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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

"¿Acoso? ¿Policía?"

—Di eso más fuerte.

Valentina lo empujó.

O intentó empujarlo.

El problema fue la mesa baja detrás de sus piernas, la rodilla todavía resentida y la maldita bata de Santiago bajo sus dedos. Dio un paso torpe, perdió el equilibrio y, para no caer de espaldas contra la esquina de mármol, se aferró a lo primero que encontró.

Lo primero fue él.

Santiago reaccionó por reflejo. La tomó de la cintura, giró el cuerpo y ambos cayeron sobre el sofá gris de la suite. Él quedó sentado, la espalda contra el respaldo. Valentina terminó encima, una rodilla a cada lado de sus piernas, las manos apoyadas en sus hombros.

El mundo se detuvo en una posición indecente.

La bata seguía cerrada.

Eso no ayudaba.

Porque Valentina podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela. Podía oler jabón y té verde. Podía notar la tensión de sus manos en su cintura, firmes pero inmóviles, como si Santiago también estuviera midiendo el peligro de respirar demasiado fuerte.

—Suélteme —dijo ella.

Su voz salió baja.

Demasiado baja.

Santiago la miró desde abajo.

—Estás encima de mí.

—Porque usted me jaló.

—Porque ibas a caer.

—Qué caballeroso. Casi me conmuevo.

Valentina quiso levantarse. Lo hizo muy rápido. La rodilla le falló y volvió a caer, esta vez más cerca. El movimiento le arrancó un tirón al chaleco del uniforme. Algo saltó y golpeó el piso.

Un botón.

Los dos lo oyeron.

Los dos miraron.

El botón rodó bajo la mesa como una prueba criminal.

—Perfecto —murmuró Valentina—. Ahora también me debe un botón.

La boca de Santiago se tensó. No fue sonrisa, pero estuvo cerca.

Eso la enfureció.

—No se ría.

—No me estoy riendo.

—Está pensando en hacerlo.

—Eso también lo cobras en mensualidades.

Valentina abrió los ojos, indignada. La indignación era más segura que el hecho de que su pulso seguía golpeando con una fuerza absurda.

—¿Neta?

—Neta.

La palabra en su boca, tan fuera de lugar en él, la descolocó lo suficiente para recordar dónde estaba: suite presidencial, uniforme de trabajo, huésped millonario, ella sentada sobre él como si la vida hubiera decidido burlarse con ganas.

Valentina apoyó una mano en el respaldo del sofá e intentó levantarse con más cuidado. Santiago la soltó de inmediato.

Demasiado de inmediato.

Como si quisiera demostrarle que no la retenía.

Eso también la irritó.

El cuerpo humano era una porquería: pedía distancia y luego se ofendía cuando la recibía.

Se puso de pie al fin, respirando rápido. La muñeca donde él la había sujetado tenía dos marcas rojas, más por su propio tirón que por la fuerza de él, pero daba igual. Las vio y las usó como escudo.

—¡Acoso! —gritó.

Santiago levantó una ceja.

—¿Acoso?

—¡Voy a llamar a la policía!

Esta vez sí gritó con toda intención.

La frase rebotó en la sala, atravesó la puerta entornada y salió al pasillo. Alguien afuera dejó de caminar. Valentina escuchó el carrito de servicio de otra habitación detenerse de golpe.

Santiago se puso de pie despacio.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Le preocupa que la gente escuche?

—Me preocupa que sigas haciendo teatro con cosas serias.

Eso la pinchó.

—¿Cosas serias? ¿Como cobrarme trece años por su coche? ¿Como instalarse en mi hotel y pedirme por nombre? ¿Como jalarme mientras está medio desnudo?

—No estoy medio desnudo.

—¡Está en bata!

—Y tú entraste a mi suite.

—¡Porque trabajo aquí!

Otra puerta se abrió en el pasillo. Una voz de mujer susurró algo. Valentina vio la sombra de Karla moviéndose junto al marco y supo que, si seguía, antes de la cena todo el hotel tendría una versión mejorada del asunto.

Santiago también lo notó.

Su expresión cambió. No hacia el miedo. Hacia el cierre.

—Vete.

La palabra fue suave.

Valentina la sintió como un golpe.

—Eso intento desde hace diez minutos.

Tomó la bandeja vacía con una mano y el botón con la otra. Se dio cuenta tarde de que el chaleco abierto dejaba ver demasiado de la blusa blanca debajo. Lo cerró con un puño.

Santiago miró el gesto.

No dijo nada.

Eso fue peor.

Ella empujó el carrito hacia la puerta. Antes de salir, volteó.

—No vuelva a tocarme.

Santiago sostuvo su mirada.

—Entonces no vuelvas a provocarme si no quieres respuesta.

Valentina sintió el calor subirle otra vez a la cara.

—No soy una de sus inversiones de riesgo.

—No —dijo él—. Tú siempre fuiste la pérdida.

La frase la dejó quieta.

Un segundo.

Santiago pareció arrepentirse apenas la dijo, pero no la retiró. Valentina tampoco le dio oportunidad.

Salió al pasillo con el carrito por delante.

Karla estaba dos puertas más allá, fingiendo ordenar flores en un jarrón vacío. Miró el chaleco abierto, la muñeca roja, el rostro encendido de Valentina.

—¿Todo bien?

Valentina le sonrió con los dientes.

—Perfecto. El señor Reyes quiere más toallas.

—¿En bata?

—Karla.

—¿Qué?

—Trágate la pregunta antes de que te ahogues.

Karla cerró la boca, pero sus ojos ya habían guardado suficiente.

Valentina bajó al área de servicio sin esperar el elevador principal. En el vestidor de empleadas, cerró la puerta y apoyó la espalda contra los lockers metálicos. El corazón todavía no le obedecía.

Patricia apareció tres minutos después.

—¿Qué pasó arriba? Karla viene diciendo que gritaste policía.

Valentina intentó abrochar el chaleco. El botón faltante la delató.

Patricia miró la prenda, luego su muñeca.

—Valentina.

—No pasó nada.

—Eso no parece nada.

—Fue un accidente.

—¿Un accidente con el huésped que te pidió por nombre?

Valentina soltó una risa seca y se sentó en la banca.

El cansancio le cayó encima de golpe. No el cansancio del turno. Otro. Más viejo. Uno que había empezado mucho antes del coche, antes del hotel, antes del Colegio San Patricio incluso. Un cansancio hecho de apellidos, muertos y cosas que no se podían explicar sin abrir una herida entera.

Patricia se sentó a su lado, sin tocarla.

—¿Te hizo algo?

Valentina negó.

—No como crees.

—Entonces, ¿como qué?

Valentina miró la marca roja en su muñeca. Se iba a borrar en una hora. Lo otro no.

—Como siempre.

Patricia esperó.

Por eso Valentina la quería. Porque Patricia sabía callarse donde otros llenaban el silencio con consejos baratos.

—Él no debería mirarme así —dijo al fin.

—¿Así cómo?

—Como si todavía... —Se mordió la frase—. Da igual.

—No da igual.

Valentina levantó la cabeza. En el espejo del vestidor vio su cara pálida, el labial corrido, el chaleco sin botón. Vio a la mujer que Daniela había llamado mesera y a la niña que Santiago había besado en un salón de piano. Las dos parecían igual de perdidas.

—Paty, dime algo.

—Lo que quieras.

Valentina giró hacia ella.

—¿Tú te enamorarías de la hija del asesino de tu padre?

El vestidor se quedó sin ruido.

Patricia no entendió al principio. Se le notó en la frente, en la forma en que abrió la boca y no dijo nada.

Luego entendió demasiado.

—¿De eso se trata?

Valentina bajó la mirada.

—De eso se trata todo.

—Tu papá...

—Mi papá fue señalado por el puente Río Blanco. El papá de Santiago murió ahí.

Patricia se cubrió la boca con una mano.

—Dios mío.

Valentina se puso de pie antes de quebrarse.

—Así que no, no pasó nada arriba. Nada que importe. Solo un hombre en bata, una idiota con uniforme y un apellido que nunca se lava.

Patricia también se levantó.

—Valentina...

—No me tengas lástima.

—No es lástima.

—Entonces no me mires así.

Pero Patricia ya la miraba distinto.

No como mesera.

No como amiga metida en un chisme de hotel.

La miraba como alguien que acababa de recibir una verdad demasiado grande para volver a fingir que no sabía nada.

Y Valentina entendió que, por primera vez desde que Santiago volvió a aparecer, alguien más conocía el muro que había entre ellos.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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