qué color quieres tu habitación?
—¿Quizá rosa? ¿O morado? ¿O…? —empezó a decir, pero Isabella lo interrumpió con timidez.
—Quizá un gris… o un azul pastel —susurró, insegura.
León sonrió ampliamente.
—Me encanta. Iremos a buscar pintura entonces —respondió entusiasmado.
Pero en ese momento, la atmósfera cambió de golpe. Un hombre vestido de manera discreta, pero con porte firme, se acercó a León. Se inclinó un poco y le susurró algo al oído:
—Señor, ellos están aquí.
El rostro de León cambió por completo. Su mirada se volvió seria y fría, como si algo dentro de él se hubiese activado.
—¿Saben exactamente dónde están? ¿Y quiénes son? —preguntó en voz baja, pero firme.
—Son seis personas. Al parecer no vienen por usted… o eso parece. Es una familia: tres personas, dos guardaespaldas y... el jefe.
—¿El jefe? —repitió León, visiblemente confundido.
En ese instante, Isabella interrumpió inocentemente la conversación.
—¿Esto es un juego? —preguntó con una tierna sonrisa, sin entender la tensión que se respiraba en el ambiente.
Hubo un breve silencio. Todos los presentes parecieron congelarse por un segundo, hasta que León se inclinó hacia Isabella y le habló con voz suave pero decidida.
—Isa, necesito que te quedes muy pegada a mí, ¿sí?
Ella asintió sin hacer preguntas.
—Manténganlos vigilados… pero desde lejos. No queremos problemas —ordenó León con firmeza a dos hombres de negro que lo acompañaban desde que salieron de la mansión.
—¿Y ellos qué van a hacer, señor? —preguntó Isabella con curiosidad, mirando a los hombres alejarse.
León improvisó, aunque no era el mejor mintiendo:
—Nada importante… solo van a comprar ropa para ellos.
—¡Ah, está bien! —dijo Isabella, sin notar el nerviosismo en su voz.
—Y... ¿cuándo estás de cumpleaños, Isa?
—Voy a cumplir seis el catorce de agosto —respondió feliz, con una sonrisa inocente.
—Ah, te falta poquito entonces —dijo León, tratando de volver a su tono habitual, aunque su mente ya estaba en otro lugar.