Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 11
Capítulo 11: Una fiebre y un celoso
Santiago no dejó que Valentina lo acompañara al hospital.
No fue brusco. Eso habría sido más fácil de reclamar. Le tomó la cara entre las manos, le besó la frente con una prisa que no lograba esconder el miedo y dijo:
—Es una revisión. Mi madre se descompensó un poco. Voy, veo qué pasa y te llamo.
—Puedo ir contigo.
—Todavía no.
La palabra le dolió más de lo que esperaba.
Todavía.
Valentina la sostuvo en silencio mientras él buscaba las llaves y salía de Lomas con el rostro cerrado. Doña Carmen se quedó junto a ella en la cocina, apretando un rosario pequeño entre los dedos.
—¿Está grave? —preguntó Valentina.
La mujer tardó un segundo en responder.
—Doña Mariana es fuerte. Pero ha tenido meses difíciles.
No dijo más.
Santiago llamó pasada la medianoche. Su voz sonaba cansada, pero menos rota.
—Está estable. Fue una reacción al tratamiento. Se queda en observación.
Valentina estaba sentada en su cama en Narvarte, con la pulsera de mariposa entre los dedos.
—¿Y tú?
Hubo un silencio breve.
—Yo también.
Mentía mal cuando estaba agotado.
—Come algo —dijo ella.
—No tengo hambre.
—No te pregunté.
Al otro lado, él soltó una risa baja, casi invisible.
—Sí, jefa.
No hablaron de por qué ella no podía ir. No esa noche. Tampoco la siguiente. Santiago mantuvo a su madre como una puerta apenas abierta: le decía que estaba mejor, que tenía buenos médicos, que Doña Mariana preguntaba por "la chica de la que Doña Carmen habla tanto", pero siempre añadía que no era momento.
Valentina entendió. O intentó entender.
Mientras tanto, la relación siguió creciendo en los lugares pequeños.
Un lunes, Santiago mandó a CDV una caja de conchas recién hechas de una panadería de la Condesa. No llevaba tarjeta. Solo una nota pegada al café de Valentina:
"Para que Lucía deje de decir que no alimento a mi novia."
Lucía leyó la nota, se llevó una concha y declaró:
—Me cae bien cuando obedece.
—No le digas eso.
—¿Por qué? Los hombres necesitan instrucciones claras.
Ese mismo día, al salir de la oficina, Santiago la llevó a una librería de viejo cerca de la Alameda. Valentina pensó que era casualidad hasta que el dueño sacó de debajo del mostrador una edición usada de una novela que ella había mencionado una sola vez, semanas atrás, cuando caminaron por la Roma.
—No la encontraba en ningún lado —dijo ella, pasando los dedos por la portada gastada.
—Yo tampoco. Tuve ayuda.
—¿De quién?
—De un señor que me juzgó por no conocer autores mexicanos contemporáneos y luego me cobró en efectivo.
Valentina abrazó el libro contra el pecho.
—Esto no era necesario.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Santiago se encogió apenas de hombros.
—Porque te escuché decir que lo querías.
No era un regalo caro. No brillaba. No podía presumirse en Polanco. Por eso mismo, Valentina lo guardó esa noche en su mesa de noche como si fuera algo delicado.
Dos días después, Valentina se enfermó.
Empezó con dolor de garganta y terminó con fiebre, escalofríos y una dignidad muy maltratada. Le escribió a Santiago que no podía verlo, que solo necesitaba dormir. Él contestó con un "voy para allá" que no admitió discusión.
—No vengas —dijo ella por teléfono, envuelta en una sudadera vieja.
—Ya estoy abajo.
—Santiago.
—Traigo sopa, medicina y un termómetro. Si quieres pelear, pelea después del paracetamol.
Valentina le abrió porque discutir le cansaba más que rendirse.
Santiago entró a su departamento de Narvarte como si fuera territorio sagrado. Dejó una bolsa en la mesa, se lavó las manos sin que ella se lo pidiera y empezó a organizar todo con una eficacia alarmante: sopa de pollo, suero, miel, pastillas, pañuelos.
—¿Compraste media farmacia?
—La otra media no cabía.
—No necesito enfermero.
Él le tocó la frente con el dorso de la mano.
—Tienes fiebre.
—Tengo carácter.
—También. Pero primero la fiebre.
La sentó en el sofá, le puso una cobija sobre las piernas y calentó la sopa en su cocina pequeña. Valentina lo observó moverse entre sus platos desiguales y su sartén rayado. Ver a Santiago Montero abriendo su microondas viejo con toda seriedad le dio ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—No tienes que quedarte —murmuró cuando él le acercó el plato.
—Ya sé.
—Entonces, ¿por qué te quedas?
Santiago se sentó en la mesa baja frente a ella.
—Porque quiero.
No hubo frase grande. No hacía falta.
Esa noche no se fue. Durmió sentado en el sillón, con la cabeza apoyada hacia atrás y una mano cerca de la suya por si despertaba. Cada pocas horas, Valentina abría los ojos y lo encontraba ahí: despeinado, incómodo, atento. A las cuatro de la mañana, intentó levantarse para traerle agua y casi se mareó.
Santiago se despertó de inmediato.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Valentina.
—Quería agua.
Él se levantó, le llevó el vaso y esperó a que bebiera.
—Eres desesperante —susurró ella.
—También me han dicho eso.
—Seguro.
—Pero nunca con esa voz de gripa.
Ella quiso empujarlo, pero solo logró tocarle el brazo. Santiago le tomó la mano y le besó los nudillos, suave, como si la fiebre la volviera de cristal.
A la mañana siguiente, Lucía llegó con jugo, pan y cero intención de pedir permiso. Encontró a Santiago lavando una taza en la cocina.
—Mira nada más —dijo, cruzándose de brazos—. El heredero sí sabe dónde está el jabón.
Santiago levantó la taza.
—Me guiaron mis instintos de supervivencia.
Lucía lo examinó un segundo.
—Bien. Pasaste la prueba uno.
—¿Cuántas son?
—Infinitas.
Valentina, desde el sofá, se tapó la cara con la cobija.
—Los dos fuera.
Pero no quería que se fueran.
Cuando volvió a la oficina, tres días después, un analista nuevo de compras se acercó a su escritorio para preguntarle por un reporte. Era amable, quizá demasiado sonriente, y no tuvo la culpa de que Santiago llegara justo en ese momento para dejarle un termo de caldo que Doña Carmen había enviado.
El analista vio a Santiago, vio el termo, vio la mano de Santiago apoyarse en el respaldo de la silla de Valentina y retrocedió medio paso.
—Luego revisamos el archivo, Herrera.
Se fue.
Valentina giró lentamente en su silla.
—¿En serio?
Santiago fingió no entender.
—¿Qué?
—Le acabas de congelar la vida a alguien que solo quería un reporte.
—No hice nada.
—Tu cara hizo suficiente.
Él dejó el termo sobre el escritorio.
—No me gustó cómo te miraba.
Valentina abrió la boca, sorprendida entre la irritación y una risa que no debía darle.
—Me miraba como compañera de trabajo.
—No.
—¿No?
—No.
Lucía, desde su escritorio, levantó la mano sin mirar.
—Como testigo imparcial: el hombre sí te estaba echando ojitos. Pero el cavernícola de traje tampoco tiene derecho a marcar territorio en horario laboral.
Santiago miró a Lucía.
—Cavernícola de traje es innecesario.
—Es descriptivo.
Valentina no pudo evitar reírse.
Santiago la observó, y la tensión se le aflojó en la boca.
—Está bien —dijo—. Lo siento. No vuelvo a hacer caras en tu oficina.
—Ni a espantar analistas.
—Depende del analista.
—Santiago.
—Está bien. Tampoco.
Ese mismo día, al salir, Valentina recibió un mensaje de Isabella.
"¿Puedes venir a mi departamento esta noche? Necesito hablar contigo. No estoy bien."
El estómago de Valentina se cerró de inmediato.
Santiago notó el cambio.
—¿Qué pasó?
Valentina le mostró la pantalla.
—Es Isa.
Y por primera vez en semanas, el problema no era su mundo ni el de Santiago.