Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 10
Adriano
La resaca a los treinta y seis no es la misma que a los veintiséis.
Eso lo tenía clarísimo.
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Cuando desperté, lo primero que sentí fue su peso sobre mi pecho.
Alina.
Su respiración era tranquila, acompasada.
Como si el mundo no fuera un desastre a nuestro alrededor.
Deslicé mi mano por su cabello con suavidad, acercándola un poco más a mí.
No quería que se moviera.
No quería que ese momento terminara.
Ella se acomodó apenas, rodeándome con los brazos.
—¿Cómo amaneces, borrachito? —murmuró, aún con la voz adormilada.
Sonreí.
—Mejor de lo que debería.
Nadie me había visto así.
Nunca.
Ni débil.
Ni vulnerable.
Ni… humano.
Solo ella.
Y eso, lejos de incomodarme, empezaba a gustarme más de lo que debía.
Incliné el rostro y besé sus labios con suavidad.
Luego la cubrí un poco mejor con las sábanas.
—Podría acostumbrarme a esto —dijo, con una pequeña sonrisa.
La miré.
—Eso espero.
La besé de nuevo.
Esta vez más lento.
Más consciente.
Y sin darme cuenta, el ritmo cambió.
Se volvió más profundo.
Más… necesario.
Me incliné sobre ella, sosteniéndome con cuidado.
—¿Segura?
Sus ojos no dudaron.
—Muy segura.
Y esa sonrisa…
me desarmó.
Volví a besarla, recorriendo su piel con calma, sin prisa, como si quisiera memorizar cada reacción, cada respiración.
Sus manos encontraron mi espalda… y luego mi pecho.
Se detuvo justo en la marca.
No apartó la mano.
La sintió.
La exploró con cuidado.
—No sabía que hacían esto… —murmuró.
Su voz no tenía miedo esta vez.
Solo curiosidad.
—¿Tu padre también la tiene?
Negué levemente.
—No.
Sus dedos siguieron un recorrido lento, casi inconsciente.
—¿Te duele?
La miré.
—Depende de dónde toques.
Sus labios rozaron los míos otra vez.
Más suave.
Más… íntimo.
Y por un momento, el mundo volvió a desaparecer.
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Después, el silencio volvió.
Pero no era incómodo.
Era… tranquilo.
Nos quedamos abrazados, sin decir nada.
Hasta que miré el reloj.
—Tenemos que comer algo —murmuré—. Son las dos de la tarde.
Ella soltó una pequeña risa y escondió el rostro en mi pecho.
—Eres muy mandón, Adriano.
La abracé con más fuerza.
—Eres muy consentida, Alina Vassari.
Se quedó en silencio un segundo.
—Suena raro.
—Es cuestión de tiempo.
—Es un mundo nuevo…
Levantó la mirada.
—Y no conozco bien esta ciudad.
Iba a responder cuando mi teléfono vibró.
Lo tomé.
Y en cuanto vi el nombre… supe que la calma había terminado.
—Mi padre viene en camino.
Alina frunció el ceño.
—¿Por qué?
Suspiré.
—Mi madre vio la marca anoche.
—¿Por eso estaba llorando?
—Sí.
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Nos duchamos rápido.
Aunque “rápido” no era exactamente la palabra.
Con ella, todo se volvía más lento.
Más difícil de soltar.
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Cuando bajamos, ya estaban ahí.
Mi padre.
Mi madre.
Lucca.
Y el médico de la familia.
Perfecto.
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Mi padre no perdió tiempo.
—A la oficina.
Lucca y yo lo seguimos.
Cerró la puerta.
—¿Tú a qué vienes? —le dije a mi hermano.
—A chismosear.
Rodé los ojos.
—Largo.
—Vamos, Adriano…
—Fuera.
Mi padre intervino.
—Lucca, sal.
Esta vez obedeció.
Cuando la puerta se cerró, mi padre puso seguro.
Eso no me gustó.
—Adriano, esto no es un juego —dijo—. Tu madre no ha dejado de llorar.
Suspiré, cansado.
—No es nada grave.
—Quítate la camisa.
Lo miré.
Y por alguna razón… obedecí.
Cuando vio la marca…
su expresión cambió.
Por completo.
—Mierda…
Ahí estaba otra vez.
Esa mirada.
La misma que todos tenían.
—Es igual a la de Alessandro…
Asentí levemente.
—Él me la hizo.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
Mi padre…
se quebró.
Me abrazó.
Fuerte.
—Perdóname.
Me quedé inmóvil.
—Espero que algún día puedas perdonarme.
No supe qué decir.
Nunca lo había visto así.
Nunca.
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El médico intervino.
Revisó la herida con cuidado.
—Es una quemadura profunda de segundo grado —explicó—. Va cicatrizando bien, pero puede dejar una marca permanente. No hay infección. Solo hay que seguir cuidándola.
Asentí.
—Nada grave —concluyó.
Mi padre exhaló.
—Me alegra… —hizo una pausa—. Y también me alegra que no seas gay.
Lo miré, incrédulo.
—¿Qué?
—Nunca trajiste mujeres…
Solté una risa sin humor.
—No soy Lucca.
Mi padre me dio un par de palmadas en la espalda, como si eso cerrara la conversación.
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Cuando salimos, todos se despidieron.
Mi madre abrazó a Alina con cariño.
Demasiado cariño.
Eso también me llamó la atención.
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Cuando finalmente estuvimos solos, Alina se acercó a mí.
—¿Puedo pedirte un favor?
—Claro.
Dudó un segundo.
—No me dejes sola con tu hermano.
La miré fijamente.
Algo en su tono… no me gustó.
—¿Qué pasó?