"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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11 La Cena: Duelo de Titanes y Sombras Insignificantes
De regreso en la mesa, la atmósfera vibraba con una tensión deliciosa, esa que solo se siente cuando dos depredadores se reconocen entre la multitud. Frente a nosotros, los dueños del evento, el señor y la señora Méndez, nos observaban con una mezcla de admiración y respeto, totalmente cautivados. Gabriel y Rosa, en cambio, parecían dos objetos incómodos que nadie se atrevía a tirar a la basura, pero que nadie quería tener cerca.
Leonel, recostado en su silla con esa pereza elegante que le caracteriza, habló con voz grave y persuasiva, delineando estrategias, presupuestos y detalles artísticos con una claridad que dejaba boquiabiertos a los presentes. Yo complementaba cada una de sus ideas, aportando visión creativa, conocimientos del mercado internacional y un sentido estético que dejaba claro que yo no estaba allí solo por mi apariencia. Formábamos un dúo perfecto: él era la fuerza y el control, yo la inteligencia y la belleza letal.
—La temática acuática —dije, tomando un sorbo de vino con delicadeza, mis ojos brillantes—, no se trata solo de usar colores azules o decorar con conchas. Se trata de transmitir fluidez, profundidad, el misterio de lo que yace en el fondo y la fuerza de las olas que todo lo barren a su paso. Mis diseños no serán solo ropa, serán piezas que cuenten una historia, nuestra historia.
La señora Méndez aplaudió suavemente, con los ojos brillantes.
—¡Es magnífico! Señorita Sterling, usted tiene una visión que hace años no veía en este mundo. Y usted, señor Díaz, sabe exactamente cómo hacer que las cosas sucedan. Han ganado nuestra total confianza.
Gabriel abría la boca para intentar decir algo, para intentar opinar, pero cada vez que lo hacía, yo lanzaba una frase certera que dejaba su comentario obsoleto, o Leonel le dirigía una de esas miradas gélidas que parecían decir: ¿Tú sigues aquí?. Rosa, por su parte, intentaba sonreír y parecer importante, pero cada vez que hablaba, sus palabras sonaban vacías, superficiales… ridículas. Nadie les prestaba atención. Eran invisibles, dos insectos intentando participar en una reunión de dioses.
En un momento de silencio, Gabriel, cegado por su propia estupidez, se atrevió a intervenir:
—Bueno, yo opino que quizás deberíamos reducir costos en…
Leonel lo miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una sonrisa cargada de desprecio milenario.
—¿Acaso le pregunté su opinión, sobrino? —preguntó con una calma aterradora—. Creo que aquí estamos hablando de arte, de estrategia, de cosas grandes… cosas que están muy por encima de su capacidad de comprensión. Siga callado, se ve más digno cuando no abre la boca.
Yo solté una risa suave, musical y venenosa.
—Gabriel, querido —dije, apoyando mi barbilla en la mano, mirándolo como se mira a una hormiga aplastada—, ¿no te das cuenta de que tu aporte es cero, nulo, inexistente? Eres como el ruido de fondo: molesto, pero totalmente innecesario. Deberías sentirte afortunado de poder respirar el mismo aire que nosotros.
Rosa intentó defenderlo, con voz chillona:
—¡Adelfa, no tienes derecho a hablarle así! Él es el futuro de la familia Díaz…
La interrumpí con una mirada que podría haber congelado el infierno.
—Cariño —le dije, arrastrando las palabras con una dulzura que cortaba como cuchillo—, tú eres una asistente que llegó a donde está por lamer suelos y fingir lágrimas. No te metas en conversaciones de adultos, de gente que realmente mueve el mundo. Si yo fuera tú, me quedaría muy quietecita y agradecería que todavía me dejen sentarme en esta mesa.
Gabriel y Rosa se quedaron rojos de ira e impotencia. Se miraban entre ellos buscando apoyo, pero solo encontraban la vergüenza reflejada en sus ojos. Al lado nuestro, brillantes, poderosos, inteligentes y crueles, ellos parecían lo que realmente eran: basura.
Cuando terminamos la cena y la negociación, que fue un éxito rotundo y cerró con condiciones más que favorables para mí y para Leonel, nos levantamos al unísono. Yo me acomodé mi bolso con elegancia, y Leonel me ofreció su brazo. Antes de alejarnos, Leonel se detuvo frente a Gabriel y Rosa, bajó a mirarlos con esa altivez que dolía en el alma y dijo:
—Gracias por acompañarnos, ha sido muy… entretenido ver cómo intentaban no desaparecer bajo la mesa. Recuerden siempre su lugar: al fondo, en la oscuridad, donde pertenecen las sombras.
—Adiós, patéticos —susurré al pasar por su lado, disfrutando del dolor que atravesaba los ojos de Gabriel al darse cuenta, por fin, de lo que había perdido y de lo que nunca podría volver a tener.
Salimos del restaurante dejando atrás a dos seres furiosos, humillados y rotos, que solo servían para alimentar nuestro ego y nuestra diversión. Ya en el coche, Leonel me miró con esa intensidad que solo él poseía y, con una ternura peligrosa, levantó una mano y pasó sus dedos entre mis cabellos, acariciándolos con lentitud.
—Eres tan astuta y letal, Adelfa —murmuró, observándome con fascinación—. Cada día me sorprendes más. Y veo que Gabriel no te quita el ojo de encima. Parece que se está arrepintiendo de sus malas decisiones.
Sonreí con desprecio, mirando por la ventana las luces de la ciudad.
—Después de que uno desecha la basura, mi estimado León, nunca vuelve a recogerla —respondí con firmeza y elegancia—. Con Gabriel no hay vuelta atrás, aunque me llore, me suplique o se arrastre por el suelo. Para mí, está muerto. Solo es un recuerdo amargo de lo tonta que fui una vez.
Leonel soltó una risa grave y volvió a acariciar mi cabello, bajando su mano hasta rozar mi hombro desnudo, enviando una corriente eléctrica por mi piel.
—Es normal que ese idiota de mi sobrino se arrepienta —dijo con satisfacción—. Rosa no te llega ni por los tobillos. De hecho, Rosa no te llega ni a la suciedad que hay en tus tobillos. Él cambió oro por barro, y ahora vive en el lodo que eligió.
Nos separamos frente a mi residencia, una despedida cargada de promesas silenciosas y un juego de miradas que nos dejaba a ambos con ganas de más, pero respetando nuestros propios tiempos y territorios.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔