En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: El eco del compromiso
El anuncio del compromiso entre Lord Dorian Ashford y la señorita Rosalie Thorne cayó sobre Oakhaven como un rayo en mitad de una tarde tranquila. En cuestión de cuarenta y ocho horas, las imprentas locales y los periódicos de la mañana difundieron la noticia, desatando una marejada de murmullos que sacudió cada rincón de la aristocracia provincial.
En los salones de té de las Arcadas, sobre las tazas de porcelana de China, las damas de la alta sociedad debatían con estupor desmedido. Nombres que antes pasaban desapercibidos en los márgenes de las listas de invitados eran ahora el centro de todas las especulaciones. La muchacha tímida y sumisa de los Thorne, a quien la ciudad daba por desahuciada al rincón de las solteronas, había logrado asegurar el compromiso con el heredero de la fortuna más colosal del condado.
Los rumores volaban en todas direcciones. Algunos afirmaban que Rosalie había recurrido a artimañas oscuras para engatusar al heredero recluido; otros aseguraban que Lord Thorne había vendido la mano de su hija para liquidar sus humillantes deudas de juego. Sin embargo, lo que nadie podía negar era la validez legal del documento de capitulaciones: quince mil libras esterlinas y el sello de cera roja de la casa Ashford respaldaban la alianza.
Para el círculo aristocrático, Dorian Ashford continuaba siendo una figura envuelta en el misterio más absoluto, un "monstruo de la buhardilla" al que casi nadie había visto en años, pero cuyo peso financiero e influencia social resultaban aplastantes. La noticia de que no solo saldría de su aislamiento, sino que tomaría por esposa a Rosalie, trastocó los planes de decenas de familias que aspiraban a emparentar con la nobleza victoriana.
Mientras la ciudad ardía en conjeturas, las ondas expansivas de aquella noticia atravesaron las fronteras de Oakhaven para alcanzar la residencia principal de la dinastía Ashford en la capital.
Siete años habían transcurrido desde la última vez que Lord Arthur Ashford había pisado la mansión secundaria donde mantenía desterrado a su hijo primogénito.
A las diez de la mañana de un martes de llovizna helada, el carruaje privado de Lord Arthur irrumpió en los jardines de la propiedad con la violencia de un vendaval. Los cascos de los caballos levantaron trozos de grava y lodo mientras el anciano aristócrata descendía antes de que el lacayo terminara de abrir la portezuela.
Lord Arthur era un hombre de sesenta años, alto, de porte militar, con patillas grises perfectamente recortadas y ojos de un azul acero que jamás habían reflejado un atisbo de ternura. Para él, la belleza, la imagen pulcra y el prestigio de la estirpe Ashford constituían una religión absoluta. La existencia de Dorian —con su rostro destruido por el fuego de la infancia— había sido siempre la mancha imborrable que mancillaba su orgullo.
Sin molestarse en llamar a la puerta, Lord Arthur atravesó el vestíbulo a zancadas pesadas, apartando con un gesto violento de su bastón al mayordomo que intentaba cerrarle el paso.
—¡Apártate, criado! —bramó con una voz de mando acostumbrada a someter a multitudes—. ¿Dónde está ese miserable?
Alineando sus pasos hacia la biblioteca del primer piso, el padre empujó las pesadas hojas de caoba de un golpe seco.
Dorian se encontraba de pie junto al escritorio de caoba, revisando unos folios de contabilidad. Vestía una camisa sencilla sin corbata y sus facciones mostraban la calma de quien sabe que ha tomado el control de su vida. Al escuchar el golpe, alzó la mirada lentamente.
Antes de que Dorian pudiera pronunciar una sola palabra de saludo, Lord Arthur cruzó la estancia a pasos agigantados. Con el rostro desencajado por una rabia negra y con las venas de la frente a punto de estallar, el anciano descargó un puñetazo feroz directamente contra el lado derecho del rostro de su hijo.
El impacto resonó en la habitación. Dorian tambaleó hacia atrás por la sorpresa del golpe, chocando contra el borde del escritorio y haciendo caer al suelo varios pliegos de papel y un tintero. Un hilo de sangre tibia comenzó a brotar de la Comisura de su labio.
—¡Criatura estúpida y despreciable! —rugió Lord Arthur, alzando su bastón de puño de oro y apuntando con él al pecho de Dorian—. ¡¿Cómo te has atrevido?! ¡¿Cómo has osado firmar un contrato de matrimonio a espaldas mías utilizando el blasón de la familia?! ¡Has arrastrado el apellido Ashford al fango comprometiéndote con la hija de un noble arruinado y de poca monta!
Dorian se llevó la mano a la boca, limpiándose la sangre con el reverso de los nudillos. Su único ojo azul no reflejaba el temor del niño asustado que una vez se escondía tras las cortinas. En lugar de ello, una frialdad glacial tomó posesión de su mirada.
—Ese compromiso es perfectamente legal, padre —respondió Dorian con una voz pausada, raspante y cargada de una serenidad amenazante.
—¡Ese compromiso se anulará hoy mismo! —vociferó Lord Arthur, dando un paso más hacia él y salpicando la mesa con saliva—. Mañana enviarás a mis abogados una carta redactada de tu puño y letra donde admitas que estabas sufriendo un ataque de demencia temporal. Romperás esa alianza inmediatamente. No voy a permitir que un fenómeno deforme como tú manche el prestigio de esta casa casándose con una infeliz sin dote.
Dorian se erguió cuan largo era, sobrepasando en altura a su padre por casi media cabeza.
—No voy a deshacer nada —dijo Dorian con una firmeza seca que hizo vibrar el aire de la biblioteca—. Rosalie Thorne será mi esposa antes de que termine este mes.