Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 23: Lo que me tocó aprender
(Narra Katerine)
Hoy se cumple un año.
Un año desde ese contrato… desde esa vida que parecía de película, pero que por dentro me estaba acabando.
A veces me pongo a pensar… capaz me hubiera quedado, sí. Pero también sé que hubiera sufrido más de lo que ya sufrí.
—Mejor así… —murmuré mientras me amarraba el delantal.
Estoy trabajando de mesera ahora.
No es fácil, la verdad. Me levanto temprano, camino bastante, atiendo mesas, aguanto clientes pesados… pero es trabajo digno.
Y lo poco que gano… lo llevo a la casa.
—Mamá, tome —le digo siempre, pasándole la plata—. pa’ la comida.
Ella me mira con esos ojos llenos de orgullo y tristeza al mismo tiempo.
—Mija, no tiene que darme todo…
—Sí tengo —le respondo—. somos familia.
No es mucho… pero ayuda.
Aunque no todo es bonito.
Mi cuñada… esa sí no cambia.
Desde que volví, no ha hecho más que hablar mal de mí.
—Ah, la que se fue a jugar a la rica… —dice cada vez que me ve—. ¿y qué? ¿se le acabó el cuento?
Yo respiro hondo.
—No empiece, pues… —le digo.
Pero ella sigue.
—Es que uno sí tiene que ser muy ilusa… creer que un man de plata se iba a enamorar de usted —dice riéndose—. vea cómo volvió… sin nada.
Eso me duele… pero no le doy el gusto.
—Estoy trabajando —le respondo—. eso es lo importante.
Ella se cruza de brazos.
—Ay sí, mesera… qué progreso tan grande.
A veces me dan ganas de contestarle feo… pero me aguanto por mi hermano.
Él ya ha hablado con ella.
—Amor, bájele —le dice—. no le hable así.
Pero ella no hace caso.
—¿Y qué? ¿no puedo decir la verdad o qué? —responde ella—. si es que es la verdad.
Un día… ya fue demasiado.
Yo venía del trabajo, cansada, con dolor en los pies, con ganas de solo llegar a descansar.
Entré a la casa… y ahí estaba ella.
—Ah, llegó la mantenida… —soltó apenas me vio.
Me quedé quieta.
—No empiece —le dije.
—¿No empiece qué? —respondió—. si aquí todos sabemos que usted fue a buscar vida fácil y mire…
—Respete —le dije, ya más seria.
—¿Respeto? —se rió—. el respeto se gana, mija.
En ese momento salió mi hermano.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Ella lo miró.
—Nada… solo estoy diciendo la verdad.
—¿Cuál verdad? —dijo él.
—Que su hermanita volvió con las manos vacías… que no le salió el plan.
Ahí fue cuando a él se le acabó la paciencia.
—Ya, pues —dijo firme.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo así?
—Que ya —repitió—. deje de hablar así.
—Ay, amor, tampoco es para tanto…
—Sí es para tanto —respondió él—. porque usted lleva rato en lo mismo.
Se hizo un silencio.
—¿Y entonces ahora la va a defender? —dijo ella.
—Siempre la voy a defender —respondió él—. es mi hermana.
Ella rodó los ojos.
—Claro… la consentida.
—No es consentida —dijo él—. es alguien que está echando pa’ delante como puede.
Yo me quedé callada, escuchando.
—Ay, por favor… —dijo ella—. mesera…
Ahí fue cuando él se enojó de verdad.
—Respétela —dijo fuerte.
Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
—Que la respete —repitió—. si va a estar conmigo, la respeta.
El ambiente se puso pesado.
—¿Y si no qué? —preguntó ella.
Mi hermano la miró serio.
—La puerta es demasiado grande… y se puede ir de vuelta pa’ Medellín con sus papás.
El silencio fue total.
Yo nunca lo había visto así.
Ella tampoco.
—¿Me está echando? —dijo ella, ofendida.
—No —respondió él—. le estoy poniendo límites.
Ella lo miró, molesta.
—No puedo creer esto…
—Créalo —dijo él—. porque ya me cansé.
Se quedó unos segundos en silencio… y luego se fue pa’ la habitación.
Yo me quedé ahí, sin saber qué decir.
Mi hermano se me acercó.
—¿Todo bien? —me preguntó.
Asentí.
—Sí…
—Perdón por eso —añadió—. yo ya le había hablado, pero no entiende.
—Tranquilo… —le dije—. yo aguanto.
Él negó con la cabeza.
—No tiene que aguantar —respondió—. usted merece respeto.
Sentí un nudo en la garganta.
—Gracias… —le dije.
Me dio un abrazo.
Y en ese momento entendí algo.
Que la vida no era perfecta.
Que dolía.
Que costaba.
Pero también… que no estaba sola.
Y que aunque por dentro todavía me doliera todo lo que viví…
Estaba de pie.
Y eso…
Ya era bastante.