"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las reglas del juego
CAPÍTULO 11: "Las Reglas del Juego"
Con Park Jin-ho detenido y desmantelado, surge una verdad más aterradora: hay más enemigos. Otros jugadores en el tablero que ven a los gemelos como amenazas o como herramientas. Kyung-ho recibe una invitación a un "Consejo de Familias," una organización criminal global que controla redes que ni siquiera los gobiernos conocen completamente. Se le advierte que sus hijos son "problemas de seguridad" que deben ser neutralizados. Kyung-ho debe navegar la política criminal más oscura para mantener a su familia viva.
La invitación llegó en un sobre de papel hecho a mano, con tinta que probablemente costaba más que mi primer salario como profesora.
Kyung-ho la leyó en silencio, y cuando levantó la vista, su rostro era una máscara de control tan perfecta que supe que estaba aterrado.
— ¿Qué es? — pregunté, aunque una parte de mí ya sabía que algo terrible se aproximaba.
— Una invitación al Conclave — respondió, y la forma en que lo dijo sugería que estaba pronunciando una sentencia de muerte. — Una reunión de las familias más poderosas de la criminalidad global. Se reúnen una vez cada cinco años para negociar territorios, establecer acuerdos, resolver conflictos que afectan su imperio conjunto.
— ¿Y tú asistes?
— He asistido una vez — confirmó. — Hace ocho años. Antes de saber que existían ustedes. Es... una experiencia que no se puede describir con palabras. Imagina una habitación donde el hombre más peligroso que jamás has conocido es el menos peligroso presente.
— ¿Por qué te envían una invitación ahora?
Kyung-ho se levantó y caminó hacia la ventana, observando a Seúl que se extendía bajo nosotros como un tablero de ajedrez donde él era simultáneamente jugador y pieza.
— Porque lo que sucedió con Park Jin-ho no pasó desapercibido — dijo lentamente. — Un rival importante fue desmantelado completamente. Sus activos fueron congelados. Sus redes fueron destruidas. Y no fue por mérito militar ni poder corporativo. Fue por dos niños. Dos gemelos de once y diez años que aparentemente tienen capacidades que no deberían ser posibles.
Mi estómago se hundió.
— Tienen miedo de los gemelos — susurré.
— Tienen miedo de lo que los gemelos representan — corrigió Kyung-ho. — Tienen miedo de que haya surgido un nuevo tipo de poder. Uno que no pueden comprender ni controlar completamente. En el mundo criminal, lo que no puedes comprender, lo que no puedes predecir, se considera una amenaza existencial.
Esa noche, Kyung-ho reunió a todos en la sala.
Yo, los gemelos, la Abuela Kim, e incluso algunos de sus hombres más de confianza. Necesitaban entender qué estaban enfrentando.
— El Conclave es gobernado por reglas muy antiguas — explicó, caminando de un lado a otro de la habitación. — Reglas que han mantenido el equilibrio de poder durante casi un siglo. Una de esas reglas es que cualquier cosa que se considere una amenaza existencial para el colectivo puede ser "neutralizada." Eliminada. Sin represalias.
— ¿Están diciendo que quieren matar a los niños? — preguntó la Abuela Kim, su voz tranquila pero sus ojos ardiendo con una furia ancestral.
— Están diciendo que quieren discutirlo — respondió Kyung-ho. — Que es mi responsabilidad presentar un argumento de por qué mis hijos no deberían ser considerados una amenaza inaceptable.
Joon-ho, que había estado observando todo en silencio, levantó la vista.
— ¿Cuándo es el Conclave? — preguntó.
— En dos semanas — respondió Kyung-ho.
Hae-won y Joon-ho se intercambiaron una de sus miradas silenciosas. Luego Joon-ho habló:
— Iremos contigo.
— No — respondió Kyung-ho inmediatamente. — Absolutamente no.
— Papá, tenemos que ir — insistió Hae-won. — Porque el argumento que presentarás no será lo suficientemente fuerte si no nos ven a nosotros. Si no comprenden realmente lo que somos.
— Lo que sois es especiales — dijo Kyung-ho, y el amor en su voz fue casi insoportable de escuchar. — Lo que sois es el futuro. Y eso es exactamente por qué no pueden veros de cerca. La gente miedo mata lo que no comprende, y estas son personas que han dedicado sus vidas a matar.
— Entonces tendrán que entender — respondió Joon-ho con la lógica tranquila de alguien que había nacido en una noche que fue parte pasión y parte química de supervivencia. — O tendremos que demostrarles que somos más peligrosos de lo que creen. De una manera que no es física. De una manera que nunca olvidarán.
Las dos semanas siguientes fueron de preparación febril.
Kyung-ho reunió a los mejores abogados criminales, los negociadores más peligrosos de Asia. Planificaron argumentos, practicaron presentaciones, ensayaron escenarios de confrontación.
Pero los gemelos estaban haciendo algo diferente.
Descubrí lo que estaban haciendo cuando encontré a Joon-ho en el sótano, rodeado de equipos que parecían sacados de una novela de ciencia ficción.
— ¿Qué es todo esto? — pregunté.
— Seguridad — respondió simplemente. — Papá cree que podemos convencer al Conclave con palabras. Pero nosotros sabemos mejor. Necesitamos asegurar que, sin importa lo que suceda, podemos protegernos a nosotros mismos y a ti.
— ¿Cómo?
Joon-ho sonrió, una expresión que era demasiado antigua para su rostro infantil.
— Hackearemos el Conclave — dijo. — No solo sus comunicaciones. Sus finanzas. Sus secretos. Los detalles que cada uno de estos hombres ha pasado décadas asegurándose de que nadie más descubra. Y luego, si intentan tocarnos, tendrán que enfrentar la publicación de esa información en cada medio de comunicación simultáneamente.
Mi hijo de once años acababa de describir mutualmente asegurada destrucción usando datos en lugar de armas nucleares.
— ¿Puedes realmente hacer eso? — pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
— Ya lo estoy haciendo — confirmó Hae-won desde una esquina, donde aparentemente había estado observándome en silencio. — Tenemos el acceso. Solo falta el ejecutar el protocolo cuando sea necesario.
Esa noche, le conté todo a Kyung-ho.
Su reacción fue de sorpresa y luego de comprensión.
— Ellos no entienden realmente qué son, ¿verdad? — dijo, refiriéndose al Conclave. — Piensan que el peligro es su inteligencia. Pero el verdadero peligro es su moralidad.
— ¿Su moralidad?
— Sí — respondió Kyung-ho. — Porque no tienen la suficiente para detenerlos, pero tienen la suficiente para justificar hacer lo que necesitan hacer para sobrevivir. Son el siguiente paso en la evolución humana, Min-jae. Y eso aterroriza a gente que ha pasado toda su vida siendo lo más peligroso en la habitación.
El día del Conclave llegó como una tempestad anunciada.
Kyung-ho vistió a los gemelos con trajes que costaban más que los autos. Les enseñó cómo caminar, cómo hablar, cómo respirar. Les enseñó la política del poder, la danza de la negociación criminal, el ballet mortal de hombres que mataban por costumbre.
Cuando entraron a la sala del Conclave, los veintitrés hombres más poderosos de la criminalidad mundial se congelaron.
Vieron a dos niños extraordinarios.
Lo que no sabían era que esos niños tenían acceso a cada secreto que poseían.
Y desde ese momento, hasta el fin de los tiempos, Joon-ho y Hae-won Park eran el as en la manga más mortal que Kyung-ho poseía.
No porque fuera necesario usarlo.
Sino porque el simple conocimiento de que existía cambiaba todo.