historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 19 — Red
A las seis de la mañana la pensión olía a café recalentado y a desinfectante de piso. La dueña no preguntó nombres. Cobró en efectivo, nos dio la llave con un llavero de plástico que decía “Bem-vindo” y volvió a la tele. El noticiero hablaba en portugués de un temporal en el sur. Nada de listas, nada de Centro, nada de nosotros. Todavía.
Elián se despertó primero. Se sentó en la cama, se miró las manos —tenía las uñas cortas, limpias por primera vez en semanas— y dijo sin mirarme:
—Soñé que olía a algo y no me daba asco.
No dijo qué. No hacía falta. Beta no sueña con olores. Omega sí, pero no con los suyos. Elián llevaba ocho años sin oler nada que no fuera supresor.
Valenti ya estaba vestido, apoyado en la mesa chica, mirando el celular viejo que nos dejó el beta del sindicato. No tenía WhatsApp, no tenía señal buena, pero sí navegador.
—Está —dijo, y giró la pantalla hacia nosotros.
Era un portal de noticias de São Paulo. Título: Vazamento expõe lista de “reasignados” do Centro de Censos argentino. Abajo, captura de la primera hoja del PDF que subió Amaral. Mi nombre no se veía, pero el sello del Centro sí, ese círculo con el cóndor y la fecha 2031. En los comentarios: 3.4 mil. Mitad decía “fake”. La otra mitad preguntaba “cadê o resto?” y “alguém conhece um nome daí?”.
Elián se acercó a la pantalla y se quedó callado largo. No leyó. Miró los números.
—Lo leen —dijo al final.
—Lo leen —repetí.
Valenti apagó el celular.
—Tenemos que salir de São Paulo hoy. Antes de que crucen datos con migración y salte que tres argentinos sin brazalete entraron por Foz con cédulas que no existen.
—¿A dónde? —preguntó Elián.
—Amaral dejó dirección —dije, sacando el papel del bolsillo de la campera—. RS. Porto Alegre. “Si pasa, busquen a M.”
Valenti guardó el celular en el bolsillo de atrás.
—M.
No preguntamos quién era M. Beta no pregunta cuando ya dijo que va. Beta archiva el dato y camina.
Desayunamos en la rodoviaria: café, pão de queijo, y para Elián un jugo que no terminó. Ya no estaba pálido. Tenía color en las mejillas y los supresores se le estaban yendo del cuerpo pero lento, como marea baja. Olía bajito, limón gastado y un poco a chapa caliente cuando se ponía nervioso. Cada vez que alguien pasaba cerca se le tensaban los hombros por costumbre, pero ya no se encogía entero.
En la fila del bus a Porto Alegre había una familia con tres chicos, un tipo con guitarra apoyada en la mochila y una chica con uniforme de enfermería que leía en el celular. Cuando pasó la pantalla, vi que tenía abierto el PDF. Línea 37. Mi nombre. Me miró un segundo. No dijo nada. Siguió leyendo. No se asustó.
Subimos. Doce horas. Valenti se sentó del lado del pasillo, yo ventanilla, Elián en el medio. A la mitad del viaje Elián apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó dormido. Valenti estiró el brazo por encima del respaldo y me rozó la nuca con los dedos, despacio, dos veces. No para marcar. Para decir “sigo”.
Yo cerré los ojos un rato. No dormí. Pensaba en el folleto. En la página 11: “El beta no reacciona. El beta archiva.” Y en lo que me dijo Valenti en la cocina: “Quiero tocarte sin que parezca que te estoy cuidando de algo.” Me tocó y no me cuidó de nada. Me eligió.
Cuando abrí los ojos, Valenti me estaba mirando.
—¿Qué? —susurré.
—Nada —contestó—. Solo… no me acuerdo cómo era antes de que me miraras así en el pasillo del Centro.
—No me mirabas —dije—. Me vigilabas.
—Es lo mismo hasta que deja de serlo.
Elián murmuró algo dormido y se acomodó, pasando el brazo por mi cintura sin despertarse. Valenti no lo corrió. Yo tampoco.
A las ocho de la noche entramos a Porto Alegre con lluvia. La rodoviaria estaba medio vacía, olor a diésel y a pan de queso de los puestos. M nos esperaba con campera negra y gorro hasta las cejas. Beta, unos cuarenta, sin brazalete.
—De Amaral —dijo, sin nombre.
—De Lía —contesté.
Nos llevó caminando hasta un edificio en Cidade Baixa. Tercer piso sin ascensor. Departamento chico, libros hasta el techo, una impresora vieja y un mate lavado mil veces.
—Acá no reparten —dijo—. Acá archivan. Brasil tiene refugio para omegas desertores desde el 2043. Betas no. Todavía no. Pero si esto sigue —señaló la notebook, donde el PDF ya tenía 18 mil descargas— lo van a tener que escribir.
Esa noche dormimos en el piso, los tres en colchones pegados. No había espacio para otra cosa.
Elián se durmió enseguida. Valenti y yo nos quedamos despiertos mirando el techo. La lluvia golpeaba la ventana en ráfagas.
—¿Tenés miedo? —le pregunté bajito.
—Sí —contestó—. Pero no de que nos agarren.
—¿De qué?
—De que esto se termine y no sepa quién soy sin correr.
Me giré hacia él. En la oscuridad solo se le veía la línea de la mandíbula y la cicatriz que le bajaba del cuello al hombro.
—No corrés —dije—. Cuidás.
—Es lo mismo.
—No —dije—. Correr es escapar. Vos te quedaste.
Se quedó callado. Después se acercó y me besó sin apuro, con la mano en mi mejilla. No fue como la cocina: no había apuro ni miedo de que alguien entrara. Fue largo, boca abierta, lento. Sabía a mate dulce y a hierro. Cuando se separó apoyó la frente en la mía.
—Tinta —susurró.
—Hierro —contesté.
Nos quedamos así, respirando, hasta que Elián se movió dormido y nos pasó el brazo por encima a los dos sin despertarse. Valenti no lo corrió. Yo tampoco. Me apretó la mano debajo de la frazada y no la soltó.
No era Ceremonia. No era asignación. Era tres cuerpos sin brazalete en un piso que no era de nadie, con 158 nombres corriendo solos en la red y nosotros aprendiendo cómo se dice “quedate” sin que suene a orden.
Afuera Porto Alegre sonaba a lluvia y colectivo. Adentro, silencio.
Y por primera vez en semanas, dormí sin soñar con el Centro.