Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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Sombras que se acercan
Gael caminaba rápido por las calles de la ciudad.
Demasiado rápido para alguien normal.
Sus pasos eran largos y firmes, mientras su mente intentaba ordenar lo que acababa de ocurrir.
Dante estaba allí.
En el mundo humano.
Eso no debía estar pasando.
No todavía.
El viento frío golpeaba su rostro mientras giraba en una esquina poco transitada. Finalmente se detuvo frente a un callejón vacío.
Cerró los ojos.
Y extendió sus sentidos.
Una energía poderosa vibraba en el aire.
Fuego.
Sangre real.
No había duda.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz apareció detrás de él.
Gael abrió los ojos lentamente.
No necesitaba girarse para saber quién era.
Dante estaba apoyado contra la pared del callejón como si hubiera estado allí todo el tiempo.
Cabello oscuro.
Mirada fría.
Presencia imponente.
El aura de poder que lo rodeaba era imposible de ignorar.
Gael se giró lentamente.
—No deberías estar aquí.
Dante sonrió apenas.
—Podría decir lo mismo de ti.
Durante unos segundos ninguno habló.
La tensión entre ambos era palpable.
Como si el aire mismo se estuviera calentando.
—Padre cree que sigues patrullando las fronteras del reino —dijo Dante con calma.
Gael cruzó los brazos.
—Entonces no deberías haber venido.
—Pero vine.
Dante dio un paso hacia él.
Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de curiosidad y diversión.
—Porque descubrí algo interesante.
Gael no respondió.
Pero su mandíbula se tensó.
Dante lo notó de inmediato.
—La humana —continuó.
Silencio.
Gael sostuvo su mirada.
—No sé de qué hablas.
Dante soltó una risa baja.
—Siempre fuiste un pésimo mentiroso.
Caminó lentamente alrededor de su hermano.
Como un depredador analizando a su presa.
—Cabello oscuro. Ojos curiosos. Bastante valiente para ser humana.
Gael se giró bruscamente.
—Aléjate de ella.
Dante se detuvo.
Luego lo miró con una sonrisa peligrosa.
—Interesante.
Gael no dijo nada.
Pero la temperatura del aire empezó a subir.
Una leve chispa de fuego apareció en su mano.
Dante levantó una ceja.
—¿Vas a pelear conmigo… por una humana?
—No te acerques a ella —repitió Gael.
La sonrisa de Dante desapareció.
Ahora su expresión era completamente seria.
—Estás olvidando quién eres.
Gael lo miró fijamente.
—No.
Dante dio un paso más cerca.
—Eres príncipe del Reino de Fuego.
El aire vibró ligeramente.
—Tu deber no está aquí jugando a ser humano.
Gael sostuvo su mirada.
—No es un juego.
Dante lo observó durante varios segundos.
Luego soltó un suspiro.
—Eso temía.
Se apartó un poco, mirando hacia el cielo gris de la ciudad.
—Lior tenía razón.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
Dante volvió a mirarlo.
—Que probablemente te encariñarías demasiado.
Gael no respondió.
Pero su silencio fue suficiente.
Dante sonrió de nuevo.
—Ahora tengo curiosidad.
Gael dio un paso adelante.
—Dante.
La advertencia en su voz era clara.
Pero el rey del Reino de Fuego simplemente se encogió de hombros.
—Tranquilo.
Caminó hacia la salida del callejón.
—Por ahora solo estoy observando.
Se detuvo antes de desaparecer por la esquina.
Sin girarse, añadió:
—Pero si esa humana se convierte en un problema para el reino…
Finalmente volteó la cabeza.
Sus ojos brillaban como brasas.
—No dudaré en eliminarla.
Gael sintió que algo ardía dentro de su pecho.
—No lo harás.
Dante lo miró en silencio unos segundos.
Luego sonrió.
—Veremos.
Y desapareció entre las calles.
Gael permaneció inmóvil en el callejón.
Su respiración era pesada.
Esto era peor de lo que imaginaba.
Mucho peor.
Porque si Dante había puesto los ojos en Amelia…
Las cosas solo podían volverse peligrosas.
Muy peligrosas.
Mientras tanto…
En la universidad.
Amelia caminaba lentamente por el campus.
Las clases del día ya habían terminado.
El sol comenzaba a bajar en el horizonte.
Pero su mente seguía atrapada en lo que había pasado durante el desayuno.
Gael se había ido demasiado rápido.
Demasiado tenso.
Algo claramente lo había alterado.
—Estás pensando en él otra vez.
Amelia levantó la mirada.
Lucía caminaba a su lado con una sonrisa divertida.
—No.
Lucía soltó una pequeña risa.
—Sí.
Amelia suspiró.
—Solo… fue raro.
—¿Raro cómo?
Amelia pensó unos segundos.
—Como si hubiera visto algo que lo asustó.
Lucía levantó una ceja.
—¿Gael? ¿Asustado?
—Eso mismo pensé.
Caminaron unos metros más.
El campus estaba casi vacío ahora.
El cielo empezaba a tornarse anaranjado.
—Tal vez tiene problemas familiares —sugirió Lucía.
Amelia recordó la conversación del desayuno.
“Mi familia…”
Gael nunca hablaba mucho de eso.
—Tal vez —murmuró.
Lucía iba a responder algo más.
Pero entonces alguien habló detrás de ellas.
—Amelia.
La voz era masculina.
Calma.
Profunda.
Amelia se giró.
Y se quedó inmóvil.
Era el hombre que Lucía había mencionado en el mensaje de la mañana.
Alto.
Cabello oscuro.
Mirada intensa.
Había algo extraño en él.
Algo difícil de explicar.
Lucía lo miró con desconfianza.
—¿Lo conoces?
Amelia negó lentamente.
—No…
El hombre dio un paso más cerca.
Su presencia era… imponente.
—Pero yo sí te conozco a ti.
Amelia frunció ligeramente el ceño.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió apenas.
Una sonrisa tranquila.
Demasiado tranquila.
—Puedes llamarme Dante.
Lucía cruzó los brazos.
—¿Y qué quieres?
Dante no apartó la mirada de Amelia.
—Solo tenía curiosidad.
Amelia sintió un leve escalofrío recorrer su espalda.
Había algo en su mirada que la hacía sentirse incómoda.
Como si la estuviera analizando.
Estudiando.
—¿Curiosidad de qué? —preguntó Amelia.
Dante inclinó ligeramente la cabeza.
—De la humana que logró captar la atención de mi hermano.
El corazón de Amelia se detuvo un segundo.
—¿Tu… hermano?
Dante finalmente sonrió de verdad.
—Gael.
El silencio cayó entre ellos.
Y por primera vez…
Amelia sintió que algo en su mundo comenzaba a cambiar.