Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 11
Después del arroyo, León Castellar dejó de burlarse de Serena Mora por puro impulso.
Empezó a hacerlo con método.
Eso era peor.
—Si no tienes Don arcano —dijo mientras caminaban—, ¿por qué vas a Monte Celeste?
Serena no lo miró.
—Por turismo.
—La Orden de la Libertad no acepta turistas.
—Entonces por el paisaje.
—Tampoco acepta gente que miente mal.
—Qué institución tan exigente.
León soltó una risa baja.
Adrián Navarro caminaba al otro lado del sendero, lo bastante cerca para escuchar y lo bastante lejos para fingir que no. Serena ya se había dado cuenta de que esa era su nueva especialidad: estar presente sin conceder presencia.
Valentina Rojas, que iba delante, se giró.
—Va porque si la dejamos sola se muere antes de la segunda curva.
—Gracias por tu confianza.
—No es confianza, es diagnóstico.
Tomás Calvo levantó una mano para detenerlos junto a un claro de piedra. El terreno era plano, protegido por una pared natural, perfecto para descansar antes de seguir el último tramo del día.
—Quince minutos —dijo—. Revisen vendas, agua y ruedas.
Valentina señaló a Serena con una rama.
—Tú, conmigo.
Serena miró la rama con odio.
—¿No habíamos sufrido suficiente?
—No. Hoy aprenderás a caer sin parecer costal.
León se sentó sobre una piedra alta, encantado.
—Esto promete.
—Si vas a narrar mi humillación, cobra entrada —dijo Serena.
Valentina no le dio tiempo para más. Le enseñó a flexionar las rodillas, girar el hombro y usar el antebrazo para no romperse la muñeca al caer. Serena obedeció. Mal, pero obedeció.
La primera caída le sacó el aire.
La segunda le llenó la boca de polvo.
La tercera fue menos vergonzosa.
—Eso estuvo casi aceptable —dijo Valentina.
Serena, tendida en el suelo, levantó un pulgar.
—Voy a ponerlo en mi lápida.
Alicia Nieves le ofreció agua.
—Vas mejor.
—No le mientas a los moribundos.
—No estás moribunda.
—Mi dignidad sí.
León bajó de la piedra y caminó alrededor de ella como si evaluara una pieza rara.
—Te levantas aunque sabes que vas a caer otra vez.
Serena se incorporó con ayuda de Alicia.
—Eso se llama no tener opción.
—No. Mucha gente sin opción se queda en el suelo.
La frase fue demasiado seria para su tono habitual.
Serena lo miró.
Por un segundo, el príncipe arrogante no pareció tan simple. Luego sonrió y arruinó el momento.
—Claro que tú te quedas en el suelo con bastante estilo.
—Y tú arruinas tus frases profundas en tiempo récord.
—Es un talento noble.
Valentina le lanzó otra vez la rama.
Serena la atrapó tarde, con ambas manos, y por poco se golpeó la nariz.
—Estás haciendo esto porque te asustó la emboscada —dijo León.
—Qué análisis tan brillante. ¿También descubriste que el agua moja?
—No. Me refiero a que no estás aprendiendo para ganar. Estás aprendiendo para no obligar a otros a salvarte.
La frase la dejó sin réplica un segundo.
Serena miró de reojo a Adrián.
Él no parecía estar atento, pero su mano se había quedado quieta sobre la venda de la muñeca.
—No quiero ser una carga —admitió ella.
Valentina bajó un poco la rama.
—Entonces aprende a caer, a correr y a gritar a tiempo. Eso también es pelear.
—Qué inspirador y humillante.
—Las dos cosas salvan vidas.
Adrián soltó un sonido apenas audible.
Serena giró la cabeza.
—¿Te reíste?
—No.
—Eso sonó a risa.
—Sonó a aire.
León vio el intercambio.
Serena también vio que lo vio.
El interés del príncipe cambió de dirección con la precisión de una cuchilla. Ya no estaba mirando solo a Serena. Miraba el espacio entre ella y Adrián, ese lugar extraño lleno de culpa, desconfianza y gestos que ninguno de los dos sabía nombrar.
—Navarro —dijo León.
Adrián lo ignoró.
—Tu guardia personal no es muy sociable —comentó León.
—No es mi guardia personal —respondió Serena.
—Entonces, ¿qué es?
La pregunta cayó demasiado cerca de algo que Serena tampoco sabía responder.
Adrián habló antes que ella:
—Nada tuyo.
León sonrió.
—Eso sí fue sociable.
Tomás, desde el carruaje, levantó la voz:
—No empiecen.
—No he empezado —dijo León—. Estoy conversando.
—Tu manera de conversar suele terminar en duelo.
—Solo cuando la otra persona merece el esfuerzo.
Valentina chasqueó la lengua.
—Ya empezó.
Serena se puso de pie del todo, limpiándose el polvo de la falda.
—León, si estás aburrido, ayuda a revisar una rueda.
—No vine al mundo para ruedas.
—Qué tragedia para las ruedas.
León bajó la mirada hacia la rama que Valentina había usado para entrenar a Serena. La tomó, la giró entre los dedos y la lanzó hacia Adrián. No fue un ataque real. Fue una provocación medida.
Adrián levantó la mano y atrapó la rama sin mirarla.
El claro se quedó quieto.
León arqueó una ceja.
—Buenos reflejos.
Adrián partió la rama en dos y la dejó caer.
—Mala educación.
Serena cerró los ojos un segundo.
—Por favor, no conviertan esto en una competencia de masculinidad herida.
Valentina hizo una mueca.
—Demasiado tarde.
León dio un paso hacia Adrián.
—Una ronda amistosa.
—No —dijo Serena al instante.
León ni siquiera la miró.
—Le pregunté a él.
Adrián sostuvo su mirada.
—No tengo interés.
—Qué raro. Ayer tus sombras sí parecían tenerlo.
El aire alrededor de Adrián se enfrió.
Serena dio un paso, pero esta vez Tomás la detuvo con una mano en el hombro.
—Espera.
—Tomás.
—Si no se desahoga aquí, lo hará en el camino. Mejor con reglas.
—Esto es una pésima idea.
—Sí —admitió Tomás—. Pero puedo hacerla menos pésima.
Alicia se acercó de inmediato.
—Adrián está herido.
—Lo sé —dijo Tomás—. Por eso será una sola ronda, sin Éter ofensivo y con armas de práctica. Si alguno toca una herida abierta a propósito, se termina.
Valentina señaló a León.
—Si haces trampa, te quemo los zapatos.
—Qué obsesión tienes con quemar mis cosas.
—Tus cosas se ofrecen solas.
Serena se acercó a Adrián, bajando la voz para que León no disfrutara demasiado.
—No tienes que demostrarle nada.
Adrián miró a León por encima de su hombro.
—No es a él.
Serena no entendió.
Adrián volvió a mirarla.
—Si la Corte vuelve, todos aquí querrán saber si soy un riesgo.
—No necesitas dejar que te midan como si fueras un arma.
—Ya lo hicieron.
La frase cerró la boca de Serena.
León sacó una espada corta de entrenamiento de su equipaje y tomó otra para ofrecerla con la empuñadura hacia Adrián.
—Sin filo. Sin Éter mortal. Una ronda. El primero que toque el suelo pierde.
Adrián no aceptó el arma.
Serena vio su mandíbula, el cansancio bajo los ojos, la herida del hombro aún reciente.
—No tienes que hacerlo —dijo.
Adrián la miró.
León también.
Y eso pareció decidirlo.
Adrián tomó la espada de madera.
—Una ronda —dijo.
León sonrió como si acabaran de darle un regalo.