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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 11
Esa misma noche, Ko llegó a la base militar de Killa.
No venía esposado. No venía herido. Venía con uniforme, con rango, con la seguridad de quien sabe que ningún soldado le disparará.
Killa lo recibió en el hangar principal. Solos. Frente a frente.
—Miren a quien tenemos aquí —dijo Killa, con esa voz que siempre parecía estar burlándose de alguien.
Ko no se inmutó.
—¿Te cansaste de jugar a los rebeldes sin causa? —preguntó Killa, metiendo las manos en los bolsillos.
—Cállate —respondió Ko.
Killa sonrió.
—Entrégame a mi mujer —exigió Ko, directo, sin rodeos.
El aire se cortó.
Killa dejó de sonreír. Sus ojos se clavaron en los de Ko como dos balas.
—No es tu mujer —dijo, despacio—. La perdiste desde el primer momento en que entró a mi base. Ahora es mi mujer.
Ko apretó los puños. Sus nudillos blanquearon.
—Olvídalo —gritó.
Su voz rebotó en las paredes del hangar. Pero Killa no se movió. Ni un solo músculo de su rostro tembló.
—¿Y qué harás? —preguntó Killa, en voz baja. Venenosa. Certera.
Se acercó un paso.
—¿Qué pensará ella cuando sepa que les mintieron?
Otro paso.
—¿Qué pensará cuando descubra que ustedes se lanzaron como políticos y usan a los hijos de los acribillados solo para ganar las elecciones?
Ko no respondió.
No porque no quisiera. Porque no podía.
Killa lo miró a los ojos y remató:
—No existía ninguna revolución. Ellos solo se iban a lanzar como candidatos políticos. Iban a usar la excusa de los rebeldes para ganar las elecciones.
El silencio cayó entre los dos como un muro de cemento.
Ko bajó la mirada.
Killa sonrió.
—Ahora vete —dijo—. Antes de que cambie de opinión y decida contárselo yo mismo.
Ko dio media vuelta. Caminó hacia la salida. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—No te acerques a ella —dijo sin girarse.
—Demasiado tarde —respondió Killa.
Ko se fue.
Y Killa se quedó solo en el hangar, con la sonrisa puesta y los ojos helados.
—Mía —murmuró—. Va a ser mía.
La puerta del despacho de Killa se abrió sin llamar.
Solo una persona en toda la base se atrevía a hacer eso.
La Coronel Vera.
Misma graduación que Killa. Misma crueldad. Misma sangre fría. Pero sin su obsesión. Sin su grieta.
Entró con las botas manchadas de barro y la mirada afilada como un cuchillo de trinchera. No pidió permiso. No saludó. Se plantó frente al escritorio de Killa y clavó las manos en las caderas.
—¿Por qué aún tienes a la prisionera con vida? —preguntó, sin preámbulos.
Killa ni levantó la vista del informe que estaba leyendo.
—Buenas noches, coronel. Siéntase como en su casa.
—No me vengas con cortesías, Killa. He visto el parte médico. La rebelde Nox está estable. Curada. Ya no es una herida de guerra. Es una prisionera política.
—Y bien observado —respondió Killa, pasando una página—. ¿Algo más?
Vera dio un paso al frente. Golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Debes seguir el protocolo. Ejecución.
Killa levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los de ella. Oscuros. Duros. Pero en los de Killa había algo nuevo. Algo que Vera no reconocía.
—No —dijo Killa, con una calma absoluta—. Aún ella nos sirve.
—¿Estás seguro? —preguntó Vera, arqueando una ceja—. Nunca antes dejaste a alguien con vida. Nunca. ¿Qué tiene de especial esta rata?
Killa cerró el informe. Despacio. Con cuidado. Como quien guarda un secreto en una caja fuerte.
Se reclinó en su silla. Entrelazó los dedos sobre el estómago.
—Bueno —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Siempre hay una primera vez.
Vera lo miró largamente. Evaluándolo. Buscando la mentira, la debilidad, la excusa.
No encontró nada claro.
Pero algo olió. Algo que le heló la sangre.
—Esto no me gusta —dijo, sacudiendo la cabeza—. Ve y ejecuta a la prisionera. O yo misma lo haré.
Las palabras cayeron en la habitación como una sentencia.
Y entonces Killa se movió.
No rápido. No violento. Simplemente se puso de pie. Pero la forma en que lo hizo —el crujir de la silla, el despliegue de su cuerpo, la sombra que proyectó sobre la pared— tenía algo de animal acorralado que decide atacar.
Se inclinó sobre la mesa. Sus manos quedaron apoyadas en el cristal. Su rostro, a centímetros del de Vera.
Cuando habló, su voz era un susurro.
Pero un susurro con filo de machete.
—El único que puede poner sus manos sobre ella soy yo.
Pausa.
—¿Entendido?
Vera sintió un escalofrío. No por el miedo a morir —ella no temía a la muerte— sino por lo que vio en los ojos de Killa.
No era estrategia.
No era política.
No era protocolo.
Era otra cosa.
Algo enfermo.
Algo devorador.
Algo que nunca había visto en él.
Vera dio un paso atrás. No por cobardía. Por inteligencia.
—Entendido —respondió, con la mandíbula apretada—. Pero esto no va a quedar así. Voy a hablar con los generales.
—Hazlo —dijo Killa, recuperando la calma—. Verás lo que les importa una rebelde más o menos.
Vera se giró y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Cuídate, Killa. Las obsesiones matan.
—Eso espero —respondió él.
La puerta se cerró.
Killa volvió a sentarse.
Respiró hondo.
Sacó del bolsillo la cinta negra de Nox. La miró un largo rato.
—Solo yo —susurró—. Nadie más.
Guardó la cinta.
Y sonrió.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...